SIEMPRE PARA ADELANTE
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Jean-Luc Godard no es precisamente mi cineasta favorito: era de esa clase de realizadores que me parecía demasiado pagado de sí mismo, a tal punto que se creyó su propio personaje de director desconcertante y difícil, y la mayoría de su filmografía me resulta entre rebuscada, pedante y hasta aburrida. En esa discusión eterna que se da dentro de los círculos cinéfilos sobre cuál autor de la Nouvelle Vague era el mejor, me quedo con Francois Truffaut y en menor medida Éric Rohmer, que manejaban sensibilidades mucho más lúdicas y honestas. Pero hay que convenir que los comienzos de Godard, cuando todavía no era GODARD con mayúsculas muy grandes, mostraban a un realizador con emociones francas y lejos de la artificialidad impostada. Más aún cuando pensamos en Sin aliento, su primer largometraje.
Algunos podrán decir que cierto aire vital y descontracturado que hay en Sin aliento se debe a un guión de cuya escritura participaron Truffaut y Claude Chabrol. Pero, como bien lo refleja la excelente Nouvelle Vague, el guión era para Godard apenas una herramienta más dentro de una caja de herramientas que tenía muchos instrumentos más. Hay una historia, es cierto, sobre un ladrón (Jean-Paul Belmondo) que roba un coche, mata a un policía y, mientras trata de eludir a las autoridades, intenta convencer a una estudiante norteamericana (Jean Seberg) de huir con él a Italia. Pero es apenas una excusa para que Godard siga a su personaje en una huida hacia adelante constante, en una recorrida caótica por una París que es un refugio y una trampa a la vez. No hay, en lo más mínimo, ambiciones de establecer una lectura sociológica a partir de ese ladrón sin destino o motivaciones específicas. Tampoco verdaderas ansias por inscribirse dentro de la tradición del policial. No, porque las ambiciones de Godard son otras.
Y las ambiciones de Godard son grandes, casi imposibles, pero igual él va para adelante, con una mezcla llamativa de miedo y seguridad. Miedo porque podemos notar que, detrás de cámara, hay un realizador que sabe que está haciendo apuestas estéticas con resultados inciertos, pero también seguridad porque tiene claro que quiere hacer algo completamente nuevo y disruptivo. Sin aliento es un canto a la experimentación, con el montaje alterando por completo las estructuras narrativas, rompiendo con algunos artificios y a la vez inventando otros. El caos de cada imagen es, paradójicamente, ordenado, porque está fundado en ideas, en preceptos elementales que ponían en crisis convenciones y tradiciones. Godard sabía que había un contexto -el presupuesto, el elenco, los productores, el propio movimiento que integraba- capaz de limitarlo, pero también que no perdía nada con apretar el acelerador y correr, cada vez que podía, esos límites que parecían tan claros e infranqueables.
Godard ya tenía en ese momento, con apenas 30 años, un ego enorme y una pulsión palpable por comerse el mundo y quedar en la Historia grande del cine. Hay algo de celos en Sin aliento, un haber mirado las películas de sus compañeros de ruta en Cahiers du Cinema y decirse a sí mismo “no puedo ser menos que ellos, tengo que hacer algo totalmente distinto y original para superarlos”. Pero también una consciencia de que lo primero y principal era dejarse llevar por lo que podía captar la cámara en los personajes, los espacios y momentos que habitaban. Godard todavía tenía bien claro que la verdad no estaba en los discursos o la ironía permanente, sino en las historias, por inasibles que pudieran parecer, y en las sensaciones que podían generar. Por eso Sin aliento puede sostenerse todavía como una película tan desconcertante como honesta, una experiencia por momentos irritante, pero también querible.
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