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24 líneas por segundo: estrújame el corazón, Pixar

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Spot y Arlo, los protagonistas de «Un gran dinosaurio».

Ayer por enésima vez quedé prendado frente al televisor, estaban pasando Un gran dinosaurio, la película maldita de Pixar. No voy a decir que nadie la entendió porque significaría asegurar que yo sí la entendí, y eso -por relación- me convertiría en un ser superior. Pero no, digamos que fue una película injustamente maltratada y que yo la quiero mucho. La quiero tanto que la pongo a la altura de Ratatouille, Toy Story 3, Up!, WALL-E o Monsters University (sí, también adoro la segunda parte de Monsters Inc., otra que fue medio maltratada). Un gran dinosaurio es una película inmensa que incorpora a la sensibilidad habitual de los relatos de la compañía un trabajo de composición del plano encomiable y un uso del tiempo y el espacio que resume clasicismo a cada segundo. Es un western en toda ley. Sin embargo hay algo que me pasa cada vez que la veo y es que termino destrozado frente a la pantalla, llorando a moco tendido. Claro que no es algo impensado, porque como cada película Pixar se apela a las emociones en buena ley y es natural que uno termine moqueando. Lo singular es la efectividad de esos momentos en los que Un gran dinosaurio me noquea, que se relacionan con otros momentos de otras películas que surten el mismo efecto, moco más moco menos. Por eso, y porque no se me ocurría otra cosa de la que hablar, aquí van algunos momentos Pixar que atesoro en mi corazón. En verdad este texto es una excusa para que vean Un gran dinosaurio o la redescubran si ya la vieron. Vamos por un orden que no es necesariamente de relevancia y sepan que habrá spoilers (¿en serio no vieron estas películas? Ustedes no merecen que yo le dirija la palabra). Y digamos que explícitamente hemos dejado afuera a la saga Toy Story. Uno: empecemos con Un gran dinosaurio, especialmente por la separación de Arlo y Spot. Luego del viaje que emprendieron, el dinosaurio Arlo vuelve rumbo al hogar pero en el camino se encuentran con unos humanos que reclaman, con su presencia, la pertenencia con Spot. La secuencia se resuelve sin diálogos: Arlo primero se alegra que Spot encuentre a los suyos, pero luego se angustia porque sabe que eso significará volver a quedarse solo y perder esa amistad. La renuncia que hace Arlo es a darle al otro el confort que necesita, es someter un deseo personal a una necesidad del otro. Arlo le hace entender a Spot que debe irse con esas otras personas y Spot se va, no sin antes darse vuelta, cruzar miradas con Arlo y perderse en la niebla. Todo soberbiamente cinematográfico. Dos: voy con Ratatouille. Antes que Anton Ego pruebe ese bocado que lo traslade a la infancia y al momento en que la comida lo salvó un dolor, hay una situación límite que me emociona notablemente. Linguini finalmente se confiesa ante sus colegas, revela que no sabe cocinar sino que todo es obra y gracia de la rata que lo maneja debajo del sombrero. Todos pensamos que se viene la épica grupal, con los cocineros aceptando al diferente y logrando el triunfo clásico. Pero no, uno a uno se van del restaurante y lo dejan a Linguini solo. La última en irse es Colette, que decepcionada amaga con pegarle un cachetazo. Se muerde los labios, sus ojos se llenan de lágrimas. Es un momento de gran angustia y desolación; pocas veces me sentí tanto solo ante la pantalla. Tres: en WALL-E hay varios momentos de emoción y romanticismo, pero hay uno que me encanta y que tiene como protagonista al capitán de la nave. El personaje descubre el engaño del volante que sigue órdenes y se niega a regresar a la Tierra. Le dice que deben quedarse en la nave para sobrevivir. Pero el capitán grita desesperado: “No quiero sobrevivir. ¡Quiero vivir”. ¡Epico! Piel de gallina. Cuatro: es de Coco, pero no vamos a hablar de cierta abuela y cierta canción porque vamos a terminar todos mal. Mejor ese momento en el que Héctor se encuentra con un conocido que está a punto de morir, de evaporarse. No hay quién lo recuerde, quién lo tenga en su memoria. El personaje desparece del mundo de los muertos porque ya no puede ser ni siquiera un recuerdo. Eso es morir dice la película. Nudo en la garganta. Cinco: el último plano de Monsters Inc. es no solo emocionante, sino hermoso desde lo cinematográfico. La empresa ya está dedicada a la risa y dejaron atrás los sustos. Sully y Mike son los capos del lugar, pero hay algo en Sully que hace ruido: nunca pudo volver a ver a la niña Boo. Claro, Mike recuperó la puerta y Sully podrá volver a verla. El plano es de la puerta, que se abre lentamente, y se queda con el rostro de Sully: primero hay miedo, luego sorpresa y finalmente la emoción del reencuentro. Es uno de los mejores últimos planos que recuerde en una película. Elegimos cinco momentos pero podrían ser muchos más. Al repasarlos, encontramos angustia, miedo a la pérdida, decepciones, frustraciones o la mismísima representación de la muerte. Y estamos hablando de películas coloridas, alegres, graciosas, que apuntan a múltiples públicos aunque se las etiquete como “infantiles”. Emociones cinematográficas, muchas veces menospreciadas y poco vendibles en este presente cínico y postmoderno donde la emoción tiene que ser intelectual.

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