GROTESCO MADE IN SUAR
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Se estrenó este jueves Yo, Narciso, que promete ser otro hito en la carrera de Adrián Suar contra su propio ego. Por eso no viene mal recordar Cohen vs. Rosi, exponente también de su afán por reciclar o directamente copiar otras narraciones, géneros y estéticas, usualmente sacando lo peor de ellos, mientras se pone en un lugar protagónico que incluso le saca chances de lucirse a los demás con quienes comparte cartel.
Eso sí, es de destacar que el primer nombre que vemos en los créditos es el de Alfredo Alcón, a pesar de que claramente no es el protagonista. Eso le sumaría a Suar para decir “miren, no soy tan pedante, supe ponerme detrás de otra estrella” y a nosotros espectadores para tomar nota de que esa vaca sagrada que era Alcón también podía tener interpretaciones pésimas y hacer porquerías importantes. La cuestión es que el molde claro en que se referencia Cohen vs. Rosi es el del grotesco criollo, con su parodia exacerbada de los modos y conductas rioplatenses, sus personajes gritones a más no poder y su acumulación permanente de latiguillos y morcilleos. Por algo del guión participó Jacobo Langsner, autor de Esperando la carroza.
Todo es entonces remarcaciones, desde el primer al último minuto en Cohen vs. Rosi, que quiere presentarse como una relectura de Romeo y Julieta pero en clave argentinidad al palo, con dos clanes familiares (uno vinculado al delito y la política, el otro al periodismo amarillo) enfrentados en una guerra sin cuartel y un romance que nace entre dos de sus integrantes. Si la película pretende repensar lo shakespereano a través del filtro del grotesco y de paso enunciar un punto de vista ácido sobre los ámbitos políticos, delictivos y el de medios, a la vez que procura deconstruir lo familiar, el resultado que consigue es griterío y más griterío. Cada plano está lejísimo de lo cinematográfico y emparentado con lo más superficial de lo teatral y lo televisivo, en gran medida porque Barone no se preocupa por construir una puesta en escena fluida, sino por acumular nombres importantes frente a la cámara. Ver la película es un dolor de ojos y oído, una experiencia agotadora a pesar de durar una hora y media, y en la que parece haber una competencia por quién entrega la peor actuación. Hay que decir que todos ponen su esfuerzo, pero Suar y Novoa se imponen gracias a los minutos con los que cuentan en escena. Lo de Favio Posca es un poco más digno -aunque cercano a la autoparodia-, lo de Alcón no da para tomarlo ni en broma ni en serio.
Con el tiempo, el cine de Suar ha ido puliendo algunos de estos defectos y hasta ha logrado alguna película decente con él como director, como Mazel tov. Pero también es cierto que en la mayoría de los casos emprolijó la puesta en escena básicamente porque empezó a trabajar con directores más competentes, como Juan Taratuto o Diego Kaplan. La diferencia es más de forma que de fondo. De hecho, Me casé con un boludo o Dos más dos no son muy distintas a Cohen vs. Rosi. A lo sumo, son el mismo discurso con un disfraz apenas diferente.
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