Título original: Ídem // Origen: Italia // Dirección: Paolo Sorrentino // Guión: Paolo Sorrentino // Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Roberto Zibetti, Linda Messerklinger, Alexandra Gottschlich, Francesco Martino // Fotografía: Daria D´Antonio // Montaje: Cristiano Travaglioli // Música: Nick Donnelly // Duración: 132 minutos // Año: 2025 //
6 puntos
ENTRE EL ARTIFICIO Y EL VACÍO
Por Guillermo Colantonio
No es un dato menor que tanto Paolo Sorrentino como su protagonista fetiche, Toni Servillo, se muestren con mayor moderación en La Grazia. Y hasta representa un punto a favor con respecto a los excesos barrocos y cierto aire de tilinguería de varias películas anteriores. La excusa es encapsular en un mismo escenario dramático los últimos meses en el poder de Mariano De Santis, presidente de Italia, encerrado en una especie de torre de marfil, lidiando con decisiones de actualidad (indultos, eutanasia) que debe tomar frente a las presiones de su hija Dorotea y con sus propios fantasmas, entre ellos el de su fallecida mujer, a quien no puede perdonarle una infidelidad del pasado. La sombra de la duda lo aqueja puesto que uno de sus amigos y laderos políticos pudo haber sido el traidor.
Sorrentino disfraza los dilemas de De Santis con una puesta escena cuyo fundamento parece ser la luz y, principalmente, la herencia de Rembrandt. La mayor parte del metraje se consagra a la soledad que envuelve al presidente, a sus caminatas por el palacio gubernamental en medio de claroscuros cuya filiación con la pintura están enfatizados. La mirada no pasa de ser una observación distante que intenta abordar la conciencia de quien ocupa un lugar de jerarquía y nunca pretende ir a fondo con ningún cuestionamiento de las instituciones que rigen los destinos de un país. Por el contrario, por momentos, hasta parece complaciente con ciertas estructuras que generan sospechas. Como si siguiera los lineamientos de ciertas narrativas del siglo XX que combinan Historia y Literatura, la película apunta a la intimidad del poder, a la humanización del personaje y a ofrecer, en un marco imaginario, un discurso que más le debe al registro afectivo que al de comprobación empírica. Esto le permite al director introducir sus características dosis de realismo mágico y de escenas donde prevalecen las hipérboles, aunque de manera más calma.
En un punto, es posible entregarse al río diletante de las imágenes, participar de su sombría atmósfera. Sin embargo, puede que solo sea un disfraz esporádico para un contenido absorbido por la forma. Ni los morosos movimientos de cámara ni la sucesión de planos perfectamente encuadrados dicen algo relevante sobre el mundo o sobre el poder, más bien una ligera aproximación de memoria corta. En este sentido, Sorrentino-Servillo mediante-es similar al astronauta que flota en el espacio.
En definitiva, La Grazia parece debatirse entre la contención y la tentación de su propio virtuosismo, como si Sorrentino quisiera corregir sus excesos sin renunciar del todo a ellos. El resultado es una película que encuentra en la superficie de sus imágenes un refinamiento indiscutible, pero que rara vez logra perforarla para interrogar con mayor densidad aquello que pone en juego. Así, la intimidad del poder se vuelve un territorio más sugerido que explorado, más contemplado que problematizado.
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