Por Mex Faliero
Es como un círculo vicioso. Regularmente se estrena algo de Marvel y regularmente se leen y escuchan los mismos llantos: “Que no puede ser, que para entender estas películas tenés que haber visto las 48 que hicieron antes, y ahora también las series”. Esto pasa, más aún, desde que Martin Scorsese se metió en el debate (de paso, es un debate de esos que es inútil dar porque los fans de este tipo de cosas suelen ser bastante insoportables… y un poquitín brutos) y ofreció el marco teórico para la queja. Sí, los conflictos en las películas de Marvel no se originan en la misma película ni se resuelven en el final, sino que la cosa sigue como un enorme serial que ya lleva 15 años y que no muestra todavía signos de agotamiento. ¿Lo tenemos que justificar? No necesariamente, pero la queja a esta altura, después de la película chiquicienta, parece un poco un capricho de cinéfilos inflados los genitales -tal vez con justa razón- por lo invasivas que son estas producciones, tomando todo el cine y dejando poco para los demás. De hecho ese es un debate posible. También, por qué no, analizar de qué forma la necesidad de hilvanar película tras película como si fuera una gran historia general, termina volviendo cada a película un poco intrascendente, irrelevante o accesoria. ¿Pero acaso no son eso las secuelas? A nadie le molestó El padrino 3 (perdón, era una boutade que quería permitirme). En las películas de Marvel hay algo prepotente, claro que sí, pero también algo fascinante: un entramado ambicioso de historias y personajes, que incluso están atravesando una renovación. Una transcripción del universo de los cómics al cine en todo sentido. Hay algo del orden del paso del tiempo, también de pensar cómo estas películas crecen con su público o si lo abandonan para sumar públicos nuevos. También puede que esto no le importe a nadie o que haya quien piense que no tiene nada que ver con el cine. Todo es válido, salvo hacer berrinches porque las películas están conectadas, porque el fuego quema y el agua moja.
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