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La diligencia (1939)



JOHN FORD Y SUS MICROCOSMOS DEL OESTE

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Uno de los grandes méritos de John Ford fue siempre saber asociar lo íntimo y personal con lo social y general. O más bien, tener claro en todo momento que para construir un retrato sobre una sociedad o un tiempo histórico determinado, primero hay que saber delinear individuos, personajes con conflictos e historias específicas. Teniendo esto en cuenta, La diligencia es uno de los primeros hitos mayúsculos de su carrera, una lección de cómo trazar un microcosmos con unas cuantas resonancias socio-políticas.

El componente íntimo está dado en buena medida en cómo Ford aborda lo individual en relación con su pertenencia a lo grupal, y a cómo ese factor grupal está atravesado por lo familiar. Los grupos de protagonistas en el cine de Ford suelen ser como familias, pero que no responden a los típicos prototipos institucionales: son núcleos que se arman arrastrados por las circunstancias de sus contextos, uniéndose por afinidad y afectividad casi casual. El caso de La diligencia es bien explícito: nueve extraños que deben compartir un viaje, un desconocimiento y desconfianza mutuos, pero también conexiones que se van entablando entre ellos, más una amenaza exterior –los apaches comandados por Gerónimo- que los lleva a tener que trabajar en conjunto.

Pero ese encuentro marcado por lo casual -y que en cierta forma coquetea con la idea de destino- no es usado por Ford para caer en la teatralización o en la bajada de línea sociológica. Como dijimos antes, lo relevante es lo personal, y cómo ese presente de inmediatez y tensión está dado también por el pasado de cada uno de los personajes y las acciones que los fueron llevando hasta ahí. Ahí es clave la gestualidad y las miradas: las palabras y los diálogos son los últimos recursos, porque no es tan importante lo que se dice como lo que se esconde.

Es en esa construcción narrativa pero también corporal, donde la fisicidad alimenta al relato, que Ford encuentra al socio perfecto: estamos hablando de ese enorme actor, aún subestimado en su legado, que es John Wayne. Allí también se hace presente lo familiar, la afinidad y hasta afectividad –a pesar del maltrato casi crónico que el realizador ejercía con todos sus dirigidos- que se construía desde el encuentro de coincidencias y el establecimiento de una química inusual. Se dice que, a pesar de la cercana amistad que ya tenían, Ford no quiso usar a Wayne en ninguno de sus films de los 30´s, básicamente porque creía que todavía no estaba “listo” como actor, pero que La diligencia fue el vehículo con el cual buscó convertirlo en una estrella. Lo cierto es que Ringo fue el papel perfecto para Wayne, y un antecedente decisivo para roles posteriores que lo convirtieron en un ícono.

Desde esos puentes entre lo íntimo y lo grupal, las convergencias entre pasados y presentes, más la tensión entre el adentro y el afuera, es que La diligencia va pintando un paisaje, que es tanto estético como sociológico. Los protagonistas funcionaban como representaciones cabales de un espacio-tiempo explosivo, un microcosmos que no dejaba de tener conexiones con el presente cinematográfico de finales de los treinta –justo cuando arrancaba la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos recién terminaba de dejar atrás la Gran Depresión- y que aún conserva algo de actualidad. Aun así, lo que se imponía era el western en su clave más aventurera, marcando el camino para el cine que se venía: Orson Welles llegó a decir que La diligencia era un perfecto manual de cómo filmar y que miró la película decenas de veces mientras preparaba El ciudadano. Lo bien que hacía: difícil encontrar mejores instrucciones que en esa obra maestra.

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