Por Mex Faliero
De manera sutil, cada temporada de Terapia sin filtro parece estar sostenida por un eje temático que se oculta en la sumatoria de subtramas y personajes, pero que de alguna alumbra el camino de inicio a final de temporada. Si el duelo parecía palpitar en la primera y la posibilidad de perdonar en la segunda, esta tercera -dicen sus creadores- está imbuida por un espíritu reformista en el que cada personaje busca una suerte de nueva oportunidad y reconstrucción. Sin embargo, tengo para mí la idea de que la relación padre-hijo es el verdadero centro, con la presencia de Jeff Daniels como Randy, el padre biológico del Jimmy de Jason Segel, y de Harrison Ford como el padre putativo, como ese colega que tiene como guía, profesional y moral. Pero quien más quien menos, cada personaje tuvo su revelación paterno-filial conflictiva, desde Gabby (Jessica Williams) con su madre, Sean (Luke Tennie) con su padre, Derek (Ted McGinley) con sus hijos y hasta Brian (Michael Urie) revelándose a su padre que adoptó una bebé. Y, siempre, el vínculo entre Alice (Lukita Maxwell) y Jimmy. De todos los personajes, Randy fue la creación de esta temporada, alguien que contiene parte de la mezcla de sabiduría, sinceridad y sensibilidad que maneja esta creación de Segel y Bill Lawrence. En primera instancia, conocemos a Randy más por los comentarios de Jimmy que por lo que nos deja entrever, en apariencia un abuelo copado que quiere pasar tiempo con su nieta. Claro, en verdad, Randy fue un padre ausente e intenta subsanar el error en Alice. ¿Pero es un monstruo o es el monstruo que Jimmy construye? Randy, una gran creación que resume honestidad en cada línea de diálogo, no busca ser reconocido como un ejemplo y es consciente de todo aquello que no puede ser, aceptándose como lo que es: un tipo que escapa a la responsabilidad. La forma en que la serie lo expresa es finalmente el triunfo de una forma de contar y narrar que Terapia sin filtro ha patentado como heredera de la mejor tradición del cine de James L. Brooks. En ese dilema, entre las taras reales y las autoimpuestas, avanza la temporada con un crescendo dramático que explota en los últimos dos episodios, donde la amargura amagada (además de la subtrama de Jimmy y Randy tenemos los conflictos profesionales de Gabby y el drama de la salud de Paul y la forma de acercarse a su abismo como psicólogo) se vuelve más espesa, aunque nunca termine de imposibilitar el paso de la luz. Porque de eso se trata Terapia sin filtro, y cada creación de Lawrence, comedias dramáticas con las dosis justas de cada cosa, con un retrato de la vida explícitamente ficcional pero con una dosis de verdad que se evidencia en cada resolución, en cada diálogo escrito con precisión y en cada interpretación que alcanza momentos de notable honestidad. Sensible y clara como pocas, y divertida como ninguna (cuando apela a la comedia la serie es impecable), Terapia sin filtro parece, además, haber convencido a muchos en esta tercera temporada de lo buena que es. Esa dosis semanal de amabilidad sin hipocresía que se extraña cuando no está. El final de temporada es sumamente placentero y nos deja con ganas de lo que está por venir. La cuarta temporada ya está confirmada.
NdR: todas las temporadas están disponibles en AppleTV.
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