Título original: Final destination: Bloodlines // Origen: EE.UU. / Canadá // Dirección: Zach Lipovsky, Adam B. Stein // Guión: Guy Busick, Lori Evans Taylor // Intérpretes: Kaitlyn Santa Juana, Teo Briones, Rya Kihlstedt, Richard Harmon, Owen Patrick Joyner, Anna Lore, Alex Zahara, April Telek, Tinpo Lee, Tony Todd, Brec Bassinger, Gabrielle Rose // Fotografía: Christian Sebaldt // Edición: Sabrina Pitre // Música: Tim Wynn // Duración: 110 minutos // Año: 2025
6 puntos
UNA SECUELA DE OTROS TIEMPOS
Por Rodrigo Seijas
(@rodma28)
La saga de Destino final ya tiene veinticinco años, aunque la última entrega es del 2011, lo que la hace una franquicia más asociada con la primera década del nuevo milenio. A diferencia de ciertas compañeras, como El juego del miedo, todavía conserva cierta vitalidad. Esa frescura está dada por su ausencia de culpa y moralina, por esa vocación de buscar formas cada vez más retorcidas y creativas de matar gente. Y también por hallar premisas argumentales que llevan a verdaderas acrobacias del guión, que piden a gritos que uno no se tome muy en serio lo que está viendo.
En el caso de Destino final: lazos de sangre, no tenemos simplemente a alguien con una premonición que evita un hecho catastrófico, sino a una persona que sueña con la premonición de otra persona. Se trata de Stefani (Kaitlyn Santa Juana), una joven universitaria que tiene pesadillas recurrentes relacionadas con su abuela y un accidente en una torre con consecuencias horripilantes. Cuando retorna a su hogar para averiguar qué hay detrás de esos sueños que padece, descubre que esa tragedia no sucedió, pero que la Muerte, que estuvo muy ocupada completando el trabajo de liquidar a toda la gente que se salvó cuando no debería haberlo hecho, ahora va por ella y el resto de su familia. Sí, así de desopilante como suena.
El desparpajo y la autoconsciencia irónica con que Destino final: lazos de sangre cuenta todo puede hasta generar un poco de incomodidad. Es que, si uno se pone a pensar mínimamente lo que sucede, se da cuenta que está asistiendo a una tragedia familiar creciente y plagada de manipulaciones que serían la envidia de Paul Haggis o Alejandro González Iñárritu. Hay, por caso, una revelación sobre un parentesco que podría llevar a la indignación, pero que se da a través de una circunstancia que es puro humor negro. En esto último está precisamente la clave para que aceptemos la crueldad de todo lo expuesto: todo es una joda, una excusa para diseñar masacres que compiten entre sí por cuál es la más insólito y sanguinaria (la que ocurre en un hospital posiblemente se lleve el premio mayor). Por eso es que el film se muestra plenamente consciente de que la protagonista es un poco insoportable con su paranoia disfrazada de premoniciones y que lo único que importa de los personajes no es si llegan vivos al final del metraje, sino cómo pueden morir. Nihilismo total, pero, mal que nos pese, funciona.
No deja de ser llamativo cómo, siendo apenas aceptable -todo en su puesta en escena es tan macabro como insustancial-, Destino final: lazos de sangre transmite otro tipo de nostalgia, a pesar de que se estrena a menos de quince años de su predecesora. No se trata de otra secuela-legado que fusiona algo nuevo con lo ya conocido, a pesar del breve cameo del fallecido Tony Todd. Tampoco es una reinvención de expresiones previas. En cambio, lo que vemos es una película que nos recuerda que el cine de terror supo no ser moralista o con vocación de mostrarse importante, ni tampoco con la necesidad de extrema de complacer a los fanáticos. Destino final: lazos de sangre nos recuerda unos tiempos, no tan lejanos, pero casi olvidados, de sana y tétrica diversión.
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