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Carancho (2009)

El paraíso

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)


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Los no actores van al paraíso. Uno de los valores que tuvo buena parte del cine nacional que surgió en los 90’s, no fue sólo salir a las calles, sino incorporar -a una cinematografía muerta fundamentalmente por el abuso teatralizado de situaciones y diálogos- el oído de la calle: un decir, una forma de mover el cuerpo, una forma de interacción entre personajes y espacios. Y en ese movimiento, la presencia de actores no profesionales profundizó una poética de lo urbano. Pablo Trapero fue uno de los directores fundamentales de ese movimiento, incorporando actores sin experiencia que daban un aire de humanidad y realismo extremo. Pero como toda búsqueda preferentemente estética, tiene sus contraindicaciones: la disonancia dentro de una misma escena entre actores profesionales y amateurs muchas veces atentaba contra ese realismo, abismándose hacia lo artificial. En ese sentido, Carancho es como la perfección del gesto. No sólo confía en una estrella como Ricardo Darín, sino que incorpora a esos no actores en instancias precisas, ajustadas, justificando su presencia pero a la vez cuidándola. Así, no hay ruido que limite el perfecto andar de la película.

El nuevo cine argentino va al paraíso. Como referente del denominado nuevo cine argentino, Trapero encontró con Carancho una oportunidad única. No sólo porque la presencia de Darín sería un crossover fundacional entre el cine argentino industrial que representaba el actor y el cine argentino independiente que simbolizaba el realizador, sino porque además en ese paso consolidó tanto sus obsesiones autorales como la necesidad de una parte del cine nacional de ser reconocida y encontrar una exposición mayor. El nuevo cine argentino, celebrado por la crítica, festivales internacionales y un público pequeño, explotó aquí con un film capaz de convocar masivamente pero sin perder un ápice de personalidad. Está claro que tras esta película, la carrera de Trapero no sería la misma. No podía ser la misma.

Trapero va al paraíso. Las primeras películas del realizador fueron de bastante exploración, tanto temática -más que nada- como formal. Sin embargo, nunca como aquí había logrado tal nivel de perfección: Carancho es una película hecha del material con el que está hecha la obra ejemplar de Fabián Bielinsky. Un cine profesional, de producción importante, capaz de interpelar al espectador desde una superficie de cine de género, convocando a grandes estrellas, como es el caso de Darín, pero a la vez sosteniendo una mirada personal y con rasgos de autor. Y recupera algo que el director buscó, tal vez de manera más directa y por eso menos feliz, en El bonaerense. Es que Carancho, más allá del policial que la edifica, es una película con un núcleo de debate importante, una película imperecedera que se renueva constantemente con sucesivas miradas.

Sosa va al paraíso. Bueno, no sabemos si al paraíso, pero el Sosa de Darín se va para sostener de alguna forma esa construcción religiosa que se observa en el cine de Trapero de Leonera en adelante (como bien dice Seijas). Si algo se le puede discutir a Carancho es un final edificante a su manera, donde el anti-héroe se sacrifica pero redime a su compañera. Lo curioso en las películas del director, agudo observador de la urbanidad más precaria, es que el Cristo que construye no es tanto un líder espiritual como material. En los mundos de Trapero, el dinero aparece como un elemento corruptor pero también redentor. Y si bien permite a sus personajes la posibilidad de elegir, en Carancho la perfecta construcción narrativa, con planos secuencia brillantes, distrae un poco de la manipulación que ejerce para que los caminos, más que opcionales sean inevitables.

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