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Perry Mason – Temporada 1

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Cuando se conoció que HBO se iba a unir con la compañía de Robert Downey Jr. para una reversión de Perry Mason, la duda que surgió era para qué y de qué forma releer la legendaria serie emitida entre los cincuenta y sesenta. La respuesta es múltiple y no deja de tener sus aspectos llamativos y atractivos. En primer lugar, para repensar el cine negro y con él la década del treinta, esa marcada por los años de La Gran Depresión y los traumas dejados por la Primera Guerra Mundial que ya anticipaban los que iban a venir con la Segunda Guerra Mundial. Eso explica el tono particularmente amargo, oscuro y desencantado de gran parte de la temporada, de la mano de un trabajo magnífico en los rubros técnicos, que alcanza incluso a la forma en que se estructuran los créditos del inicio y final de cada episodio. Allí también es clave la puesta en escena del director Tim Van Patten (que dirige los tres primeros capítulos y los dos últimos), que a esta altura ya es un especialista en reescribir y redimensionar épocas y géneros: hay una búsqueda de equilibrio constante entre el distanciamiento y la cercanía con los dilemas que afrontan los personajes. Desde ahí, surge la segunda razón: procurar mirar -y sin por eso juzgar- desde el presente a un momento histórico donde la ley, el crimen, la seguridad, la religión, la familia y lo racial se concebían con otras ópticas. Allí es donde a la serie le cuesta más hacer equilibrio, cayendo en algunas remarcaciones innecesarias, aunque lo compense con un dejo de humor irónico en distintos pasajes. Y de ahí saltamos a la tercera, que es el objetivo de fondo: explorar los orígenes del protagonista, cómo emprendió el rumbo que lo llevó de ser un veterano de guerra trabajando como investigador privado al servicio del mejor postor, al brillante e idealista abogado defensor de inocentes. El Perry Mason que encarna Matthew Rhys es un ser repleto de imperfecciones -enojado con el mundo, alcohólico ocasional, padre ausente, timador fracasado, aferrado a una casa familiar sin valor- que encuentra una chance de redención a partir de la investigación del horroroso caso de un secuestro que termina con un bebé muerto. Y desde ahí emprende un camino de aprendizaje cuasi forzado, moviéndose como puede -y ligando toda clase de golpizas- entre policías corruptos, empresarios con negocios ocultos y una congregación religiosa con demasiados puntos oscuros. Lo puede llevar a cabo porque su figura no deja de representar las luchas internas de ese americano medio que muchas veces siente que ya no hay esperanzas, pero aun así busca la luz al final del final, afirmándose principalmente en parámetros morales. El cuento que narra la primera temporada de Perry Mason es uno de recuperación -moderada, no completa, porque la amargura y la oscuridad siguen jugando roles decisivos- de la inocencia, de la necesidad de creer, para así recuperar (o delinear) la identidad. Por eso los últimos episodios abrazan buena parte de las tensiones del thriller legal y algo de la épica de los alegatos de los abogados televisivos y cinematográficos frente al jurado de ocasión. Al fin y al cabo, son la ley y la justicia los puntos de anclaje y los marcos de referencia que buscaban la serie y su protagonista, lo que explica que el cierre deje todo abierto para un nuevo caso en la segunda temporada.

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