Título original: Idem // Origen: Francia – EE.UU. // Dirección: Richard Linklater // Guión: Holly Gent, Vincent Palmo Jr. // Intérpretes: Guillaume Marbeck, Zoey Deutch, Aubry Dullin, Adrien Rouyard, Antoine Besson, Jodie Ruth-Forest, Bruno Dreyfürst, Benjamin Clery, Matthieu Penchinat, Pauline Belle, Frank Cicurel, Blaise Pettebone, Benoît Bouthors // Fotografía: David Chambille // Montaje: Catherine Schwartz // Diseño de producción: Katia Wyszkop // Duración: 106 minutos // Año: 2025 //
8 puntos
LA REVOLUCIÓN SIN SOLEMNIDAD
Por Mex Faliero
Si bien imaginábamos lo que podíamos ver en una película titulada Nouvelle Vague, es verdad que no sabíamos muy bien qué haría Richard Linklater con este asunto. Si bien buena parte de su cine parece pautado sobre algunas reglas escritas por aquellos franceses, los mejores pasajes de la trilogía Antes del…, por ejemplo, incluso algunas experiencias formales como Despertando a la vida, Una mirada a la oscuridad e incluso Boyhood, pero también es cierto que en la mayoría de los casos su cine está ganado por un espíritu de cierta tradición de lo norteamericano. De ahí, que la experiencia resultaba curiosa de antemano. Sin embargo lejos de ponerse pedante y rodearse de citas intelectuales para hablar de la Nouvelle Vague, Godard y la ruptura que significó una película como Sin aliento, Linklater construye un film ligero, muy cómico, sobre un grupo de intelectuales y artistas en constante retroalimentación y ebullición, en un tiempo que parece único e irrepetible. La base de nombres propios que aparecen, de Godard a Seberg, de Truffaut a Chabrol, Beausoleil, Rohmer, Melville, Bresson y tantos más, es tan extensa que el director se divierte presentándolos en planos medios con intertítulos que connotan su identidad. Hay en ese gesto algo de juego, de elemento lúdico, que dialoga con la mediocridad de las biografías habituales.
Pero Nouvelle Vague no es en sí una biografía, sino más bien el retrato de un tiempo. La base de su película es el demorado debut de Godard en la dirección, mientras todos sus colegas ya iban por la primera o segunda película. Linklater pone en boca de los personajes frases altisonantes, máximas sobre la independencia y la libertad artística, grandes éxitos de cada uno que aparece por ahí, mientras va construyendo de fondo una comedia alocada sobre un rodaje dificultoso que avanza a tropezones entre las necesidades del propio Godard como artista rebelde y las de sus productores: escenas que se dilatan en el tiempo, días de rodaje en los que no se avanza nada, un guión que se va escribiendo en tiempo real, un presupuesto que no alcanza. Linklater tiene tan claro lo que quiere contar y cómo hacerlo, que su película es un homenaje a la vez que una invención, se apropia de la Nouvelle Vague hasta volverla en espíritu parte de su propia filmografía. Los personajes parecen salidos de films del director como Rebeldes y confundidos, un espíritu juvenil que puede ir de una cita intelectual a un gag brillante. Y ahí tenemos la relación entre Godard y Truffaut para confirmarlo.
La claridad de una película como Nouvelle Vague es tanta, que el director logra resumirla en una escena magistral. En ella, Roberto Rossellini brinda ante los cahiers un monólogo sobre cómo el cine es un asunto moral y muchas cosas más, todas trascendentes, importantes, de esas que son del gusto del debate intelectual más cerrado acerca de lo que significa el hecho cinematográfico. Y mientras la escena bordea el cliché, inmediatamente lo muestra a Rossellini abalanzándose sobre un plato con sanguchitos de miga para paliar el apetito. Lo elevado y lo bajo conviven en Nouvelle Vague en una danza que, además, está tan bien ilustrada, con un dispendio de dirección de arte, actuaciones notables (miméticas y libres a la vez), fotografía maravillosa, vestuarios impecables y precisa puesta en escena que recrea la estética de la Nouvelle Vague, pero especialmente de Sin aliento, que dan ganas de quedarse a vivir ahí.
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