Por Mex Faliero
(Atención: hay spoilers de La decisión y Roma)
En La decisión, el muy buen film iraní de Vahid Jalilvand recientemente estrenado, la muerte de un niño funciona como elemento que despierta el conflicto moral de los personajes. Por determinadas situaciones que no vienen al cuento aquí, se termina realizando la exhumación del cuerpo del chico: hay una autopsia, pero la cámara se cuida notablemente de mostrar el cadáver, en una decisión que protege tanto al espectador como al propio personaje. Como no podía ser de otra manera, me acordé de Roma y de la clínica y calculada mostración de un bebé muerto que hace Alfonso Cuarón en esa ameba en blanco y negro nominada al Oscar. Y pensaba en el bonito plano secuencia con el que Cuarón nos hubiera mostrado el cuerpo atravesado por bisturíes. Pero no es la primera vez que me pasa. Un caso notable es el de la primera gran escena de El protegido, la obra maestra de M. Night Shyamalan. Allí se da el nacimiento de Elijah Price, el personaje de Samuel Jackson. La cámara, en un solo plano y desde diversos ángulos, toma a la madre, al médico y a un grupo de personajes en el fondo, utilizando además los espejos que hay en el lugar. Pero nunca vemos al bebé. La cara del médico se va transformando progresivamente, mientras narra las condiciones del niño: nació con todos los huesos rotos. La situación es verdaderamente espeluznante, y los rostros dicen todo aquello que la imagen se niega a mostrar, por pudor e incluso desde una decisión de puesta en escena tan estudiada como la de Cuarón. Sin embargo en Shyamalan respira el cine y en Cuarón la chantada emocional. Porque detrás de lo ético y lo moral, de Kapo y sus movimientos de cámara cuestionables, lo que hay es siempre una forma de comunicarse con el espectador. Y de respetarlo, ante todo.
