Título original: Jaws @ 50: The Definitive Inside Story // Origen: EE.UU. // Dirección: Laurent Bouzereau // Testimonios: Steven Spielberg, Janet Maslin, Cameron Crowe, Greg Nicotero, James Cameron, J.J. Abrams, Guillermo del Toro, Steven Soderbergh, Emily Blunt, Robert Zemeckis, Jordan Peele, George Lucas, John Williams // Sonido: Marissa Quintana // Edición: Ben Kaplan, Jason Summers // Música: Blake Neely // Duración: 88 minutos // Año: 2025 // Plataforma: Disney+
7 puntos
LA HISTORIA DE UN MILAGRO
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
Hace unas semanas me topé con una entrevista que le hicieron a Mariano Llinás, donde en un momento le preguntaban por la escena de Los Fabelman donde Steven Spielberg recreaba la ocasión en la que conoció a John Ford. Allí Llinás aprovechaba para despacharse contra Spielberg, señalando que había malinterpretado lo que le había dicho Ford -para eso citaba lo dicho en un libro de Peter Bogdanovich que hace referencia a la misma anécdota- y tildándolo directamente de mediocre. Dejando de lado la evidencia en la que se apoya -el único que sabe qué le dijo Ford a Spielberg es Spielberg, no Bogdanovich-, es sorprendente la cantidad de cosas que Llinás no entiende y se le pasan de largo en su afán de hacerse el provocador. Primero, que esa anécdota es apenas una evocación que le sirve a Spielberg para plantearse un rumbo como realizador (parece que Llinás todavía no entendió algunas cuestiones básicas relacionadas con el ejercicio de la memoria); segundo, que es una muestra -otra más- de su humildad, de su consciencia de que hubo tipos antes que él que lo inventaron todo; y tercero, que, en la actualidad, hacerse el banana cuestionando a Spielberg es mucho más mainstream de lo que parece. Llinás, como casi siempre, llega treinta años tarde para hacerse el disruptivo.
Me interesa profundizar un poco en el tercer factor vinculado con las declaraciones de Llinás: si en los noventa Spielberg era el centro absoluto de Hollywood -recordemos que era tan “mediocre” que en un mismo año estrenó dos películas irrelevantes como Jurassic Park y La lista de Schindler-, en la actualidad ocupa un lugar marginal. Será venerado y respetado, seguirá trabajando con presupuestos altísimos y haciendo lo que quiere, pero su influencia es cada vez menor. Es como una figura de mármol, un símbolo de un pasado al que parece difícil volver. Quizás ese sea, involuntariamente, el tema de fondo de Tiburón: la historia de un clásico: la evocación de un momento en la historia del cine que, a medio siglo de distancia, luce irrecuperable. Por eso el film de Laurent Bouzereau, disponible en Disney+, no busca innovar y apela a herramientas ya conocidas, porque lo que privilegia es el ejercicio entre nostálgico y didáctico.
La película alterna entre dos líneas narrativas/explicativas: por un lado, el relato sobre cómo se concibió el proyecto, que tuvo varias idas y vueltas en sus etapas iniciales, y un rodaje absolutamente caótico, que casi destruye a Spielberg; por otro, el análisis sobre su impacto en los espectadores en el momento de su lanzamiento y cómo marcó a distintas generaciones. En la primera vertiente, algunas anécdotas respecto a los problemas afrontados en la filmación dentro del entorno marítimo, las luchas de egos entre los intérpretes -particularmente entre Richard Dreyfuss y Robert Shaw- o la acertada elección de actores no profesionales para la mayoría de los papeles son notables. En la segunda, por más que hay algunos testimonios que no salen de lo esperable, hay algunos apuntes de James Cameron -al que se le nota un poco de envidia- y particularmente Jordan Peele -con una muy buena reflexión sobre lo que tiene que implicar el terror en el público- que nos permiten entender por qué Tiburón mantiene intacta su condición de clásico.
Pero lo mejor es, obviamente, Spielberg hablando sobre esa película que parecía que iba a acabar con su carrera y que en cambio lo catapultó a la fama para siempre. Sobre cómo estuvo al borde del colapso emocional, logró sostenerse, curar sus heridas y darse cuenta, eventualmente, que el éxito arrasador del film hizo que se la creyera en exceso. O Steven revelándonos, cuando asevera que lo pone más orgulloso que su creación haya sido tapa de la revista Mad que la de Time, que estará al borde de los ochenta -lo cual ya empieza a notarse-, pero que en el fondo sigue siendo un niño. Ese niño que nos asustó y emocionó recreando sus propios miedos y emociones, y que todavía hoy, con millones de dólares en el banco, fama y premios, conserva una humildad y honestidad de la que deberíamos aprender un poco. Escuchándolo, viéndolo a Spielberg, uno puede entender -o al menos intuir- ese milagro casi inexplicable que fue Tiburón. Y agradecer por eso.
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