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El satánico Dr. No (1962)



EL ÍCONO EN CONSTRUCCIÓN

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

Debo admitir que, en lo que se refiere a James Bond, soy claramente hijo de la era de Pierce Brosnan: hasta hace unos días, solo había visto de GoldenEye en adelante. Es decir, lo que asimilé desde mi experiencia como espectador es una filmografía donde el mito del personaje -con su espectacularidad y artificio a cuestas- ya estaba tan consolidado que hasta permitía una reversión más oscura, realista y cerebral, como la que ocurrió con la encarnación de Daniel Craig. De ahí que sea mi propósito aprovechar que ahora todas las películas del 007 están en Prime Video y hacer un repaso integral de la franquicia y sus diversos rostros.

Arranqué, lógicamente, con la primera entrega, El satánico Dr. No (que este año cumplirá sesenta años), y me encontré con algo bastante distinto a mis expectativas. Si bien podía esperar que, por las limitaciones técnicas y económicas de la época, no iba a ver un film repleto de acción y toda clase de locaciones exóticas, grande fue mi sorpresa al encontrarme con un thriller de espías ligero, chispeante, con unos cuantos toques de comedia, pero también contenido y con una narración que se toma su tiempo para delinear su conflicto. Y que tiene a un Sean Connery recién comenzando a apropiarse del papel, aunque en un proceso ciertamente rápido.

En El satánico Dr. No, la espectacularidad no es tan importante como la intriga: de hecho, se eligió adaptar esa novela de Ian Fleming (creador del personaje) porque transcurría primariamente en una única locación geográfica (casi todo el relato tiene lugar en Jamaica) y una sola secuencia de alto impacto, lo que permitía abaratar costos. De ahí que casi todo en la película sea a partir de economía de recursos, a tal punto que el villano del título -interpretado por un sobrio y preciso Joseph Wiseman- aparece recién en la última media hora. Allí es donde deja en claro su plan de interferencia y manipulación del programa espacial estadounidense, pero también su pertenencia a esa misteriosa organización llamada SPECTRE. De paso, el film, en ese gesto argumental, constituye un antecedente potente de cómo revelar los pasos a futuro de lo que todavía era una franquicia en construcción.

Sin embargo, en esa economía de recursos, en ese mostrar todas las cartas recién sobre el final, el film de Terence Young (que luego dirigiría otras dos entregas de Bond) lograba construir suspenso -sustentado en pasajes puntuales de una violencia considerable para la época- y desplegar algunos hallazgos visuales que irían tendiendo a lo icónico. No solo el notable trabajo con la escenografía en la guarida del Dr. No, sino también la belleza despampanante de Ursula Andress (la primera chica Bond) y el carisma creciente del Bond de Connery, al cual terminaba de consolidar en la última escena -cargada de sensualidad y sexualidad- de la película. Eso y la inolvidable banda sonora, que se convirtió en un clásico instantáneo. El mito se iría consolidando en los films siguientes, aunque en El satánico Dr. No ya dejaba ver buena parte de sus rasgos más relevantes, aunque disimulados dentro de una estructura mucho más compacta y fiel al material literario original. Con el correr de las películas, Bond se transformaría en un personaje cinematográfico más grande que la vida, que trascendería la mera adaptación de las novelas. Pero en su primera aventura, el espía ya nos mostraba que podía ser un subgénero por sí mismo.


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