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Greta Gerwig, las directoras en los Oscars y el feminismo impostado

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Se anunciaron las nominaciones a los Premios Oscar y, como cada año, se pueden sacar unas cuantas conclusiones arbitrarias. Por ejemplo, que indudablemente El irlandés la tiene difícil, siendo que Robert De Niro ni siquiera fue nominado, Al Pacino y Joe Pesci corren de atrás a Brad Pitt y la película viene siendo sistemáticamente relegada en los galardones que se entregaron hasta ahora. O que se insinúa que este quizás sea por fin el año de Quentin Tarantino de la mano de Había una vez en…Hollywood, que igual tiene adversarios de peso en 1917 e incluso Parasite. Asimismo, que las categorías actorales demostraron ser muy crueles a partir del congestionamiento: De Niro, Jennifer Lopez, Matt Damon, Christian Bale y Eddie Murphy –por nombrar algunos- quizás merecían haber sido ternados.

Pero prefiero detenerme particularmente en la catarata de protestas por el hecho de que en la categoría de dirección solo quedaron nominados hombres. Lo cierto es que, aun teniendo reservas particulares, se conformó una terna bastante sólida y hasta lógica en su composición: Quentin Tarantino, Martin Scorsese, Sam Mendes, Bong Joon-ho y Todd Phillips son todos cineastas con trayectorias relevantes y que entregaron films que –a favor o en contra- sacudieron el espectro cinematográfico o conectaron desde distintos ángulos con vetas usualmente importantes para la Academia. Y cuando se hablaba de la chance de que fuera nominada una mujer, la única que aparecía con chances era Greta Gerwig, por Mujercitas. ¿Su labor superaba o igualaba la calidad de los trabajos de los nombres previamente mencionados? Esa es la pregunta principal que había que hacerse, pero en los argumentos que se esgrimieron pareció pesar mucho más su condición de mujer, como si eso ya fuera más que suficiente para merecer una nominación. Esa indignación selectiva –y suficientemente ruidosa- acalló los debates sobre otras ausencias, como las de Noah Baumbach (que por cierto, en Historia de un matrimonio pone en juego la perspectiva femenina en la pareja), Taika Waititi o incluso James Mangold. Ni hablar de Clint Eastwood, completamente ignorado a pesar de entregar una obra magistral como El caso de Richard Jewell.

Este reclamo por una especie de “cupo femenino” eventualmente va a tener resultado, del mismo modo que lo tuvieron los requisitos de una “diversidad” que han llevado a que de vez en cuando la Academia les dé un par de nominaciones o premios a los negros o latinos. Al fin y al cabo, la comunidad Hollywoodense es sumamente culposa, al menos de la boca para afuera. No sería de extrañar entonces que en algún momento se invente la categoría de “mejor directora”, que muy posiblemente tenga derivaciones contradictorias: posiblemente visibilice –muy brevemente en una ceremonia fácilmente olvidable- la labor de algunas realizadoras, pero al mismo tiempo mantendrá a las mujeres en un lugar aparte y aislado, sin verdadera incidencia, pero tranquilizador.

Es que no solo llama la atención –y hasta cansa- la arbitrariedad del reclamo por una nominación a una realizadora, sino también su ingenuidad y superficialidad. Es hasta infantil esa necesidad casi imperiosa de la palmadita en la espalda de una institución cada vez menos representativa como es la Academia de Hollywood, y de unos premios que cada vez importan menos como son los Oscars. Seamos sinceros: ¿han tenido efectos positivos los premios para Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu, Guillermo del Toro, Denzel Washington o Halle Berry? ¿O la nominación para Pantera Negra? ¿Hemos visto crecer la diversidad a partir de esos reconocimientos? ¿Ha cambiado realmente la ecuación por la que los blancos son los que casi siempre tienen la sartén por el mango? Si somos mínimamente honestos, la respuesta obvia es que no. Entonces, ¿qué podría cambiar a partir de una (nueva) nominación para Gerwig? Más aún si tenemos en cuenta que hace ya más de una década que Katryn Bigelow se llevó el Oscar a la mejor dirección por Vivir al límite -¿se acordarán de eso en algunos sectores feministas?-…y acá estamos.

Ricky Gervais se ha ocupado numerosas veces de decir que los Globos de Oro no les importan a nadie, más allá de los ganadores y algunos diminutos grupos más que se mueven en una burbuja aislada del resto del mundo. El mismo razonamiento se puede aplicar para los Oscars, esa competencia a veces apasionante –como este año- y siempre efímera. Pero bueno, el feminismo del ambiente artístico sigue ocupado en eso: en lo efímero. Mientras tanto, el machismo –el verdadero, ese que opera subterráneamente, en la cotidianeidad y en la toma de decisiones- sigue vivito y coleando.

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