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Llegando tarde…


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Por Matías Gelpi

(@matiasjgelpi)

Apenas somos capaces de captar el reflejo de la experiencia que alguna vez fueron capaces de ofrecer las viejas películas. El cine es algo que ya ha pasado y que vemos fuera de contexto. El melodrama total de Lo que el viento se llevó (Gone with the wind, finalmente dirigida por Victor Fleming pero concebida por David O. Selznick, 1939) o lo genial de la ideológicamente nefasta El nacimiento de una nación (The birth of a nation, D.W. Griffith, 1915) de alguna manera, nos son ajenos. Por lo tanto, parece bueno intentar alguna reflexión sobre el cine pasado desde nuestra intuición de espectador actual.

Contarlo todo, películas como voluntad y representación.

Creemos que hay manera de emparejar las siguientes obras de edad diversa, de orígenes y contextos ampliamente disimiles. Fantasía (Fantasia, básicamente del creador Walt Disney, 1940) y Koyaanisqatsi (Koyaanisqatsi – Life out of balance, Godfrey Reggio, 1982) se diferencian en todo, salvo en que ambas están hechas con la ambición de querer contarlo todo, o al menos de encontrarlo todo y de última, representarlo todo. Aunque ambas trastabillan en algún momento con su propia premisa perdiendo efectividad,  son capaces de aturdir y desconcertar, al punto de hacernos creer que hemos rozado un pequeño filo de lo absoluto. También ambas son capaces de aburrir.

FANTASIA

La voluntad estaba de moda a principio de los años 40’s, sobre todo en Alemania. Pero del otro lado del mundo, Walt Disney, a su manera, era pura voluntad. Su contacto con el director de orquesta Leopold Stokowski para hacer una versión de El aprendiz de brujo protagonizada por Mickey, derivó en Fantasía, una obra demencial por su difícil producción, de ambición inconcebible, y de gigantesca belleza. Pros y contras de la voluntad.

Fantasía es ocho cortos animados que de alguna manera ilustran ochos obras de música clásica de todos los períodos conocidos hasta aquel momento. Su contenido es el universo.

Los cortos son a la vez didácticos y cancheros, enseñan historia natural y religión, pero sobre todo arte. Entre las alegorías sobre el poder o la extraña sensualidad, se esconde cierto terror y la resignación final. Nunca sabremos si es una buena película, sólo está claro que es extraordinaria. Si Wagner hubiera vivido para verla se hubiera maravillado de la magia artificial de esta obra… o la habría odiado sin entenderla porque era medio imbécil.

KOYAANISQATSI

La experiencia montada por Godfrey Reggio con música de Philip Glass nos sumerge desde el comienzo, y es difícil salir de su caudal hipnótico una vez que aceptamos los mecanismos de este documental. También es difícil de ver si es que la propuesta no nos interesa en lo más mínimo. Reggio elude la didáctica y la bajada de línea directa: “el significado depende del espectador” dijo alguna vez, pero eso es una verdad parcial. Desde la forma, movimientos de cámara y música ancestral que parece ejecutada por algún trasnochado seguidor de Cthulhu, Koyyanisqatsi habla con claridad de conceptos acerca del tiempo y sus formas.

Reggio juega con la deformidad del tiempo ante nuestra mirada atónita. El tiempo es un monstruo atroz en el que vivimos, como El monstruo de las mil espaldas de Futurama, pero malo. En Koyaanisqatsi el tiempo nunca deja de ir hacia adelante, y si la miramos medio distraídos parece un resumen de cualquier vida o de todo lo que ha pasado.

Fantasía y Koyaanisqatsi lo cuentan todo, sólo que la segunda lo deja a tu criterio.

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