Título original: Idem // Origen: EE.UU. // Dirección: Kevin Williamson // Guión: Kevin Williamson, Guy Busick // Intérpretes: Neve Campbell, Courteney Cox, Isabel May, Jasmin Savoy Brown, Mason Gooding, Anna Camp, Joel McHale, Mckenna Grace, Michelle Randolph, Jimmy Tatro, Asa Germann, Celeste O’Connor // Fotografía: Ramsey Nickell // Montaje: Jim Page // Música: Marco Beltrami // Duración: 114 minutos // Año: 2026 //
5 puntos
UN LEGADO QUE SE APUÑALA A SÍ MISMO
Por Marcos Ojea
Soy un devoto de la saga Scream. Así, sin medias tintas, sin mesura. Las tres primeras me formaron como espectador, alquiladas una y otra vez en el videoclub del barrio, que tenía películas viejas a mitad de precio y por 48 horas. La cuarta, obra maestra, fue mi primera Scream vista en salas de cine, y desde entonces la repasé muchas veces. La quinta fue una sorpresa, a la que entré sin mucha fe, y a la sexta, aunque inferior, le fui tomando el gusto. Más allá de mi recorrido personal, el impacto cultural de la saga creada por Kevin Williamson y Wes Craven es innegable, tanto así que a todo lo que sucedió en el slasher en los años posteriores se lo conoce como “post Scream”. El slasher dosmilero, uno de mis espacios de disfrute predilectos. Pero basta de digresiones sobre quién suscribe. Lo que nos convoca es Scream 7, la última de la saga que, tras un cambio de director y la baja de sus actrices protagónicas, tomó forma con el propio Williamson al mando, más la vuelta de Neve Campbell como Sidney Prescott, nuevamente en el centro de la escena.
Leyendo críticas por ahí, me encontré con que la 5 y la 6 no son tan queridas, y la distancia que toma la 7 de ellas le da, para algunos, un automático visto bueno. Una vuelta a las raíces o, como dijo alguien, un viaje por completo a los años 90. No estamos acá para pelearnos con nadie, pero lo cierto (así de sabio me encuentra este texto) es que la 5 es muy buena: una interpretación de los conceptos de la saga de cara a un público nuevo, con la cualidad metaficcional característica al palo, violencia sin concesiones y un grupo de personajes que aportan sustancia y sentido. Una auténtica “recuela”, como se llama a sí misma, que logra la convivencia entre los rostros nuevos y los viejos sin perderse en el autohomenaje o el fan service atontado. Es más: si bien hay respeto por lo clásico, también hay una vocación por descuartizarlo en pos de algo nuevo. “Ha sido un honor”, le dice Ghostface a Dewey, antes de abrirlo al medio con un cuchillo.
Sin Jenna Ortega y Melissa Barrera, las hermanas Carpenter de la 5 y la 6, se impone la necesidad de inventar algo que, en apariencia, contente a los fanáticos. Vuelve Williamson al guion (autor de la 1, la 2 y la 4), toma la dirección, y se pone una buena suma de dinero para que Neve Campbell reaparezca en todo su esplendor. Y todos la queremos, obvio: es una de las screams queens por definición, la más importante de la generación MTV, la reina receptora de puñaladas. Todo apunta a que las cosas pueden salir bien, y la secuencia inicial, con la casa de Stu Macher convertida en una atracción turística para los entusiastas de Stab, es esperanzadora. Nos acomodamos en la butaca, estamos listos para el rodeo final, lo queremos todo y lo queremos ya. Pero, como bien dijo mi amigo Matías Gelpi, Scream 7 hace lo que puede, y puede poco.
Lejos de la maestría visual de Wes Craven, uno de los grandes maestros y renovadores del terror, Williamson dirige su guion con la pereza de quien ya está cansado de su propia invención. Claro que hay algunas buenas secuencias, y pasada la mitad uno se ilusiona y se pregunta “¿en dónde carajo desemboca todo esto?”, pero la respuesta no hace más que hundir la experiencia en el barro de la decepción. El componente meta y cinéfilo, uno de los rasgos distintivos de la saga, es descartado e incluso uno de los personajes lo pone en palabras. Es como “bueno, basta de todo esto, hagamos un slasher genérico”, pero sin que esa distancia respecto de sus predecesoras se convierta en un gesto anárquico, rebelde. Es más bien agotamiento, uno que lleva a reciclar ideas sin una vocación real por interpelar a su época. Gelpi quote otra vez: “Todas las Scream le hablan al momento en que se hicieron; esta no le habla a nadie”. O tal vez sí, se habla a sí misma, como quien, ya anciano, murmura sobre lo que alguna vez fue.
Un pensamiento válido, que curiosamente proviene de quienes la defienden, es que la saga Scream ya fue, y que esta película, a propósito, se encarga de confirmarlo. De manera deliberada, va cavando su propia tumba. Porque el concepto siempre fue una boludez, entonces, ¿qué mejor manera de terminarlo, que con una boludez mayúscula? Sí, a las Scream no había que tomarlas tan en serio, y esa descontractura siempre fue parte de su encanto. Pero el disfrute siempre fue de la mano con un conocimiento profundo del género, de los engranajes que lo hacen funcionar, y de la posibilidad de siempre ir un paso más allá, a pesar del riesgo de pisar en falso. Sí, Scream siempre fue una tontería, pero una hermosa, inteligente y vital, capaz de sacudir el polvo al slasher y revivirlo una y otra vez, a tono con la generación de turno. Esta séptima (¿y última?) parte, que cambia la nostalgia por la naftalina, es como ese tiro en la cabeza que hay que pegarle a Ghostface. La acción necesaria para saber que el asesino (la saga) ahora sí que está muerto.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

