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Mad Men – Recapitulación: Severance + New business

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

madmen new businessPocas series más imprevisibles que Mad Men para presagiar algún final. Ya van dos capítulos de esta última temporada y no sabemos bien hacia dónde nos dirigimos en función de ese último episodio, que le dirá adiós a una de las más grandes series que ha visto la televisión norteamericana. No hay una trama policial, ni siquiera una sentimental que nos permita vislumbrar qué puede ocurrir en la vida de Donald Draper, ni siquiera dónde elegirá Matthew Weiner anclar el interés para hacer foco y culminar una historia que si bien fue el relato de un cambio de era, lo temporal-histórico no parece estar ya en el centro del relato. Aunque hay un par de insinuaciones y mucho de eso se puede develar en el último plano de New business, el segundo de esta temporada final.

Está claro que el foco es Draper, pivot de un drama que ha despreciado cualquier tipo de ordenamiento dramático en pos de un retrato coral fragmentario y existencialista. Draper centraliza el último plano de New business, uno que lo muestra además en el centro de un dilema personal ya indisimulable: un Draper vacío -y vaciado-, sin anclas emocionales donde detener su nave. Esos dos divorcios, esas ex mujeres que aparecen para dejar en evidencia que ya se ha convertido en un niñero o en un ser ruin y despreciable, un expatriado de cualquier forma de familia. La presencia femenina en estos capítulos ha sido fundamental para interpretar el mapa de este final de Mad Men: una, Rachel Katz, como fantasma del pasado, como evidencia de la finitud; otra, Sylvia Rosen, como recuerdo de aquellas desventuras que reafirman los clavos de la cruz de Draper. Pero tal vez lo más duro para nuestro antihéroe sea la aparición de la enigmática camarera Diana, esa mujer que se refleja en los orígenes de Draper/Whitman. Ni siquiera ese viaje a los arrabales lo redime.

La primera secuencia de Severance es ejemplar al respecto: el Draper seductor es ya un concepto, y funciona dentro del marco de la publicidad, es apenas un discurso vacío que más que generar un vínculo emocional tiene como único fin vender un producto. Si alguna vez hubo un espíritu allí, lo que hoy queda es apenas un casting cachondo, con la corte de bufones celebrando las ocurrencias, tal cual evidencia ese plano que nos descubre la ficción detrás del encanto.

La mujer, nuevo sol que alumbra el ocaso de la cultura falocéntrica, o que viene a reemplazar, según el ojo de Weiner: no hay tanto un cambio, sino más un corrimiento donde lo femenino no se impone si no por medio de las herramientas de lo masculino. Y ahí tenemos a esa Pima Ryan, artista cuyo discurso pone en crisis el lenguaje de la publicidad (entendida hasta entonces como una sensibilidad masculina dominante), y además personaje con enorme potencial para haber explotado antes, pero que sólo es posible en estos setentas que marcan el fin de la era de Mad Men.

Tal vez haya dos subtramas, todavía sin explotar, que puedan revitalizar la figura de Draper a partir de su intercambio vincular: su hija, Sally, y la enorme Peggy Olson.

Después de todo seguimos sin saber muy bien hacia dónde irá el final de Mad Men. No importa, el camino sigue siendo tan sugerente y fascinante como siempre.

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