Título original: Le assaggiatrici // Origen: Italia / Bélgica / Suiza // Dirección: Silvio Soldini // Guión: Doriana Leondeff, Silvio Soldini, Lucio Ricca, basado en la novela Le assaggiatrici, de Rosella Pastorino // Intérpretes: Elisa Schlott, Max Riemelt, Alma Hasun, Emma Falck, Olga von Luckwald, Berit Vander, Kriemhild Hamann, Thea Rasche // Fotografía: Renato Berta // Edición: Carlotta Cristiani // Música: Mauro Pagani // Duración: 123 minutos // Año: 2024
6 puntos
UN MELODRAMA HISTÓRICO APENAS SUBRAYADO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hay un cine histórico que suele encontrar sus mayores puntos de interés en esos relatos laterales, que no fueron decisivos en la “Historia grande”, pero que funcionan como pequeños retratos de época. Aunque, como siempre, el gran desafío es encontrar la profundidad dramática necesaria para que el espectador se identifique con los dilemas que atraviesan personajes que no generan, sino que son sacudidos por los acontecimientos. En el caso de Las catadoras del Führer, hay un abordaje dramático que evita ciertos subrayados que eran muy factibles de suceder, pero que también le resta impacto.
El film de Silvio Soldini está basado en un libro de Rosella Pastorini publicado en el 2018, que a su vez se inspira en la historia de Margot Wölk, que recién se conoció en el 2012, luego de estar oculta durante casi 70 años. Esta especie de crónica (por así decirlo) comienza en el otoño de 1943, centrándose en Rosa (Elisa Schlott), una joven berlinesa que, huyendo de los bombardeos, se refugia en un pueblo cercano a la frontera oriental. Allí descubre que en un bosque cercano está ubicada la llamada “Guarida del Lobo”, el cuartel al cual, en sus últimos años, Hitler convirtió en su refugio personal y su centro de decisiones políticas y bélicas. Ya para ese momento, la paranoia del Führer está disparada y se ha obsesionado con la chance de ser envenenado, por lo que sus oficiales reclutan, un poco a la fuerza y un poco mediante promesas de una mejora en sus vidas, a un grupo de mujeres que tendrán encargarse de probar sus alimentos antes de que él los coma, y Rosa pasa a integrarlo.
Hay una lectura prácticamente inevitable en Las catadoras del Führer que es de carácter femenino y hasta feminista, pero, por suerte, la película evita remarcarlo a cada rato porque ya el punto de partida es más que suficiente. Está muy claro, desde los primeros minutos y en cuanto se plantea el conflicto, que las mujeres son tratadas como objetos descartables, en un sistema de decisiones dominado por la masculinidad. En cambio, el film elige concentrarse en los vínculos entre esas mujeres que están en una situación límite, con la idea de la muerte rondando cada bocado, pero que al mismo tiempo gozan de privilegios -siempre están bien alimentadas y vestidas- de los que el resto de la población carece. Y que incluso, a partir de esa posición en la que se encuentran, se relacionan con los hombres de otras formas. Principalmente Rosa, que inicia un romance inesperado con un oficial de la SS a su cargo y que se mueve como puede en un entorno hostil.
No hay entonces un juzgamiento a lo que hacen las protagonistas en Las catadoras del Führer, que se configurando no solo como un relato de supervivencia, sino principalmente un melodrama. Pero uno de tono moderado, con una puesta en escena casi clínica, incluso en las secuencias más terribles, con solo algunos subrayados desde una banda sonora por momentos demasiado presente. Esto le juega tanto a favor como en contra, porque, si por un lado no cae en desbordes innecesarios, por otro, tanta pulcritud genera un distanciamiento que no es el ideal para este tipo de historias. Por eso el resultado final, por más que no carezca de interés, dista de ser perfecto. Las catadoras del Führer evita el miserabilismo, pero también la emoción.
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