Título original: Longlegs
Origen: EE.UU. / Canadá
Dirección: Osgood Perkins
Guión: Osgood Perkins
Intérpretes: Maika Monroe, Nicolas Cage, Blair Underwood, Alicia Witt, Michelle Choi-Leem, Dakota Daulby, Lauren Acala, Kiernan Shipka, Maila Hosie, Jason William Day, Lisa Chandler
Fotografía: Andres Arochi
Montaje: Graham Fortin, Greg Ng
Música: Elvis Perkins
Duración: 101 minutos
Año: 2024
6 puntos
UN MONSTRUO PRESCINDIBLE
Por Marcos Ojea
Vivimos en una época que necesita encumbrar nuevos ídolos lo más rápido posible. No hay tiempo para saber si tal es realmente un genio, o si sólo tuvo suerte y pegó un hit. Ya está, es lo mejor que nos pasó en la vida. En el cine, y en particular en el cine de terror, pasa lo mismo: cada cierto tiempo aparece “la experiencia más aterradora de la década”, el nuevo clásico de culto que sacude al género y nos mantiene al borde del asiento. Ahora es el turno de Longlegs, la nueva película de Osgood Perkins, precedida por un hype tan desbordado que sólo podía vaticinar lo peor. La crítica, para colmo, se polarizó: sin encontrar un lugar intermedio, se expresaron exaltados a favor (¡una obra maestra!), o indignados en contra (¡puro humo!, y otras calificaciones que evitaremos reproducir aquí). Para este redactor, que de todos los idiomas disponibles eligió hablar con la verdad, la película habita ese espacio entre dos extremos, sin ser ni una cosa ni la otra. Algunos me tildarán de tibio. Otros, los más lúcidos, de justo.
La pose fanfarrona y tira postas es un chiste, relájense. Ustedes se toman todo literal.
Ahora bien, Longlegs. En el centro del asunto, como cualquiera ya sabe, está Nicolas Cage. El gran Nicolas Cage, que pasó del prestigio a la ruina y otra vez a la consideración, pero esta vez en clave bizarra. De alguna manera supo conjugar esas dos facetas, y hoy es un actor valorado del que se esperan cosas extremas. El, un tipo entrenado (y quizás con cierta estabilidad económica, otra vez), elige proyectos que potencien su figura de genio loco. Luego tenemos a Osgood Perkins, el escritor y director, el hijo de Anthony Perkins, el compañero tímido de Elle Woods en Legalmente rubia, que viene intentando una carrera en el terror con un éxito dispar. El resultado de Perkins dirigiendo y Cage en el set, maquilladísimo, es el propio Longlegs, el personaje que da título a la película, un asesino en serie cuya imagen se mantuvo en secreto para generar expectativa.
Ustedes se preguntarán: ¿es Longlegs una película tan aterradora, capaz de quitarnos el sueño? Probablemente no, aunque consigue generar un clima que, al menos durante un rato, nos mantiene bastante incómodos. La estructura, más cercana al policial, con los obvios ecos a El silencio de los inocentes (y el David Fincher de Se7en: pecados capitales y Zodiaco), es la de una detective que parece ser la única capaz de encontrar al asesino. Toma lugar en la década del 90, y sigue los pasos de Lee Harker (Maika Monroe), una agente del FBI con aparentes poderes psíquicos. Esa cualidad llama la atención del agente Carter (Blair Underwood), quien le asigna el caso de Longlegs: un homicida que viene actuando de manera misteriosa desde hace 30 años, dejando tras de sí escenas que en principio no lo comprometen. Todas parecen perpetradas por el padre de familia, que mata a los suyos y después se suicida. Todas con una nota, escrita en código, y firmada por Longlegs.
Perkins, que como buen hijo de su padre luce algo psicótico, le imprime a la película una atmósfera pesada, oscura, que transforma un vecindario cualquiera en el posible escenario de una masacre. Tiene la habilidad para generar tensión desde la puesta en escena, como en los minutos que siguen a la visita del asesino a la casa de Lee. El plano deja el espacio suficiente detrás de la actriz como para que esperemos lo peor, un ataque, una aparición repentina, pero no sucede. Perkins maneja los recursos del terror, los conoce, y no oculta las influencias. Sabe administrar las apariciones de Longlegs, a quien siempre vemos de lejos, de costado, o muy rápido. El miedo no sólo se construye desde los propios hechos brutales, si no también desde un trasfondo de secretos y oscuridades familiares. Las conversaciones telefónicas que Lee mantiene con su madre son, cuanto menos, inquietantes, y de hecho todo en ella es un poco perturbador. Una mujer atravesada por el trauma, a la que Maika Monroe le pone el cuerpo con resultados notables.
Si Longlegs fuese un policial como aquellos de los que bebe, con todo el imaginario del psicópata norteamericano de fondo, quizás sería una película mejor. O, al menos, más decidida. A merced de la vuelta de tuerca (que tampoco es tal, porque se ve venir a kilómetros) que Perkins elige, queda en evidencia un hecho curioso: la figura de Longlegs funciona mejor como un concepto que como un villano de carne y hueso, finalmente revelado ante la cámara. Sabemos que con Nicolas Cage la ecuación es simple: o comprás o lo odiás. Pero la cuestión va más allá. Sin entrar en detalles, podemos decir que, a la luz de los acontecimientos, el asesino de rostro ceroso podría no estar y medio que daba lo mismo. El unipersonal de Cage es tan divertido como prescindible, un potencial generador de stickers de WhatsApp que termina por desentonar. Hay una búsqueda de esa ruptura, claro, porque Perkins es también un poco pretencioso. No entra en la auto celebración del terror elevado, pero tiene sus amagues oníricos, los encuadres raros, los planos tan artísticos como caprichosos. Durante un buen tramo hace las cosas bien, pero después quiere jugar a invocar al diablo y termina tambaleándose, dando vueltas a mitad de camino.
Longlegs queda lejos de la gloria pretendida, pero también lejos del desastre señalado.
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