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Lula, el hijo de Brasil

Título original: Lula, o Filho do Brasil
Origen: Brasil
Director: Fábio Barreto, Marcelo Santiago
Reparto: Rui Ricardo Diaz, Glória Pires, Cléo Pires, Juliana Baroni, Milhem Cortaz
Guión: Fernando Bonassi
Fotografía: Gustavo Hadba
Montaje: Letícia Giffoni
Música: Antonio Pinto
Duración: 128 minutos
Año: 2010


4 puntos


Mito en envase de telenovela

Por Cristian A. Mangini

Cuesta ceñirse estrictamente al campo cinematográfico cuando hablamos de esta película, especialmente porque su lectura esta sumergida en una coyuntura que hace que la sola película se transforme en un hecho digno de ser interpretado. El mandato de Lula está finalizando y la figura del carismático político brasileño se ha ido agigantando en función de un apoyo popular que aún se sostiene en los altos porcentajes de su imagen positiva, el apoyo explicito desde sectores académicos y políticos, el hecho de que esta película se haya convertido en un éxito inmediato en la taquilla del país vecino y que haya sido la candidata a representar a Brasil en el Oscar, además de los relevamientos de publicaciones prestigiosas como Time, Newsweek, Foreign Affaires, Le Monde o Financial Times sobre su figura ¿Populismo posmoderno?, ¿Centro izquierda?, ¿Progresismo latinoamericano?, ¿Centro derecha?; mientras surgen más preguntas o se tiene cada vez más seguridad sobre las respuestas respecto a la naturaleza ideológica del gobierno de Lula, surge este film que no es más que una serie de segmentos melodramáticos que en su fragmentación pretenden ilustrar la vida del mandatario. Con una carga televisiva y muy poco riesgo audiovisual, uno puede estar seguro de algo: al menos, la película dista de profundizar sobre su figura y se transforma en una telenovela de mala calidad, que cuanta con altibajos constantes hasta su mal resuelto final.

Pero veamos: Lula, el hijo de Brasil no es necesariamente una mala película. Es un retrato romántico sobre una figura a la que se pretende mitificar desde la peor estrategia para lograrlo, es decir, vaciándola de significado y elevando iconos que fuerzan sentencias que pretenden reconstruir la imagen política de Lula. El film reniega de cargas intelectuales y prefiere seguir el camino para generar un arquetipo, poniéndolo sobre el carril de una historia tradicional que repite construcciones míticas cercanas a la religión o las leyendas. Por eso sugiero que olviden cualquier rigor político sobre su figura, no lo van a encontrar aquí. Entonces podemos ver cómo está contada esta historia que, no obstante, tiene su cuota de realidad en segmentos cuidadosamente elegidos de la vida de Lula. Detrás de esta visión no están solo los directores Fábio Barreto y Marcelo Santiago, sino también los guionistas y, particularmente, la autora del libro original, Denise Paraná.

Tenemos entonces la vida de un chico que ha sabido superar la condición social merced a su madre (reserva moral de la película) y a su esfuerzo por sobrevivir, la buena convivencia con sus hermanos y a su condición innata para superar obstáculos que se plantean desde su figura paternal hasta la pobreza, pasando por los prejuicios sociales a los que tendrá que enfrentarse. Un hijo ejemplar, un líder nato, un amante apasionado, un buen hermano y un luchador de la clase trabajadora que asciende gradualmente hasta transformarse en un sindicalista ejemplar. Esa es la historia. Ustedes saben en que confiar y desconfiar como espectadores, ustedes saben que pueden corroborar cada dato a través de una cantidad prácticamente infinita de fuentes en Internet y ustedes saben que si una película se llama Lula, el hijo de Brasil, hay un determinado perfil que se alejará de cualquier objetividad. El problema es que el resultado transpira kitsch por todos sus poros, andar por el film de Barreto y Santiago es como caminar a través de un pasillo uniforme y perfumado sin grietas ni relieves, donde se adivina lo que habrá detrás de cada puerta sin que los directores nos lo muestren.

Por supuesto, toda esta prolijidad se desploma en un guión naif del cual solo se pueden rescatar ciertos segmentos de su introducción, que en la dinámica de Lula con sus hermanos encuentra pasajes del neorrealismo. Pero luego, sus romances y la visión política van desgastando con su superficialidad a un relato que se extiende por más de dos horas que se tornan innecesarias y donde, para colmo, no se atan cabos sino que se levantan preguntas. No solo sobre la figura en cuestión sino sobre el contexto político de Brasil que se construye en el relato: es allí donde también se desea que el pasillo perfumado adquiera un matiz más real para leerlo en el contexto del Brasil actual. Para acercarse más a la figura política de Lula sugiero que vean el informe de “Visión 7 Internacional” emitido la semana pasada. Lo de esta película es sólo una novela irregular de final previsible.

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