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Octubre (1928)



EL PASADO Y SUS SILENCIOS

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Sergei Eisenstein es posiblemente uno de los realizadores más importantes de la historia en lo referido a la construcción del lenguaje cinematográfico, particularmente desde sus trabajos teóricos y su abordaje de las herramientas del montaje. Octubre, que reconstruye con estilo documental los acontecimientos alrededor de la Revolución Rusa, entre febrero y octubre de 1917, es el film donde el realizador lleva más al extremo su visión formal, pero también donde sus concepciones como cineasta encuentran sus limitaciones más tajantes, porque se encuentra con un proyecto político que le pone límites ineludibles.

Es que en Octubre no solo importa lo que se ve en pantalla, sino también lo que nunca se vio y se terminó silenciando. La película era un encargo para celebrar las festividades del décimo aniversario de la Revolución de 1917, pero su estreno se terminó retrasando hasta 1928, ya que Eisenstein se vio obligado, por presiones de Stalin y otros grupos influyentes, a cortar una gran cantidad de secuencias y episodios del relato que involucraban a León Trotsky, que a esa altura ya había sido expulsado del Partido Comunista. El experimento soviético ya empezaba a estar claramente dominado por el estalinismo, con su obsesión permanente por reescribir la Historia con los codos o directamente negarla, hilvanando su propia realidad paralela, como todos los totalitarismos.

De ahí que Octubre pretenda ser una recreación realista aún desde la épica, pero termine siendo una exhibición de puro artificio, donde los recortes, negaciones y silenciamientos son demasiado obvios. Por eso lo más interesante de la película es la configuración formalista e intelectual en pos de forzar una única interpretación para los hechos narrados. Ciertamente, estamos ante un espectáculo con pasajes deslumbrantes, como los correspondientes a la toma del Palacio de Invierno o la trágica dispersión de los trabajadores en Petrogrado, pero también momentos donde el montaje de atracciones pergeñado por Eisenstein, en vez de lograr el choque emotivo deseado, termina distanciándolo del relato.

Hay algo palpablemente fascinante en Octubre, que es su carácter paradojal: es un film que intenta darle protagonismo al pueblo trabajador, pero que no puede evitar darle una franca centralidad a la figura de Lenin (que fue indudablemente un líder imprescindible para el movimiento); con un director al que le dan un presupuesto inmenso e inicialmente toda clase de libertades para experimentar con el dispositivo cinematográfico, pero que termina sometido a los designios de las autoridades del Partido; y que en su búsqueda de perpetuar la memoria colectiva se transforma en un instrumento cultural de censura y por ende olvido. Es un testimonio de una época, pero también de una no-época, de una construcción ideológica que ya empezaba a deformarse e invocaba las glorias de tiempos a los que comenzaba a negar desde los silencios.

Film clave para pensar y deconstruir desde lo teórico y formal en las escuelas de cine, Octubre es también la glorificación de una revolución que empezaba a devorarse a sí misma y sus hijos dilectos. Trotsky ya era borrado de la Historia y Lenin era un cadáver al cual Stalin usaba para su propia conveniencia. El comunismo soviético, en su auto-celebración, ya anticipaba su propia autodestrucción y la consecuente desilusión. Después el capitalismo y la industria cultural harían borrón y cuenta nueva, tomando las lecciones más convenientes de Eisenstein y llevando a cabo su propia reconstrucción.

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