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Tucker: un hombre y su sueño (1988)



CONTRA LO IMPOSIBLE

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

En Contra lo imposible, el director James Mangold contó la historia de una épica norteamericana que escondía en su interior una derrota: la del constructor de autos Carroll Shelby y el piloto Ken Miles, quienes aportaban todo su profesionalismo para un triunfo que finalmente les era negado. Su lucha contra las decisiones de la empresa Ford era una demostración de los límites entre los que se manejan las libertades en el marco de las grandes corporaciones norteamericanas. Shelby y Miles llevaban sus posibilidades más allá de lo posible, estiraban aquellos límites, pero terminaban siendo los partenaires de un negocio mucho mayor que, claramente, se los devoraba. “Bueno, vinieron a vender autos”, soltaba Miles mientras veía celebrar a don Ford y aceptaba amargamente su lugar en la historia. Contra lo imposible nos recuerda esos fracasos épicos, esas derrotas de gente noble contadas con las herramientas del cine clásico, lo cual las ennoblece aún más. Y Mangold invoca, desde su mirada, a otro fracaso noble de la historia real y del cine: el de Preston Tucker, que Francis Ford Coppola contó, con todo el fulgor del cine clásico bien aprendido, en Tucker: un hombre y su sueño, de 1988.

La diferencia entre las películas de Mangold y Coppola tal vez tenga que ver con su tiempo. Si Contra lo imposible deja un sabor amargo y expone el fracaso sin más, en una dosis tan realista y contemporánea, para Coppola en los 80’s había un imaginario del cine clásico que permitía cierto nivel de fantasía. O tal vez se apoyaba en el espíritu de Frank Capra para pensar desde el optimismo las formas de rebelión a un sistema corporativo opresor: de hecho convocó para el guión a Arnold Schulman, que había trabajado con Capra en A hole in the head. La historia de Preston Tucker es una historia típica de los tiempos del american way of life: un hombre, Preston, con una idea y su deseo de llevarla a cabo contra todo, pero también un país que daba la idea de hacer posible ese sueño. En esta historia se imbrica también el futurismo, porque Tucker quería construir un auto realmente innovador, con múltiples diferencias técnicas respecto de los vehículos que se construían hasta ese entonces. Y otra similitud con Contra lo imposible: los automóviles, las grandes corporaciones constructoras, emblemas de un país industrial, moderno y en constante progreso. Lo que cuentan Mangold y Coppola, en definitiva, es el detrás de escena de ese sueño americano. El Tucker de Jeff Bridges (estupendo, vivaz, en plan James Stewart) es un optimista irredimible, alguien con la energía de un viento capaz de llevarse por encima a todos los que lo rodean. Es ese tipo de energía contagiosa, incapaz incluso de observar los escollos que hay que sortear. Tal vez para alertar sobre los problemas está el Abe de Martin Landau, el contador encargado de conseguir inversores, un personaje hermoso y emotivo, de una nobleza fundamental y también conciencia de sus propios pecados.

Si bien hacía tiempo que Coppola venía merodeando la historia de Tucker, la falta de inversores para el proyecto (en un comienzo pensó en hacerlo musical) lo demoró y recién en los 80’s, y con la insistencia de George Lucas, lo llevó a cabo. No es algo inocente: Coppola venía de una serie de fracasos y la quiebra de su compañía Zoetrope Studios indicaba que era el momento ideal para contar el fracaso de Tucker. Hay en Tucker: un hombre y su sueño una mirada para nada ingenua sobre una Norteamérica del pasado traicionada por una modernidad donde el dinero se impone a la nobleza. Y esa Norteamérica era, para los ojos del director, Hollywood mismo. Si en los 70’s Coppola había renovado Hollywood junto a un grupo de directores que demostraron conocimiento del cine clásico y supieron cómo enseñarlo a las nuevas generaciones, los 80’s ya habían agotado el recurso y Hollywood había cambiado el rumbo definitivamente. La obsesión de Tucker por ese auto es la misma de Coppola por un tipo de cine de enorme presupuesto e incapacidad de recuperarlo en la taquilla (su última gran apuesta fue su Drácula). Ese romanticismo al que elude el director y que se refuerza en el monólogo final de Tucker, cuando apela al sentido común de los norteamericanos como forma de seguir vivo y de creer en un sistema de valores ya, en los 80’s, destruido (aunque contaba una historia de los 40’s). Desde ese lugar es que Tucker: un hombre y su sueño se convierte en una película mucho más icónica de lo que parece, y encuentra en su uso de la luz y en la mirada sobre el pasado mucho del Spielberg posterior al 2000, tal vez el último narrador clásico de grandes espectáculos que le queda al cine norteamericano. Hay fracasos que son hermosos y el de Tucker y esta película también lo son.

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