Título original: Idem // Origen: EE.UU. / Inglaterra // Dirección: Chloé Zhao // Guión: Chloé Zhao y Maggie O’Farrell, sobre la propia novela de O’Farrell // Intérpretes: Jessie Buckley, Paul Mescal, Zac Wishart, James Lintern, Joe Alwyn, Justine Mitchell, Eva Wishart, Effie Linnen, Emily Watson, David Wilmot, Freya Hannan-Mills // Fotografía: Lukasz Zal // Montaje: Affonso Gonçalves, Chloé Zhao // Música: Max Richter // Duración: 125 minutos // Año: 2025 //
7 puntos
HAMNET O EL MORALISMO LITERAL DE UNA FABULACIÓN GÓTICA
Por Alvaro Fuentes Lenci
La comentada Hamnet, ganadora a mejor película dramática en los Golden Globes y nominada a mejor película en los Oscar, hace honor a las alturas poéticas de las obras de William Shakespeare. Dirigida por Chloé Zhao, está basada en una novela homónima de Maggie O’Farrell, pero por cuestiones prácticas (no la leí) el presente abordaje se circunscribe al análisis de los méritos exclusivamente cinematográficos del film.
La cuestión que surge es que, en este caso puntual, es difícil separar méritos cinematográficos de literarios porque, como se dijo, el registro poético de la dramaturgia shakesperiana atraviesa la propuesta. Un primer aspecto digno de mención en Hamnet es el equilibrado uso de registros narrativos disímiles, tal como ocurría en la obra del autor teatral. No es tan común escucharlo, pero Hamlet, que combina tragedia y comedia, es también un relato de terror. Es más, la atmósfera terrorífica abre el telón con la seguidilla de apariciones del fantasma del padre. Con similar tono, la película de Zhao empieza en territorio de Agnes, la aprendiz de bruja que se convertirá en la esposa del personaje del escritor. El morbo y la fantasía oscura, respetando la misma condición lateral que en la literatura clásica (donde el terror estaba integrado a las tramas como un registro más), son aspectos explotados con gran efectividad en Hamnet. Un halo de magia y misterio envuelve la narración, al proponer una temporalidad cíclica que cumple los vaticinios del destino. El personaje de Agnes (gracias al cual la actriz Jessie Buckley fue premiada) representa a las brujas de la literatura de Shakespeare. Es interesante pensar al dramaturgo inglés como un antecedente del gótico de brujas norteamericano, en la línea de Nathaniel Hawthorne.
Hamnet lanza una hipótesis ficcional del móvil creativo y psicológico de la obra Hamlet. Frente a la poca información histórica disponible acerca de la vida del escritor, se juega con la idea, original en mi opinión, de que la temprana muerte de Hamnet, hijo varón de William y Agnes, es lo que lleva al dramaturgo a concebir su más famosa tragedia, cuando su escritura previa se inclinaba más hacia la comedia. Según Hamnet, en la famosa pieza teatral, el protagonista sería una forma de evocación del hijo de Shakespeare. Se destaca la buena recreación de un entorno sobrenatural alrededor de ese hijo pródigo, que transita una existencia entre la vida y la muerte, antes y después de su muerte física. Las actuaciones están mayormente bien, aunque gran parte del mérito del casting se debe al jovencísimo Jacobi Lupe en el papel de Hamnet. También a Jessie Buckley, como se sabe interpretando a Agnes, quien otorga las adecuadas coordenadas de un relato signado por la oscuridad. Paul Mescal como Shakespeare es el menos logrado de los tres personajes.
El poder de sublimación del arte ante una situación de duelo es un tópico muy importante de la película. William se culpa por no haber estado presente los días de agonía de su hijo, sin poder haber hecho mucho para evitar su muerte. El diálogo en que Hamlet exhorta a Ofelia a que “entre a un convento”, porque no se puede dar por cierta la bondad de nadie, tampoco la de él, aparece en una escena de ensayo de la obra y funciona como reflejo de una voz autopunitiva en la conciencia atormentada del escritor.
Algo de la película que hace ruido es cierta pedagogía del dolor femenino, en escenas de parto y otras que parecen caer en una estetización romántica del sufrimiento de las mujeres. Para que no maten al mensajero, se cita a la escritora colombiana Carolina Sanín, quien en la red social X lo expresa mediante los siguientes términos: “Expositiva, sobreactuada, manipuladora, superficial, insufrible: así me pareció HAMNET. Entre telenovela y propaganda. Y antes de que digan que ‘a esta vieja horrible no le gusta nada’: me gusta Hamlet (obra cuyo protagonista no es, como se da a entender en Hamnet, el Principito)”. Y para quien se quede con ganas de más Sanín, el hilo de tweets prosigue: “Me faltó: moralista a más no poder. Family Values. Basura monumental”.
La exageración de posturas y adjetivaciones, a veces, es útil para señalar puntos que son atendibles, como en este caso. Hamnet es algo sobreactuada en su afán de indicar que el foco de concentración del sufrimiento de la sociedad está en las mujeres, a partir del personaje de Agnes, cuyo nombre remite a la palabra inglesa “anger”: enojo. ¿Es una película “manipuladora”? Por lo dicho anteriormente, puede desprenderse que sí. Con la intención de explicar las causas del enojo femenino, y a la vez justificarlo, se hace el doble esfuerzo de practicar la indulgencia hacia los hombres que, aun conscientes de su privilegio, pueden dar algo de sí en el reparto de autosacrificios. Los adjetivos a los que recurre Sanín aumentan cuantitativa y cualitativamente. Tratando de encontrar el más políticamente correcto, se rescata el de “moralista”. Efectivamente, Hamnet es una película inclinada a señalar buenos y malos procederes morales. Es una histórica tentación del cine (en Argentina lo sabemos), que puede recaer también en la vieja literatura gótica como lo puntualiza Borges en sus críticas al arte alegórico o cercano al lenguaje de la fábula del ya mencionado Hawthorne.
A pesar de todo lo dicho, Hamnet es una buena historia. Quizás sea más mérito del libro que de su adaptación cinematográfica. Lo cierto es que la fábula que se inventa alrededor del origen de la clásica obra teatral funciona fluidamente y es llevada con éxito a la pantalla grande. Y no está de más insistir en que una fábula es precisamente una narración con trasfondo moral. No así el drama shakesperiano, psicológicamente complejo y ácidamente crítico de los valores de su tiempo.
Respecto al acalorado debate que suscitó el tweet del crítico Roger Koza, quien supo apreciar un encuadre algo sucio en Hamnet, se advierte que muchas de las figuras humanas que aparecen recortadas dentro del plano son mujeres, más bien sumisas y trabajadoras. Mediante tal recurso estético, parece haber otro intento de remarcar que la mujer es el “sujeto dividido” de la sociedad, si se nos permite el uso fácil de la famosa categoría psicoanalítica. Dejo constancia de que la anterior apreciación formal del encuadre de Hamnet no se afirma con plena seguridad, es sólo una hipótesis, y la película no me resulta tan convocante como para volver a revisar plano por plano.
Un nuevo tweet de Sanín brinda elementos interesantes para aventurar conclusiones: “Acabo de ver Magnificent obsession, de Douglas Sirk. Qué cosa magnífica, imposible, hermosa, demasié. Si lo que necesitan es melodramas, en vez de la basura perezosa de Hamnet, vean melodramas de verdad”. Es revelador que la intelectual traiga el concepto de “melodrama”. El teórico del cine Angel Faretta afirma que el género melodramático es esencialmente un puente de trascendencia. Se refiere a que es fabulador en un sentido moralizante, produce mitología, brinda esa base de metafísica doméstica que la religión ya no contiene. Hay algo en Hamnet que responde a tal aspiración trascendental del melodrama, en una época en que el sólo gesto solemne de un arte moralista trastabilla en la inclemencia del ridículo.
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