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Godard, el rayo que no cesa

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocolant)

Alguien que anda por ahí lo dijo acertadamente: “sabíamos que el día iba a llegar”. Es una afirmación sencilla pero contundente acerca del inexorable paso de la muerte, aunque también guarda el sabor propio de una logia secreta. Godard está más allá de todo, Godard nos pertenece, Godard es el rayo que no cesa. Como Pasolini, como con la muerte de Pasolini, ahora es tiempo de valorarlo en su justa dimensión, de revisar su obra, siempre abierta, inabarcable. Godard se ha ido físicamente porque como en el cuento de Cortázar, Queremos tanto a Glenda, “no se baja vivo de una cruz”. La cruz de Godard fue el ostracismo y la comprobación de que la muerte del cine y la cárcel del lenguaje, tal como la habían predicho tantos, no era solo una cuestión de boutade. Queremos tanto a Godard, que todos queremos una parte de Godard. Así lo demuestra la infinidad de obituarios, frases y rechazos respetuosos. Godard, con la G, de gigante, para bien y para mal. Con su cine sucede lo mismo que con el fútbol. A veces, los godardistas van más allá del propio Godard. Los apologetas del cine norteamericano no le perdonan sus críticas a Spielberg, Tarantino, entre otros; los incondicionales justifican sus películas por sobre cualquier cosa que le pongan adelante o se detienen en sus ideas antes que en sus formas cinematográficas. Hay quienes preferirán recordar la corrida caricaturesca de Belmondo acribillado a balazos en la calle o frases al estilo de “la fotografía es verdad. Y el cine es una verdad 24 veces por segundo”, como verdades intachables. Mientras tanto, Jean Luc miraba, pensaba y escribía, porque siempre fue el rayo que no cesa. Analizar su obra (como Pasolini, como Borges) supone considerar un conjunto monstruoso de alrededor de doscientas películas, más escritos, declaraciones, pensamientos en voz alta, diálogos y conferencias. Una cosa es citar de oídas, otra muy distinta es internarse en un campo que aún no ha sido agotado bajo ningún punto de vista. El mejor Godard está por venir. Porque palabra e imagen pueden ser subvertidas en su cine, pero en su carrera guardan una holgada relación que justifican acabadamente las diversas etapas y dan cuenta de un movimiento continuo, de un corrimiento constante allí donde otros buscan el centro. Godard se irá escabullendo, como en el desplante que le hace a la Varda en Visages Villages (2017). Nunca estuvo para pronunciados afectos, tampoco lo iba a estar a los 87 años. Acaso su vida fuera también un montaje de escenas de las cuales solo nos quedan esas fotos eternas sobre diversas apariciones públicas.

Pero sí hay un centro neurálgico desde donde partir: Histoire(s) du Cinéma (1988), el compendio gráfico y verbal de un pensamiento entre imágenes que nunca para, una sucesión de formas y de reflexiones que el mismo Godard venía construyendo desde los años sesenta y que materializó veinte y ocho años después, solo para seguir perpetuando la duda y la reflexión en voz alta porque el cine, un arte mediatizado por la tecnología desde su nacimiento, cambia constantemente y Godard lo previó. No solo se hizo cargo del acta de defunción de los Lumière (“un invento sin futuro”) sino que lo demostró en cada una de sus etapas, pero desde un lugar de absoluta productividad, enfrentando esa paradoja con la pasión de un niño inquieto y con la suficiente sensibilidad e inteligencia como para no desechar los materiales (el celuloide, el video, el digital y hasta el 3D). La muerte se combate con la vida, no hay otra forma.

Caso paradójico también el de Godard (como Pasolini, como Borges). Si se lee todo lo que ha dicho a lo largo de su vida, podrá constatarse que la repetición de ciertas ideas marca el andamiaje de un pensamiento que, más allá de la multiplicidad, guarda una coherencia fundada en pocas premisas. Sin embargo, (como con Borges y Pasolini) es uno de los artistas más sesgadamente citado para que se luzcan los enunciadores. Hay quienes no quieren escuchar sus resbaladas (humano, demasiado humano) y están quienes no quieren ver su relevancia en la historia del cine mundial porque les caen mal las declaraciones del viejito. Pero Godard es mucho más que eso. Incluso, un ser olvidado en las últimas décadas. Hay por allí un documental sobre su figura donde declara: “Ya no me hablan de mis películas, ni de mí, ni de nada. Solo Sócrates amó verdaderamente el diálogo, y le pidieron que se envenenara por ese motivo”. Si consideramos los modos en que se dialoga hoy, la reflexión puede sonar a otro presagio funesto del director. Por ello, el gran desafío del cine como arte es salir de su adormecimiento. Y no me refiero a su condición de espectáculo efectivo en tanto parte de una industria del entretenimiento que nunca dejará de existir, sino a despertar del letargo estético y repetitivo al que asistimos año tras año en la mayoría de los festivales, tendientes a replicar los mismos modos expresivos signados por una agenda que dicta un lugar de pertenencia. Es, en este sentido, que amo a Godard (como a Borges, como a Pasolini): un creador de imágenes y de palabras que se resisten a ser domesticadas, consideradas peligrosas por los poderes de turno y las regulaciones académicas. El montaje es la palabra clave, una liberación anárquica del pensamiento y de la imaginación, que nos interpela, nos invita, nos sacude, nos seduce, nos pelea y nos regala, además y sobre todo, escenas inolvidables. Gracias por tanto, Jean Luc.


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