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UNASUR Cine 2013: las crónicas fantasma (IV)

Por Daniel Cholakian

(d_cholakian)

noSi al comienzo del festival el clima era húmedo y frío, estos últimos días de estadía en Cuyo hacen honor a la claridad del aire y al cielo celeste del que la región puede enorgullecerse. Cierto es que esos dones naturales, lo diáfano y lo luminoso, no son tan afines a un fantasma como el muy buen vino y los derivados del olivo, que son de los más interesantes exponentes de los recursos de la provincia.

Todo fantasma ha probado del placer de Baco desde el antiguo Egipto cuyas tierras vieron nacer las mejores cepas, pasando luego por Europa, la región de Cuyo -donde el fantasma vio al propio Sarmiento trasplantar vides francesas- hasta el moderno y desangelado Valle de California, donde se inventó un supuesto sabor universal que por suerte está cayendo en desuso. Aprovechen el cruce de vinos y cines para aproximarse a la notable Mondovino, y podrán saber de qué habla nuestro enigmático fantasma. Lo cierto es que al más que probado syrah sanjuanino se suma un tannat intenso y redondo que no conocíamos en esta región, lo mismo que un muy controlado torrontés del sureste de la provincia, delicado y amable, mucho menos frutado e invasivo que su par salteño. Lo que constituyó una sorpresa adicional fue la variedad de aceitunas y aceites de oliva, manjar que bien acredita clasificaciones por características y sabores que legos desconocemos plenamente. Para los que se permiten los placeres de los sabores, vale la invitación a conocer los caminos del olivo sanjuanino.

Claro que el fantasma no ha venido a comer del olivo y beber de las vides. O al menos no ha venido solamente a eso. Luego de una larga charla con la cineasta ecuatoriana Tania Hermida, realizadora a la vez que asambleísta en la última convención constituyente y mujer de largo compromiso político, el fantasma fue al cine a presenciar los tanques más importantes que presenta este festival.

No, finalista del Oscar a la mejor película extranjera, hace gala de un discurso que propone como un logro de la modernidad el triunfo del marketing sobre la política. Sin dudas es una de las películas más importantes presentadas en el festival y, aunque controvertida, tiene una factura inteligente y la atracción del interesante Gael García Bernal en el rol del joven publicista protagonista de la historia.

En 1988 la dictadura de Pinochet comenzaba a estar impugnada de un modo más eficaz desde el exterior del país y su gobierno necesitaba legitimarse frente a las potencias centrales. Para ello decidieron llamar a un plebiscito que permitiera al general genocida mantenerse en el poder durante ocho años más. La boleta de votación tendría solamente un SI (por la continuidad) y un NO (por la finalización de la dictadura). En ese contexto, un viejo militante socialista convoca para asesorarlos en la campaña a un joven creativo publicitario, René Saavedra (Garcia Bernal). El introducirá cambios radicales en el modelo de comunicación de la campaña del frente por el NO, centrando su discurso no en lo político-histórico, sino en la alegría.

La dictadura, mientras tanto, es a los ojos de Larraín mucho más parecida a la dictablanda que mentara el propio Pinochet, que a un modo del ejercicio violento, represivo y omnipresente del poder. La historia es un pasado en blanco y negro donde se mezcla violencia estatal y el recuerdo del desabastecimiento del final del gobierno de Allende, como si eso fuera la causa del golpe de estado. Los políticos son viejos, ideologizados (con una mirada peyorativa de tal condición) e incapaces de tener un discurso unificado y eficaz para evitar lo que parecía un resultado puesto: el triunfo de la continuidad pinochetista.

Como si el triunfo frente a la dictadura fuera el fruto de la creatividad de un publicista y no existieran luchas políticas subterráneas y riesgosas. Como si aquel resultado no hubiera podido ser obtenido por la militancia política y la asunción de conciencia de los sectores populares, Larraín se anima a poner sobre los hombros de René Saavedra el motivo central de la expulsión del dictador. En este sentido el desenlace en la noche del triunfo del NO, que por respeto al lector no contaremos, es de antología.

La otra película importante presentada en este festival -y razonable candidata a los premios de la competencia- es Wakolda, que se estrenó ayer en todo el país. La obra de Lucía Puenzo se desarrolla hacia 1960. Cuenta la historia de una pequeña niña que vive con su familia en el sur argentino, en las cercanías de Bariloche, y que es elegida por un médico alemán para investigar con una droga de crecimiento que está aplicando en animales en la región. Con una mezcla de preocupación sincera y mirada perversa sobre el pequeño cuerpo de la niña, el médico alemán pertenece a una comunidad vinculada ideológicamente al nazismo. Estos son parte de la tradicional comunidad germana en la región, en la cual se crió y educó la propia madre de la niña. Con el correr del tiempo se irán develando los secretos que circulan entre los adultos que protagonizan la historia y lo que aparecerá será el horror de las investigaciones del jerarca nazi sobre el cuerpo y la perfección.

Puenzo elige para contar la historia un estilo clásico absolutamente coherente con la trama y desde ese lugar la mirada de la niña, que relata la historia, construye ese juego de inocencia y perversidad que se proyecta de la relación compleja entre ella y el adulto hacia el resto de las relaciones entre los personajes. La madre que admite y oculta parte de esa relación, el padre que sueña con la perfección de sus muñecas casi vivas y la propia niña que se imagina como esa mujer imaginaria del deseo del médico. Controlada, capaz de sostener la tensión priorizando la generada por las tramas personales por encima de la que aporta la historia real de la persecución de nazis en nuestro país, Wakolda cuenta además con muy buenas actuaciones, especialmente la de Natalia Oreiro, que compone un personaje entre siniestro y maternal. Esos amores maternales que pueden producir marcas inolvidables aun sin quererlo.

Se va terminando el Festival de Cine de la UNASUR. Un festival que debe reconocer en su nombre un modo de pensar la cultura como modo de integración. Un festival que claramente se declara como parte de un proyecto político. Desde allí, desde esa propia identidad, UNASUR Cine debería reconocer la presencia de un hombre histórico de las luchas por la asunción de una identidad propia, mestiza, suramericana. Un hombre que presentó una película y estuvo entre nosotros en San Juan: Jorge Sanjinés, uno de los tantos cineastas que luchó por este presente y que aún está vigente. Poco sentido tendría esperar otros tiempos para el homenaje.

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