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Recapitulación de Better call Saul: Sunk costs

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

Atención: hay spoilers.

No es que uno desee que Better call Saul se parezca a Breaking bad (uno sabe y ya tiene asimilado que se trata de dos cosas diferentes), pero Sunk costs -el capítulo de esta semana- respiró un aire tan parecido al de la serie de la metanfetamina que como que nos sentimos en un lugar mucho más confiable. Todos sabemos que el viaje de la serie será el que lleve de Jimmy McGill hasta Saul Goodman, por lo tanto ese destino aún poco claro en el horizonte irá tomando progresivamente la arteria de aquel excitante policial árido. La subtrama de Mike, que esta semana ya avanzó en un trato con Gus Fring, tiene todos los guiños hacia Breaking bad. Uno siente, incluso, que la serie toma un nuevo impulso y que recupera ese brillo narrativo que convierte a cada capítulo en un suspiro.

En Sunk costs atravesamos las consecuencias de los actos que Mike y Jimmy protagonizan: por ahora, dos caminos paralelos que en algún momento se cruzarán. Lo de Jimmy es complejo, enfrentando una causa penal y espiando en los resquicios de un sistema legal entre absurdo y asfixiante: hay un diálogo memorable entre el menor de los McGill y un colega, en los pasillos tribunalicios y mientras cada uno almuerza en una utilización simbólica y divertida de la comida. Es uno de esos diálogos donde descubrimos la genialidad y la malicia de los diálogos de Vince Gilligan. La disputa de Jimmy con su hermano Chuck ya está definida, y la misma parece que irá encontrando un camino por la vía de la trama judicial. Precisamente el título del capítulo hace mención a aquello que Jimmy y Kim están dispuestos a poner en juego con tal de zafar de la situación incómoda en la que el letrado ingresó: perder la matrícula de abogado o confesar un crimen. El callejón sin salida es total… aunque siempre hay un hueco en el sistema jurídico.

Volviendo a Mike, el obsesivo comportamiento de los primeros dos capítulos lo llevaron al lugar que deseaba: un cara a cara con Gus Fring, para negociar cierta tranquilidad a cambio de seguir arruinándole el negocio al enemigo de ambos, Héctor Salamanca. Otra vez brilla en ese aspecto el trabajo formal de la serie, con una variedad de encuadres memorables que remedan el espíritu del western, un uso de las luces y las sombras increíble y un respeto absoluto por el espectador que disfruta de los tiempos muertos virtuosos con los que se narra esta serie.

Por cierto no fue un capítulo de grandes revelaciones, más bien fue uno de acomodar las fichas que ya se jugaron y disponerlas en el tablero para ir viendo con claridad de qué manera las partes se posicionan. Lo que sí está claro, es que la tercera temporada de Better call Saul, con sus ritmos y tiempos propios, está avanzando a una velocidad mayor. Y es muy disfrutable.

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