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24 líneas por segundo: de curvas y chocotortas

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Por estos días estuvo bastante de moda pegarle a Corazón loco, la horripilante película de Marcos Carnevale con Adrián Suar. Sí, es todo lo mala que nos podemos imaginar conociendo la filmografía de ambos, pero incluso va un poco más allá en el camino del espanto. En todo caso habría que felicitarlos a los dos por ese espíritu de superación: “Siempre se puede ser peor”, sería la moraleja. Las reseñas obviamente hicieron mención al machismo y a la mirada sobre la mujer, en una suerte de maratón del crítico deconstruido para ver quién acumulaba la mayor cantidad de conceptos aplicables a la agenda actual. No me avisaron, pero en algún lado deben haber entregado las medallas. No deja de ser curioso el empeño por castigar esta película, sobre todo de un sector de la crítica que había visto con amabilidad otros espantos conservadores como Corazón de León, Dos más dos o Igualita a mí. Y si no las trataron con amabilidad, al menos se aseguraron de no ser lo suficientemente ofensivos. Secreto profesional: a veces tirar conceptos negativos pero poner una calificación con 6 es algo que hacemos los críticos cuando no queremos generar enojos. Tal vez, se me ocurre, que la película se haya estrenado en Netflix y no en el cine, con lo que no hay riesgo de que el INCAA pierda uno de los pocos buenos fines de semana de taquilla para el cine nacional, permitió cierta libertad para pegarle. Pero es una especulación. Ahora bien, de Corazón loco podemos decir muchas cosas, pero no que no sea honesta. Como dije antes, nadie que haya visto una película de Carnevale o Suar se puede sorprender con lo que han hecho. Colgarse la medalla de crítico progresista por “pegarle” a Corazón loco, la verdad, es un gesto carente de riesgo. Posiblemente sume “me gusta” en el Facebook, uno pueda elaborar alguna crítica agresiva y canchera (sí, son fáciles de escribir querido Anton Ego) pero poco más, no es valiente. En lo concreto resultaría más interesante detenerse en la defensa bastante extendida que ha tenido una película como Crímenes de familia, de Sebastián Schindel, para descubrir de qué manera buena parte de la crítica argentina se come algunas curvas progresistas cuando la película va rodeada de cierto prestigio. Encima Crímenes de familia te encuadra en el medio del plano un pañuelo verde abortista como para que nadie se confunda, mientras te construye estereotipos tan anticuados como los de la película de Carnevale. La señora paqueta que toma el té y come cheesecake con amigas, pero que cuando cumple años su nieto medio pobre le prepara una chocotorta. Porque los ricos solo comen cheesecake y los pobres solo chocotorta, como si en el café más cheto no te fajaran con el precio de una porción mínima de chocotorta. O la señora paqueta, que cuando se da cuenta más o menos lo que le pasó deja de andar en auto y se toma el bondi, que como todos sabemos es el medio de transporte de los pobres… y de los buenos. Faltó la escena de Cecilia Roth yendo a comprar la SUBE. Sin mencionar a la señora que se convierte en sorora después de haber escondido una pericia clave y cagado a su ex nuera. ¡Vaya gesto el que tiene! Y la pobre sirvienta de la que no tenemos más noticias una vez que le libera el cargo de conciencia a la señora y ya no sirve para la ficción que tenemos entre manos. Obviamente Schindel es un director con pericia y lo suyo está filmado con criterio, no así lo de Carnevale que es una afrenta al cine. Lo que no quita que ambas sean cuestionables en sus dibujos sociales. Aunque claro, la búsqueda de prestigio y la prepotencia discursiva de Crímenes de familia es un buen disfraz. Si nos atenemos a las críticas mayormente favorables que recibió la película, es indudable que esconder la mugre bajo la alfombra sirve. Al final tenía razón el personaje de Roth. ¡Marche una chocotorta por ahí!

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