Título original: Leviticus // Origen: Australia // Dirección: Adrian Chiarella // Guión: Adrian Chiarella // Intérpretes: Joe Bird, Stacy Clausen, Tyallah Bullock, Ewen Leslie, Mia Wasikowska, Jeremy Blewitt, Davida McKenzie, Julia Grace, Hyu Motoki, Edwina Wren // Fotografía: Tyson Perkins // Montaje: Nick Fenton // Música: Jed Kurzel // Duración: 88 minutos // Año: 2026
7 puntos
LAS MÁSCARAS DEL DESEO
Por Guillermo Colantonio
Uno de los aspectos más interesantes del cine de terror contemporáneo es la aparición de películas que intentan romper el cerco y la rigidez de los circuitos tradicionales de producción y exhibición. Si bien muchas cuentan con el respaldo de festivales independientes, sus mecanismos de circulación suelen provenir de ámbitos ajenos a las megacorporaciones. De este modo, una idea nacida en espacios asociados a las redes, por ejemplo, puede crecer, hacer ruido y colarse lateralmente en los centros neurálgicos del consumo masivo. Esto, por supuesto, no garantiza que la película sea buena, pero sí abre una fisura por donde introducir nuevas ideas. Y el terror está demostrando ser el género más permeable para ello, precisamente cuando el lenguaje cinematográfico, al menos en términos de dramaturgia, parece atravesar un evidente agotamiento.
En este contexto, Leviticus: ritual de sangre, de Adrian Chiarella, se inscribe en una tradición reciente que busca subvertir tópicos y formas sin pereza y con la lucidez suficiente para seguir asustando. Su punto de partida remite a una práctica tristemente conocida: la persecución de la homosexualidad por parte de instituciones religiosas que la consideran una manifestación demoníaca. Sin embargo, lejos de tratarse de un asunto del pasado, todavía existen comunidades que sostienen ese sistema de creencias. El propio director confesó haberse inspirado en noticias e informes sobre líderes religiosos, desde Estados Unidos hasta Indonesia, que intentan exorcizar a jóvenes que lloran, convulsionan y vomitan para expulsar sus «pecaminosos deseos». Lo interesante es que, más allá de la denuncia o la militancia, Chiarella vio allí, antes que nada, una película de terror. Y modificó la premisa: el exorcismo ya no expulsa el mal, sino que lo atrae.
Como ocurre en varios títulos fundamentales del género, desde el comienzo la película enuncia visualmente su tesis sin necesidad de explicaciones. La profundidad de campo y el fuera de campo funcionan como recursos decisivos para instalar la inquietud. Una secuencia aparentemente autónoma muestra a una joven que entra al vestuario de una pileta y se encuentra con alguien más. El placer de la ducha se transforma, de pronto, en horror. Resuelto el prólogo, planteada la tesis, el resto será su demostración.
La historia se centra en dos adolescentes, Naim (Joe Bird) y Ryan (Stacy Clausen), que comienzan un romance en un pequeño pueblo australiano marcado por el conservadurismo. Una excelente secuencia, durante un paseo hacia un lugar abandonado, escenifica la tensión erótica que los une: una combinación de caricias y golpes, de deseo y violencia, con la torpeza instintiva de dos animales conscientes de vivir enjaulados en un entorno opresivo. Pero cuando sus padres descubren la relación, los llevan a la iglesia y los someten a un ritual que termina liberando una entidad capaz de adoptar la apariencia de la persona que más desea su víctima. De repente, Naim y Ryan deben preguntarse si ese adolescente que los acecha en las sombras es realmente el chico con quien se han estado robando besos o un monstruo empeñado en matarlos.
La operación resulta particularmente siniestra porque convierte el deseo en una trampa. El rostro del ser amado pasa a ser también el rostro de la muerte. ¿Cómo resistirse entonces a aquello que más se desea? Es una pregunta que el cine de terror clásico formuló una y otra vez y que Chiarella recupera para trasladarla al terreno de una historia queer. Lejos de clausurar el sentido en una única interpretación -muchos leen a la entidad como una metáfora de las terapias de conversión-, la película conserva una saludable ambigüedad que amplía sus resonancias.
Detrás del miedo más evidente se esconde otro todavía más perturbador: la propia familia. Chiarella recupera así la tradición de las madres monstruosas del género, aunque introduce una variación especialmente inquietante: aquí el horror se presenta bajo un semblante angelical. Y eso resulta aún más escalofriante. Que tu madre o tu padre te entreguen a la boca del lobo constituye la verdadera pesadilla de Naim y Ryan. A ello se suma una comunidad que convierte a ambos adolescentes en chivos expiatorios para preservar el orden y el control, otro motivo recurrente del terror que en Leviticus: ritual de sangre encuentra una formulación propia. La naturalidad con que todos aceptan la violencia termina siendo más aterradora que cualquier monstruo.
La película también demuestra un notable manejo de los espacios. Los escasos ámbitos poblados de la Australia rural favorecen la irrupción de esos cuerpos metamorfoseados, mientras que los interiores remiten a una atmósfera de raíz gótica. Cada locación contribuye a materializar la experiencia de soledad de los protagonistas, perdidos en un laberinto natural y pendiendo de un único hilo: el de un deseo capaz de conducirlos hacia la muerte. Todo por amar, que es el tema secreto bajo la superficie del horror.
En este sentido, Leviticus: ritual de sangre aspira a convertirse en una hermana menor de Te sigue (2014), de David Robert Mitchell. Allí también la profundidad de campo era utilizada para mantener vivo el temor a que algo apareciera desde el fondo del plano, desde la casa de enfrente o desde un rincón cualquiera del encuadre. Con recursos genuinamente cinematográficos, Mitchell recuperaba esa extraña sensación de sentirse asediado sin comprender del todo el origen de la amenaza y de tener que cargar con ella para siempre. Sus imágenes, atravesadas por una profunda melancolía, parecían recordarnos una verdad que la razón intenta ocultar: el miedo siempre estuvo allí. Leviticus: ritual de sangre continúa ese camino con hallazgos propios, aunque en ocasiones sienta la necesidad de explicar aquello que las mejores películas de terror prefieren dejar suspendido en las sombras.
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