Título original: Parthenope // Origen: Italia / Francia // Dirección: Paolo Sorrentino // Guión: Paolo Sorrentino // Intérpretes: Celeste Dalla Porta, Gary Oldman, Silvio Orlando, Isabella Ferrari, Peppe Lanzetta, Nello Mascia, Stefania Sandrelli // Fotografía: Daria D’Antonio // Montaje: Cristiano Travaglioli // Música: Lele Marchitelli // Duración: 137 minutos // Año: 2024 //
6 puntos
LA INSOPORTABLE LEVEDAD DE LA BELLEZA
Por Guillermo Colantonio
Hace tiempo, principalmente a partir de la consagración de La gran belleza, que Paolo Sorrentino no se anda con pequeñeces. Su ambición y su carácter ampuloso brillan por presencia en películas barrocas que se interrogan sobre el sentido de la existencia, lo efímero de la belleza y el paso del tiempo. Con Parthenope: los amores de Nápoles, un mito, una cita y un encuadre bastan desde el inicio para marcar territorio y cercar una propuesta estética donde cada plano parece filmado como si fuera el último. Parthenope fue la sirena que, tras no haber podido hechizar a Odiseo y a sus hombres, se arrojó al mar y su cuerpo llegó hasta la costa donde se fundó la antigua ciudad que lleva su nombre y que finalmente fue Nápoles. Al comienzo de la película, una cita de Celine da paso a la imagen de un vagón de carroza, proveniente de Versalles, con el Tirreno de fondo. El combo es irresistible e inaugura la exagerada galería de cuerpos, colores y paisajes que gobernarán la pantalla a favor de un yugo que nos tironea, nos hipnotiza de entrada, una trampa que parece efectiva, por lo menos hasta que podemos pensar y desarmar sus resortes. El resultado: una fruta con mucha cáscara para pelar pero con escasa pulpa.
La trama está concebida como un viaje. Un parto en las aguas del Mediterráneo, una elipsis y la aparición de Parthenope (Celeste Della Porta) emergiendo como una sirena. La imagen ralentizada promueve un efecto que subjetiva la mirada de quienes observan, entre ellos, un amigo y primer amor. Pero aquí ya se presenta un problema que pocas veces Sorrentino resuelve. En todo ese despliegue, en toda esa perfección física helénica de la mujer, el cuerpo refriega un sentido de inalcanzable belleza por momentos, pero la mayoría de las veces, lejos de cuestionar los mecanismos de cómo los hombres miran y desean, se asemeja más a la mirada de un onanista. Esto es una constante y un laberinto del cual el director no logra salir, acaso por su consabida pretensión de seriedad.
Parthenope lleva su vida con plenitud y vitalidad. Estudia Antropología y es brillante. Allí conoce a un extraño profesor (Silvio Orlando) con el cual conectará más allá de su pose de intratable. Devora libros, entre ellos los de John Cheever, a quien encontrará más tarde en Capri. El escritor está interpretado por Gary Oldman en una grotesca performance. Cheever y su depresión, producto de la adicción al alcohol, es un espejo en el que Parthenope ve su lado sombrío dado que su existencia también está atravesada por un dejo de melancolía primigenia, la misma melancolía que Sorrentino se dedica a subrayar con sus reposados movimientos de cámara para absorber la magnitud paradisiaca de la ciudad que ama. Un incidente en la isla y la muerte de su hermano, luego de una secuencia similar a un rito orgiástico, refuerzan ese sentido de haber perdido algo incluso antes de poseerlo, una sensación que se desparrama por todos los personajes.
La historia avanza con el intento de contar la vida de una mujer, de cómo se esfuerza por ser libre en un sistema patriarcal y por liberarse de la culpa que le genera el suicidio de su hermano. Pero esto aparece relegado gracias al esfuerzo de Sorrentino por restregar desmesura. Cada encuadre destila un aire de importancia y esto resiente una narrativa siempre empantanada por un ejercicio de estética inflada permanentemente. La paradoja es que la pretensión de establecer un culto al hedonismo se desvía hacia un aburrido movimiento mecánico de una mirada más cercana al voyeur que al que busca la belleza, aunque sea como falso profeta. Tal vez la secuencia final, con la aparición de la gran Stefania Sandrelli, nos devuelva a lo más legítimo que tiene Sorrentino, el sentido de pertenencia a Nápoles, a su gente y a la voluntad por convertir a la ciudad en una patria artística.
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