Por Mex Faliero
Con La mujer en la ventana, Joe Wright logró su película más discreta, menos distintiva o relevante. Un film apenas aceptable, sostenido por su oficio y el de su elenco. No es su peor película, pero incluso en aquellas que podemos considerar malas había algo singular en su forma de narrar. Lo que hace Wright aquí es un ejercicio hitchcockniano plagado de referencias y homenajes al maestro. Se queda a mitad de camino en todo, pero no deja de ser un film que claramente le rinde pleitesía a la leyenda sin buscar estar por arriba de ella. Ahora bien, como sucede cada vez que alguien intenta merodear esos universos, la condena surge inmediatamente. Las críticas a La mujer en la ventana son lapidarias, como si animarse a jugar con lo hitchcockniano fuera un pecado y como si nadie debiera animarse a probar suerte en ese territorio. O, en todo caso, como si errar en el intento fuera una ofensa a la humanidad. Los propaladores de vacas sagradas son pesados, en el cine, la música, el deporte o la vida misma. Hitchcock fue un director impar, único, no solo un narrador virtuoso e inventor de un montón de recursos, sino además uno que tenía un humor podrido, ese tipo de humor que el cine del presente y la corrección política extraña horrores. Ahora bien, a Hitchcock le pasó lo que le pasó a mucha gente (y le seguirá pasando), se murió. Y lo que queda es un legado que podemos tratar como un cristal o como una plastilina. El otro día leía a uno de estos provocadores pavotes de Twitter quejarse de que algunos eligieran a Spielberg como su director preferido siendo la historia del cine mucho más que eso. La historia del cine se remonta a fines del Siglo XIX y la historia del cine de Spielberg se remonta a la década de 1970. Son cincuenta años ya. Digamos que la historia de Spielberg está a mitad de camino de la historia general, por lo que no sería extraño que alguien lo tenga allá arriba. A veces los cinéfilos pueden volverse tan irritantes como mi padre hablando de fútbol. Para él los hinchas de ahora no vieron nada (él es de River) y no pueden opinar, porque no vieron al “Beto” Alonso, a Labruna o a Fillol. Pero él no vio al “Atómico” Boyé que, dicen, era un goleador notable. Tal vez haya algo superior al recorte antojadizo que hacemos sobre la historia general; ese que elegimos y, claro, siempre nos queda cómodo. Tampoco se trata de celebrar la novedad por la novedad misma sin tener conciencia del pasado. Solo aceptar que la historia es un cruce de tiempos y miradas, de individuos en constante fricción que pueden tener una mirada absolutamente diferente. Y puede que algunos vean La mujer en la ventana y sientan curiosidad por ese cine que se cita y que no ha visto, y resulte una puerta de entrada a la obra del maestro. Dejemos de cancelar caminos.
