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True detective, Banshee y House of cards: Historias de la violencia (estadounidense)

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

bansheeSi hay un terreno que la televisión norteamericana ha venido explorando en el nuevo milenio, cada vez con mayor profundidad, es el de la violencia. La mirada, aunque sea lateralmente, siempre es política, porque lo que se percibe es un medio masivo haciéndose cada vez más cargo de ciertas variables que son constitutivas del ser estadounidense. A continuación, tres series que sirven como muestrario, aunque la variedad es mucho más extensa.

BANSHEE: producida ejecutivamente por Alan Ball (creador de True blood y Six feet under), es una de las series con mayor violencia física en la actualidad, si es que no queda en la cima del ranking. Se centra en Lucas Hood (Antony Starr), un ladrón en extremo profesional que sale de la cárcel después de quince años. Buscando recuperar un antiguo botín y al que considera el amor de su vida, llega a un pueblito de Pennsylvania, donde casi por accidente termina asumiendo la identidad del que iba a ser el nuevo sheriff, imponiendo la justicia a su modo. El relato funciona con un esquema casi telenovelesco, de “pueblo chico, infierno grande”, pero llevado al extremo, con un mafioso llamado Proctor (Ulrich Tomsen) proveniente de la comunidad amish manejando todo el crimen de la ciudad, una tribu indígena que pugna por llevarse su parte, intrigas políticas, policiales, familiares y amorosas de todo tipo, más la amenaza constante que supone un tal Mr. Rabbit (Ben Cross), cabeza de la mafia ucraniana en Nueva York, quien busca vengarse de Hood a toda costa. Banshee es una serie de acción, no sólo en el sentido genérico, sino también en lo que se refiere a la construcción de sus personajes, definidos más que nada por lo que hacen y no por lo que dicen. Sin embargo, se pueden sacar unas cuantas ideas jugosas de sus diálogos, donde para los protagonistas la justicia, la verdadera justicia, es algo personal, es algo que tenés que hacer con tus propias manos. Eso explica en buena medida la fisicidad que transmite cada capítulo, donde hay siempre tiroteos, peleas a mano limpia o con cuchillos, persecuciones y por lo menos una escena de sexo. Nadie puede permitirse ser débil aquí, y eso se ve especialmente en los personajes femeninos, como los de Carrie Hopewell (Ivana Milicevic), el antiguo amor de Hood, quien puede trompear a quien sea sin perder su lado maternal; o en Rebecca Bowman (Lili Simmons), la joven sobrina de Proctor, quien deja la comunidad amish y establece una particular relación con su tío, tratando a la vez de trazar su propio destino, aunque eso sea notoriamente difícil. Aunque tuvo ciertas dificultades para cerrar las variadas tramas que abrió en la primera temporada y en su segundo año le costó encontrar un centro narrativo, Banshee tiene a la vez un mundo sólidamente configurado, trazado con crudeza y estilización a la vez (algunas secuencias son un lujo de montaje cortante y vertiginoso manejo de cámara), en el que sus personajes parecen condenados a repetirse en su pulsión (auto) destructiva. Como bien dice un personaje: hay gente para la que no es necesario construir prisiones, porque ya están dentro de ellos, son ellos quienes las hacen.

true_detective_TRUE DETECTIVE: no viene mal empezar por los defectos, como para terminar diciendo que no es, como aseveran algunos, lo mejor que ha dado la televisión en mucho tiempo. Por momentos recarga mucho los discursos de los personajes, evidenciando en demasía su voluntad de constituirse en un panorama de las relaciones afectivas quebradas, los lazos de poder en distintos rincones de los Estados Unidos y la historia como maraña donde son los más débiles los que pagan los costos de las obsesiones y construcciones discursivas religiosas de los más fuertes. Sí significa un punto de inflexión importante en el sentido de que como nunca se ven las marcas literarias dentro del universo televisivo/cinematográfico, pero alimentando y ampliando la complejidad de la imagen. Esta serie está destinada a funcionar como una antología de relatos, uno por temporada, que arrancó con esta historia de una pareja de detectives, Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Marty Hart (Woody Harrelson), quienes deben investigar en los noventa un asesinato de tinte ritualista en Luisiana. Diecisiete años, cuando todo parecía cerrado, se revela un nuevo crimen, con características muy similares, y ambos, ya retirados de la fuerza, deberán volver a iniciar la caza del homicida. Los mejores momentos de True detective en sus ocho episodios han surgido cuando desde el guión de Nic Pizzolatto (quien escribió todos los capítulos) se deja de lado la necesidad de hacerse notar y se apunta a la fusión con la capacidad para la puesta en escena del cineasta Cary Fukunaga (quien dirige todos los episodios). Allí surgen minutos de excelencia televisiva, como el final del cuarto capítulo, titulado Who goes there, donde hay un plano secuencia que sigue a Rust durante varios minutos mientras está encubierto en una banda de motociclistas que realizan un asalto; y los personajes muestran su densa oscuridad y hasta ambivalente machismo sin recurrir al trazo grueso. Toda una lección de atrapante pesimismo y filosofía inmersa en el género policial, estableció un piso particularmente alto en su primer año, generando una expectativa mayúscula de cara a lo que viene pero también una división entre fanáticos y detractores.

house_of_cardsHOUSE OF CARDS: reversión de una miniserie británica, tenemos aquí a dos nombres muy fuertes, como son los de David Fincher (quien dirigió los dos primeros capítulos) y Kevin Spacey, que hace lo que más sabe: encarnar a un terrible hijo de puta. Acá no importan tanto las tramas vinculadas a las historias personales de cada uno de los personajes –que en varias ocasiones retrasan o lentifican la trama principal-, sino toda la intriga política. Por momentos da la sensación de que hay un solo protagonista, un único eje a seguir, que es Francis Underwood, el jefe de la bancada de diputados del Partido Demócrata, que trabajó bien duro para convertirse en el Secretario de Estado. Sin embargo, cuando es traicionado y lo obligan a mantenerse en su antiguo, se despierta en él un deseo de venganza que va de la mano de la ambición. Y su objetivo final pasa a ser el llevarse a todos puestos y llegar a la cima, cueste lo que cueste. Pero lo cierto es que no se necesita demasiado análisis para darse cuenta que en House of cards, en el medio de esa selva que es la ciudad de Washington, surgen otros personajes memorables, como la esposa de Underwood, Claire (Robin Wright), quien puede ser tan despiadada como su marido, aunque en ocasiones también demuestra ciertos atisbos de culpa; Doug Stamper (Michael Kelly), el asesor principal de Underwood, siempre dispuesto para todo servicio, desde una sobriedad que esconde mucho más; la periodista Zoe Barnes (Kate Mara), un típico ejemplo de la periodista del Siglo XXI, dispuesta a saltar a la fama usando a Internet como factor de apoyo; Raymond Tusk (Gerald McRaney), un empresario muy cercano a la presidencia, de esos que son los que manejan en verdad los hilos del poder, posando de consejeros, y que acá, según quien lo mire, recordará a gente muy macanuda como Héctor Magneto, Cristobal López o Franco Macri. Acá en general la violencia trasciende lo físico (aunque hay un par de momentos impactantes, donde Underwood rompe hasta con las expectativas más oscuras del público) para pasar a ser también mental, amorosa, psicológica, mediática, partidaria, ideológica. Y en el fondo, casi en su totalidad fuera de campo, socio-política. House of cards muestra los tejes y manejes del poder más encumbrado, que juega con las vidas de los ciudadanos, utilizándolos como meros peones en un despiadado ajedrez. Las dos primeras temporadas supieron instalar a Netflix como un nuevo espacio digno de atención, obligando además a analizar producciones como esta no capítulo a capítulo, sino a cada temporada en conjunto. Ya asistimos a toda la etapa de ascenso de Underwood. ¿Ahora vendrá la caída? ¿O la eterna permanencia?

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