Título original: The Wild Robot
Origen: EE.UU.
Dirección: Chris Sanders
Guión: Chris Sanders, basado en el libro de Peter Brown
Voces originales: Lupita Nyong’o, Pedro Pascal, Kit Connor, Bill Nighy, Stephanie Hsu, Matt Berry, Ving Rhames, Mark Hamill, Catherine O’Hara, Boone Storm, Alexandra Novelle, Raphael Alejandro, Paul-Mikél Williams
Fotografía: Chris Stover
Montaje: Mary Blee
Música: Kris Bowers
Duración: 102 minutos
Año: 2024
9 puntos
APRENDER A APRENDER
Por Mex Faliero
-¿Cómo le decís a alguien que lo amás?
-Es simple, vas y se lo decís.
-¿Y si es tarde?
-Bueno…
(diálogo entre Roz y el zorro en Robot salvaje)
Los primeros 15 minutos de Robot salvaje están probablemente entre lo mejor que hemos visto en este año de estrenos. La película nos arroja a su aventura sin mediar explicaciones, nos encontramos con una robot que despierta en medio de un entorno salvaje y que no puede aplicar aquello para lo ha sido programada: que es estar al servicio de los demás, cumplir tareas que le asignen, vincularse. Por el contrario, todas las especies que se le cruzan, desde osos a ciervos, de aves a reptiles, le teman, la ven como un monstruo que llega para eliminarlos. Lo que vemos en esos primeros minutos es, entonces, una sucesión de intentos de nuestra heroína metálica por vincularse con los demás mientras todo le huyen, en una catarata de chistes físicos efectivos y en una retahíla de intentos de aprendizaje que es también lo que hace el espectador mientras intenta acomodarse a lo que está viendo: Robot salvaje no da todo servido ni masticado, se corre del cine enseñanza que es tan habitual en la producción animada, y aplica perfectamente uno de los términos que conforman su título: los animales son salvajes, se comen entre sí, la muerte es algo latente en ese universo regido por reglas que tienen que ver con la supervivencia.
A partir de la experimentada mirada de Chris Sanders, director de películas donde el aprendizaje en la construcción de vínculos es clave como Lilo y Stitch o Cómo entrenar a tu dragón (dos obras mayores, por otro lado), Robot salvaje va construyendo luego de ese prólogo más experimental un camino de relato clásico, pero sin nunca resignar su apuesta. Hay una idea narrativa notable que resulta clave en ese pasaje que va de la incomprensión a la vinculación progresiva que tienen los personajes, y es la manera en que los animales pasan de hablar con sus sonidos característicos a tener una lengua comprensible, que es la de Roz (así descubrimos luego que se llama la protagonista) y también la nuestra, la del espectador. Detalle que nos muestra, por primera vez, la capacidad de readaptación del personaje pero, también, que ese aprendizaje lleva tiempo, que nada es mágico ni momentáneo. El tiempo, algo clave también en los ciclos de la naturaleza que determina alguno de los giros importantes que tiene luego el relato. Mucho después de que Roz, de manera fortuita, se relacione con un ganso que lo tomará como madre y con un zorro, personaje hermoso por cierto, que es primero una criatura ladina y desconfiable para volverse un poco el nexo entre todos.
Hace un tiempo que Dreamworks dejó de ser una compañía líder en el campo de la animación y eso le ha permitido ser un poco más libre en sus búsquedas, como sucede en esta película con un diseño visual sumamente estético, un paso más allá de lo que lo que habían experimentado con Gato con botas: el último deseo. Pero que no se queda sólo en la superficie, para ahondar y buscar en sensibilidades que pocas veces habían experimentado (tal vez, otra vez, la saga Cómo entrenar a tu dragón). Podemos cuestionar que Robot salvaje expanda su mundo y abra demasiadas subtramas en el último acto y por eso resuelva algunas cosas un poco a las apuradas, pero esto no termina por hacer mella en un relato notablemente narrado y bellamente representado, con personajes de varias dimensiones, donde la idea de aprendizaje y readaptación es expresada en movimiento y sin demasiadas palabras, a partir de la experiencia que transitan. La secuencia de la hibernación, por ejemplo, es uno de esos momentos que hacen crecer a la película al nivel del gran cine, también todo el pasaje en el que Roz le enseña a volar a su bebé ganso. Pero Robot salvaje esconde otra noción que viene bien recuperar cada tanto: la idea de que en estos tiempos de cine anestesiado, de ideas viejas que quieren ser pasadas por nuevas, de pose y puro gesto y provocación pelotuda, ya nada nos puede emocionar realmente. Y no, Robot salvaje nos pega una paliza emocional, nos sorprende a cada rato, nos pone en el lugar del que mira por primera vez. Esa relación entre lo que cuenta y la experiencia que atraviesa el espectador mientras mira es algo cada vez menos común. Y es algo que esta película increíblemente bella nos invita a participar. Sin darnos cuenta, todos aprendimos.
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