–Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
ATENCIÓN: SPOILERS
En el tercer episodio de su tercera temporada, Lioness eligió un tono más pausado, donde los diálogos, explicaciones y reflexiones pasaron a tener un rol más relevante. Lo cual no llevó necesariamente a un estatismo en la puesta en escena: The Bear is infected, otra dirigido por Michael Friedman y escrito por Taylor Sheridan, no dejó de tener a su modo dramatismo y tensión. Fue, a la vez, uno de esos capítulos donde Sheridan buscó enunciar su punto de vista sobre el mundo filtrando esa mirada a través de los personajes. El objetivo fundamental para los protagonistas consistió en detectar de qué forma se filtró la identidad y localización de Joe (Zoe Saldaña). Por eso el arranque es con un interrogatorio que une dos espacios separados por una enorme distancia entre sí: un cuarto en Estados Unidos, donde Kyle (Thad Luckinbill) y Cruz (Laysla De Oliveira) tratan de sacarle información a la agente ucraniana Oleksandra Balakin (Elizaveta Neretin); y un departamento en Ucrania donde están la madre y la hermana de esta última como rehenes de dos agentes estadounidenses. El resultado es un tanto desconcertante: Oleksandra no confirma ninguna traición o doble juego, sino que lo niega con furia y resalta su odio hacia los rusos. Luego Oleksandra es sometida a un nuevo interrogatorio, esta vez por parte de Joe, que no termina de confiar en ella, pero que acepta incorporarla como refuerzo para una nueva misión, una que implica desenmascarar a ese entramado ruso que logró acercarse demasiado a ella. Eso deriva en una reunión entre Joe, su equipo y Oleksandra, en la que ella deja en claro que sabe bien a qué se dedican y donde explica cómo China y Rusia ven a Estados Unidos, y la forma en que tratan de debilitar a los norteamericanos. Ahí es donde surge la metáfora de Estados Unidos (y que da nombre al capítulo) como un oso al cual la única forma de ganarle es infectarlo, en un trabajo paciente, de largo plazo y que implica la financiación y/o extorsión de un montón de individuos que se encargan de desinformar, manipular e influenciar, con mayor o menor consciencia de lo que hacen. Esa secuencia se complementa con una conversación entre Kaitlyn (Nicole Kidman) y su marido Errol (Martin Donovan), donde también se vuelcan datos sobre cómo estas acciones de los enemigos -o amigos a medias, o aliados circunstanciales- de Estados Unidos replican estas acciones en el sector financiero y empresarial. Son intercambios que, es cierto, revelan un paisaje de mascaradas, verdades a medias y redes de influencias casi siempre operando en las sombras o escondidas a plena vista, y que disparan casi de inmediato la paranoia. También están escritos estupendamente, ratificando que Sheridan es como el Aaron Sorkin en clave republicana-sureña-militarista. Pero, a la vez, se instala el ruido sobre si lo que se enuncia no debería ser algo natural y conocido para los personajes, y solo está para comunicar un sentido específico al público. Allí, Lioness corre el riesgo de suspender la narración, pero por suerte la intriga vuelve a hacerse presente hacia el final, con la manipulación propuesta por Joe, consistente en informarle a la prensa que se ha capturado a un espía ruso, sin decir mucho más, con la esperanza de generar revuelo en el bando contrario. Pero esa jugada astuta ejecutada seis meses atrás se fusiona con el presente de Joe capturada y sin posibilidad de defenderse. Esa última secuencia de The Bear is infected vuelve a instalar de manera decisiva la inquietud.
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