Título original: Ídem // Origen: Reino Unido / EE.UU. / Canadá / Australia // Dirección: Johannes Roberts // Guión: Johannes Roberts, Ernest Riera // Intérpretes: Johnny Sequoyah, Jess Alexander, Troy Kotsur, Victoria Wyant, Gia Hunter, Benjamin Cheng, Charlie Mann, Tienne Simon, Miguel Torres Umba // Fotografía: Stephen Murphy // Edición: Peter Gvozdas // Música: Adrian Johnston // Duración: 89 minutos // Año: 2026
5 puntos
BESTIAL A MEDIAS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Buena parte de los logros (escasos) y limitaciones (unas cuantas) de Primate estén relacionados con su director y coguionista, Johannes Roberts, un realizador que ya se va perfilando como un digno heredero de Paul W.S. Anderson. Es decir, un artesano con cierta vocación autoral dentro del cine de género, que es capaz de diseñar premisas simples y atractivas, pero a las que luego le cuesta darles consistencia, en parte porque sus protagonistas no llegan a tener un real espesor dramático. Ahí están como prueba A 47 metros, Los extraños: cacería nocturna, Terror a 47 metros, el segundo ataque y Resident evil: bienvenidos a Racoon City, películas entre discretas y mediocres, con solo algunos pasajes logrados. Primate es quizás su film más logrado hasta el momento, lo cual no lo hace necesariamente bueno.
La idea conductora de Primate es extremadamente simple y muy parecida a la de Cujo, aquella gran novela de Stephen King: un chimpancé contrae rabia y pasa de ser una criatura pacífica y amigable a una bestia asesina que se vuelve contra su familia humana. El nombre de ese chimpancé es Ben y esa enfermedad letal la contrae justo cuando Lucy (Johnny Sequoyah), la hija mayor, retorna de la universidad a su hogar en Hawái, de donde prácticamente huyó tras la muerte de su madre. Que todo estalle justo durante una reunión con unas amigas y mientras el padre sordomudo (Troy Kotsur) está afuera en la presentación de un libro serán factores adicionales que llevarán a que todo sea más trágico y terrible. Y particularmente sanguinario, porque Roberts no ahorrará en el despliegue de sangre y vísceras.
De manera un poco arbitraria -por una serie de circunstancias, buena parte del metraje transcurre con las protagonistas sin poder salir de la casa (o más precisamente, de la piscina) y sin forma de comunicarse con el exterior-, Primate se convierte en una película de encierro, con toda la tensión dramática reducida a un único espacio, que es ese hogar convertido en una trampa mortal. Al mismo tiempo, el relato va tendiendo al drama familiar, con muchos traumas retroalimentándose con esa situación en la que Ben, con su salvajismo desatado, se convierte en una expresión retorcida de un pasado que se deseaba dejar atrás. El primer aspecto, aún con algunos trucos del manual básico del terror, Roberts lo maneja bastante bien, a partir de un uso acertado del espacio y el sonido, además de una banda sonora con ecos de John Carpenter. El segundo es la gran debilidad, porque a la película le cuesta mucho salir de los lugares comunes de conflictos afectivos y hasta incurre en remarcaciones que, en vez de sumar, restan.
Y hablando de remarcaciones, hay un regodeo en la violencia -particularmente con algunos planos detalle- que podrían suponer un acercamiento al gore y la Clase B, pero que se perciben finalmente como un exceso de sadismo. Es como si Roberts no llegara a ajustar todas las tuercas apropiadamente, por lo que Primate en muchos pasajes carece de la potencia adecuada y en otros pasada de rosca con lo que muestra. El resultado final no llega a ser del todo satisfactorio, pero permite pensar que, con suerte, Roberts llegue a hacer un film realmente bueno.
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