Título original: Idem // Origen: Argentina // Dirección: Florencia Calcagno // Guión: Florencia Calcagno, Leandro Calcagno // Intérpretes: Leandro Calcagno, Julián Paz Figueira, Agustina Chipolini Sollosky, Gabriela Ledo, Andrea Cho, Nicolás Mateo, Felipe Villanueva, Giselle Bonaffino // Fotografía: Alejo Maglio // Dirección de arte: Vanesa Baca, Guido Huergo Atwell, Esperanza Guzmán // Música: Javi Punga // Duración: 63 minutos // Año: 2017 //
4 puntos
QUÉ DIFÍCIL
Por Marcos Ojea
Ay, Margarita. Qué difícil. Tu fecha de realización es el 2017, pero te estrenaron ahora, en el 2025. Eso no es tu culpa. Tus intenciones no están mal: una comedia dramática, un poco romántica, un poco fantástica, con ese espíritu indie de largas escenas charladas, con voces que se enciman y no llevan a ningún lugar. Un trasfondo apocalíptico, la inminencia del fin del mundo, como contexto para la historia de Alex, un periodista de rock inmerso en un triángulo amoroso con consecuencias terribles para la humanidad. Aunque al final no pase nada. Aunque, en general, aunque pasen cosas, no pasa nada. Porque todo está ahí, en potencia; la chica vestida de conejo, las secuencias arrancadas de un videoclip de principios del milenio, el cuento que una abuela le cuenta a su nieto, cuyos eventos parecen rebotar en el presente desorientado, emocionalmente inmaduro, aunque adulto, de aquel niño. Alex, Sol, Lupe, y un puñado de personajes más, como el Pollo (insoportable), que están para cumplir una misión narrativa misteriosa, tanto, que aún la desconocemos.
Ay, Margarita, que difícil abordarte, con tus innecesarios fundidos, con esa indecisión entre la comedia y el drama, con esos intercambios verbales que quizás funcionarían mejor en una pequeña obra de teatro. Y es que a veces parece, Margarita, que asistimos a eso: el testigo de una cámara estática frente a un escenario, donde se desarrolla un juego de improvisación actoral. Uno de esos ejercicios de teatro para mantener tonificado el músculo interpretativo de los artistas. Dirás, ya lo sé, que es fácil señalar con el dedo, enumerar tus defectos sentado atrás de una computadora. No te falta razón. Pero yo te pregunto, Margarita, por qué tus 69 minutos se estiran para parecer muchos más, una experiencia chiclosa que se adhiere a la retina y deja a la mente y al corazón sin respuestas, recalculando. Pero no un “sin respuestas” deliberado, abierto a la interpretación del espectador, si no un “sin respuestas” por falta de preguntas. Diremos, sin ser crueles, por falta de méritos, aunque el camino esté, como suele suceder, empedrado de buenas intenciones.
Qué difícil, Margarita. Pero antes de despedirnos, me gustaría que sepas que no fue por falta de voluntad, que mis sentidos estaban dispuestos a ceder a tu embrujo. Será tu búsqueda estética laboriosa pero a veces incomprensible, será el tono irritante de tus actuaciones, será un momento donde el cine argentino más under se pierde en tribulaciones absurdas, pero lo cierto es que la magia no sucedió. Hubo algunas risas, involuntarias, de la misma manera en que es involuntario el humor que las provocó. No es poca cosa, te diré; algunos parlamentos tuyos, expresados como están, me trajeron la sensación de Un buen día, ese clásico absoluto de la comedia a su pesar. Dejo la inquietud, Margarita, de saber si lo hiciste a propósito o te salió así.
Ay, Margarita, Margarita… Te digo adiós. No sin antes preguntarte: ¿por qué te llamas así? ¿Será porque así se llama el bar en donde tus protagonistas se reúnen? Puede ser. En fin, Margarita, ojalá encuentres al público que estás buscando. Sí, la pasé peor otras veces, obvio, hubo alguna cosa divertida hoy, pero ya está. No me llames más, por favor. Te mando un beso.
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