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Pantalla Pinamar 2014: las crónicas fantasma (V)

Por Daniel Cholakian

(@d_cholakian)

bocapozoPor suerte para los que visitamos Pantalla Pinamar, algunas buenas películas argentinas se han presentado en las últimas jornadas: por ejemplo hemos comentado en estas crónicas la muy buena película Fantasmas de la ruta. Y su director, José Campusano, más los actores Rubén Beltrán (Vikingo) y Mauro Galeano, hablaron de la misma. En la interesante charla Campusano reveló que tanto él como Galeano son militantes sociales en el conurbano bonaerense, incluso antes de comenzar a hacer cine y que su producción -tanto desde el punto vista temático como en sus elecciones formales- no puede separarse de ese trabajo en pos de la transformación social de los sectores más profundamente marginados. En la militancia y el cine se encuentran la lucha contra la corrupción política, la explotación de los jóvenes, la influencia del narco y la trata, la connivencia policial.

En cuanto a la situación de los barrios en los que realizan sus películas Campusano expresó que habían filmado cuatro años antes Vikingo y en ese momento el entorno no era tan violento. La situación es compleja y más peligrosa, pensando en la integridad física. Mientras la policía de la zona no conocía profundamente la trama de la película, brindó el apoyo necesario para garantizar la seguridad del rodaje y el equipo. Cuando comprendieron cuál es la mirada sobre el rol de los policías, la relación cambió. La última jornada se desarrolló casi sin protección policial y cuando la reclamaron, asistió sólo una policía mujer de apenas 22 años. Fueron avisados que un grupo se acercaba para robarlos (ellos tenían armas de “grueso calibre” para el rodaje, además de equipos y vehículos) y sin parar el rodaje ni advertir a todos los involucrados, siguieron filmando, en una situación muy peligrosa y desagrable, que duró varias horas. El cambio que describe Campusano de las condiciones de rodaje en los barrios del conurbano, es parte también de la realidad que el realizador retrata en sus películas.

Tal vez de lo mejor visto en la muestra es Boca de pozo, la película de Simón Franco protagonizada por Pablo Cedrón. Lucho es un trabajador petrolero, dedicado a un trabajo mecánico y manual, que requiere poca capacitación y mucha fuerza. Vive durante 15 días en un tráiler junto al pozo, y luego vuelve a Comodoro Rivadavia durante otros 15 días. El relato comienza con las duras jornadas de trabajo junto a la torre de perforación y sigue en la vida cotidiana de Lucho en la ciudad.

Con mucha sutileza la película cuenta una problemática común a los petroleros, que tiene un fuerte impacto social: con mucho dinero en sus bolsillos y una vida dura, el consumo compulsivo facilita un complejo de trata de personas para la explotación sexual, tráfico de drogas, alcoholismo y violencia de género. Todo en la película es contado con precisión, pero sin ningún énfasis dramático ni parlamentos explicativos. Quien no pueda comprender lo que significa que un trabajador manual que durante doce horas por día sólo enrosca caños en una torre perforadora, tenga un BMW y lo venda sólo porque está cansado del mismo, probablemente no logre conectar con la profunda consistencia de la angustia personal y de la trama social problemática que esto implica. Cedrón logra un alto nivel de expresividad en su rol y cada situación es resuelta por el tándem realizador-actor, con notable precisión y economía de recursos. Una gran película que por suerte tiene su estreno asegurado al menos en Buenos Aires (esperemos que tenga un recorrido por el resto del país)

Lamentablemente no podemos comentar con tanto entusiasmo Inevitable, la nueva película de Jorge Algora, basada en la obra de teatro Cita a ciegas de Mario Diament (que casualmente se está representando en estos momentos en Buenos Aires). La película cuenta la historia de un alto gerente de un banco, hombre de altos ingresos y familia ordenada, aunque no apasionada, interpretado por Darío Grandinetti. Al tiempo que es atravesado por la muerte súbita de un viejo compañero de trabajo a punto de ser despedido, el protagonista conoce una mujer joven que lo fascina desde el comienzo. Descentrado, se encuentra con un viejo y famoso escritor ciego en el banco de una plaza, y será él quien le hable del amor, del destino inevitable y de la muerte. Ante esta nueva condición, el camino hacia lo inevitable, el amor y el destino propio será lo que busque a pesar de su mundo ordenado y previsible.

La trama tiene el apoyo de la solidez del relato de Diament, que cruza ideas del universo borgiano con La educación sentimental de Flaubert, pero el guion en muchos momentos no logra articular esas ideas en el camino que la idea de lo inevitable requiere. Como en El muerto, de Borges, el protagonista sabe que todo amor no es inevitable, sino que lo inevitable es el destino que cada amor incluye antes mismo de ser amor. Algora como director muestra el mismo registro que ya presentó en El niño de barro. La película carece de ritmo (aclaración, ritmo no es vértigo, sino un conjunto de relaciones internas de los elementos que lo componen, que regulan la tensión del relato, de acuerdo por supuesto a la intención del realizador y a la trama). Monocorde, nunca construye una tensión apropiada, pareciendo por momentos más una parodia que una tragedia. Algora nunca apela al fuera de campo, a los silencios, a los supuestos. Todo está dicho, todo está mostrado, todo está iluminado. La película así se pierde rápidamente e incluso el supuesto erotismo que carga la película -todo erotismo es una posible fuente de tensión entre los personajes que pugnan por la verdad de una amor- parece un cuidado ejercicio plástico.

Lamentablemente una noche más nos fuimos a la cama sin postre.

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