Por Mex Faliero
Una confesión: hasta Jerry Maguire, Tom Cruise me caía mal. Muy mal. Sí, ese mismo Tom Cruise que ahora adoro en cada locura fílmica en la que se aventura. Tal vez la reversión de esa imagen de galancito insoportable comenzó unos meses antes cuando vi la primera Misión: Imposible, aunque todavía allí no lograba descubrir lo que comencé a apreciar con aquella comedia romántica de Cameron Crowe en la que empezó a edificar un estatus de estrella a la vieja usanza. Digamos que ese es un año clave para Cruise, 1996, ya que el rol de productor lo puso en otro lugar. Cruise no volvería a aparecer en pantalla hasta 1999, cuando protagonizaría dos de las películas más renombradas de aquel año: el canto del cisne de Stanley Kubrick, Ojos bien cerrados, y el desaforado cuento de hadas urbano de Paul Thomas Anderson, Magnolia. Cruise, en su búsqueda de prestigio, jugaba a dos puntas: uno de los directores más consagrados de la historia del cine y otro que comenzaba a hacer historia, una de las voces jóvenes más destacadas del nuevo nuevo Hollywood. Fue el quiebre definitivo para su carrera, porque un año después con la fallida Misión: Imposible 2 finalmente se lanzaría en una cruzada personal, la de ser un héroe de acción más grande que la vida misma. En eso convirtió a Misión: Imposible y en eso a su protagonista, Ethan Hunt. La búsqueda de prestigio le duró unos años más, con las fallidas (y aburridas) Vanilla Sky y Leones por corderos, pero Cruise fue abandonando casi por completo los films dramáticos y potencialmente premiables para convertir su carrera en una montaña rusa llena de emociones. Y ahí es cuando la locura evidente en sus personajes de Magnolia o su muy divertida intervención en Tropic Thunder estalló por los aires a partir de la cuarta parte de Misión: Imposible, una película pura adrenalina que marcó el camino. Cruise es hoy no solo un sello como actor (con los años ganó un aplomo puramente clásico), sino además como productor, ya que son esas películas en las que pone la plata y se saca todas las ganas, las que nos conectan de una forma sensorial con su cine. La prueba definitiva de esto la vimos hace unos días con Top Gun: Maverick, película que no solo le pasa el trapo a la original Top Gun de 1986, sino que vuelve a demostrar el atractivo concepto del cine que Cruise pone en marcha como creador: un cine depurado de tecnología, donde lo físico y los cuerpos vuelven a ganar protagonismo, donde los actores se someten a proezas como aquellas de los actores de los orígenes del cine. En un plano que emula a uno de una película de Buster Keaton, Tom Cruise se rompió la pata rodando Misión: Imposible. Eso es entregarse por el cine y por el placer de darle al espectador aquello que necesita para exorcizar la mediocridad cotidiana. Lo que las estrellas de cine de antes representaban para el ciudadano de a pie como uno, y que Cruise sostiene como único integrante de una realeza hollywoodense casi extinta.
Si disfrutás los contenidos de Funcinema, nos gustaría tu colaboración con un Cafecito para sostener este espacio de periodismo independiente:

