Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Con sagas como Alien, hay toda una discusión respecto al “canon”, es decir, si una obra que está inscripta en la franquicia es realmente parte de su línea espacio-temporal o si es algo ubicado por fuera de su universo. Ya en su primer episodio, se nota que el creador de Alien: Earth, Noah Hawley (el mismo de Fargo y Legion), juega con esta dicotomía, con una respuesta que parece ser “sí, pero no”. Es decir, lo que vemos es un contante despliegue de referencias a elementos de la saga original -principalmente las dos primeras películas- y también a las precuelas, Prometeo y Alien: Covenant, pero al mismo tiempo un distanciamiento, un delinear un camino propio, donde las reflexiones filosóficas se enlazan, progresivamente, con instancias clásicas de terror y acción. Neverland, escrito y dirigido por el mismo Hawley, es un capítulo que luce como una contradicción en sí mismo: titubeante y seguro a la vez, como si le gustara testear las capas genéricas a las que apela, además de lo que les pasa a sus personajes y hasta al mismo espectador. Los créditos iniciales nos sitúan unos años antes de la primera entrega de Alien, presentando un futuro donde la humanidad es dominada por cinco grandes corporaciones que se disputan territorios y riquezas, tanto en la Tierra como en otros planetas. Una de ellas, Prodigy, dirigida por un joven brillante y despiadado llamado Boy Kavalier (Samuel Blankin), lleva a cabo experimentos secretos para crear “híbridos”, androides a los que se les implanta las consciencias de niños humanos que tenían enfermedades terminales. La primera de esas criaturas experimentales es Wendy (Sydney Chandler), cuyo nombre es uno de los primeros guiños bastante explícitos al mundo de Nunca Jamás creado por J.M. Barrie. Buena parte del relato está ocupado por el recorrido de aprendizaje de esa niña metida en el cuerpo de una veinteañera, a la que luego van acompañando otros híbridos como ella, que conforman un grupo muy particular, donde predomina una sensibilidad distinta a la de los adultos, creando un contraste por momentos desconcertante. Allí se va configurando una subtrama que paulatinamente va adquiriendo mayor importancia, que es la distante observación que Wendy hace de la vida de su hermano mayor, Hermit (Alex Lawther), un médico militar que la cree muerta y al que vemos sumido en la depresión y alienación. Por otro lado, tenemos al verdadero disparador del conflicto central de la serie: una nave espacial perteneciente a la corporación Weyland-Yutani que está llena de especímenes alienígenas y que termina estrellándose en una de las ciudades de Prodigy. Ahí empieza a cobrar relevancia un androide llamado Morrow (Babou Ceesay), que es de esos que siempre privilegia su misión, consistente en hacer todo lo que necesita la compañía, aún a expensas de vidas humanas. Hay un trabajo sobre la inquietud y el desconcierto por parte de Hawley que es ciertamente inteligente y que le permite tomarse el tiempo justo y necesario antes de dejarse llevar por la espectacularidad del accidente y del giro que hace confluir las vías narrativas: Hermit y la unidad militar a la que pertenece son de los primeros en arribar a la zona del desastre. Al enterarse de esto, Wendy solicita ser parte del equipo de Prodigy encargado de investigar qué hay en la nave. A ella la acompañarán sus compañeros híbridos, además de otro androide llamado Kirsh, interpretado por un Timothy Olyphant que parece ideal para esta clase de personajes resbaladizos. Todo queda planteado entonces para una misión de rescate, un reencuentro familiar, una guerra entre corporaciones y, por supuesto, una erupción masiva de criaturas alienígenas letales. Entre la reflexividad filosófica, la tensión y la acción explícita, Neverland es un arranque bastante prometedor.
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