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Vivir de noche

Título original: Live by Night
Origen: EE.UU.
Dirección: Ben Affleck
Guión: Ben Affleck, basado en la novela de Dennis Lehane
Intérpretes: Ben Affleck, Elle Fanning, Remo Girone, Brendan Gleeson, Robert Glenister, Matthew Maher, Chris Messina, Sienna Miller, Zoe Saldana, Chris Cooper, Titus Welliver, Max Casella, Christian Clemenson
Fotografía: Robert Richardson
Montaje: William Goldenberg
Música: Harry Gregson-Williams
Duración: 129 minutos
Año: 2016


4 puntos


SUPERFICIAL MORALIDAD

Por Rodrigo Seijas

(@funcinemamdq)

Si había algo que no se podía decir del cine de Ben Affleck como director era que dejaba indiferente: tanto Desapareció una noche como Atracción peligrosa y Argo son películas que, aún con sus desniveles e imperfecciones, son vitales y cautivantes, despliegues de energía a todo nivel, con un montón de ideas estéticas, narrativas y hasta políticas. Son también películas que necesitan de espectadores activos e involucrados, con los que entablan diálogos permanentes y productivos. Por eso llama la atención que, luego de años de gestación, Affleck termine entregando un film tan inocuo y vacuo como Vivir de noche, que no parece tener nada para ofrecer más allá de su superficie lustrosa.

Y eso que había una historia (basada en una novela de Dennis Lehane) que prometía bastante, porque el viaje -literal, pero también psicológico y social- que emprende el protagonista, Joe Coughlin (un Affleck sin la potencia necesaria para generar empatía), es cuando menos particular: hijo de un policía, vuelve desencantado de su experiencia como combatiente durante la Primera Guerra Mundial y emprende una carrera como criminal que lo llevará a enfrentarse con el jefe de la mafia irlandesa de Boston, para luego trasladarse a Florida y terminar trabajando a las órdenes del jefe de la mafia italiana, supervisando el contrabando de alcohol durante la Era de la Prohibición. En Vivir de noche pasa y hay de todo, como para completar una temporada entera de Boardwalk Empire: romances frustrados e interraciales, lazos de amistad puestos a prueba, policías corruptos pero honestos, chicas lindas, hombres violentos, choques entre gángsters, discursos religiosos y trágicos, tiroteos, persecuciones, explosiones y hasta el Ku Klux Klan.

Y también mucha voz en off de Coughlin explicando todo, porque pareciera que Affleck, a pesar de todo el despliegue audiovisual del film, no puede encontrar la forma de narrar a través de las imágenes y se dedica sólo a exponer, que no es lo mismo que contar. Pero no sólo eso: hay una multitud de diálogos y hasta monólogos dedicados a explicitar la tesis de la película referida a lo trágico de todo el asunto y los niveles de responsabilidad que atraviesan los distintos sucesos y acciones. De hecho, Coughlin es un personaje marcado por la culpa, lo cual le termina quitando todo atractivo y credibilidad: el problema no es la culpa en sí, sino el hecho de que es un poco inexplicable que el personaje haga todo tipo de actos bastante terribles pero siempre con una dosis culposa y explicándose a través del contexto, incurriendo en un nivel de corrección política un tanto ridículo. Vivir de noche es un film que no sólo pierde la oportunidad de ir más allá y pensar y exponer la criminalidad que va de la mano de la amoralidad, sino que encima incurre en una discursividad para hablar de la culpa que se pretende trascendente pero que en unas cuantas ocasiones cae en un humor involuntario.

Hay en Vivir de noche unos cuantos planos y encuadres espléndidos, pero no hay personajes de carnadura que los habiten. Se nota que Affleck es capaz de encuadrar muy bien y que le saca el jugo a la notable fotografía de Robert Richardson, quien por algo ha trabajado a las órdenes de Martin Scorsese y Quentin Tarantino. Pero no se puede rescatar a un film por su fotografía u otros rubros técnicos. Vivir de noche es una película donde se notan demasiado el diseño y las costuras, que sólo acumula referencias genéricas y estéticas, sin llegar nunca a profundizar. Affleck aparece aquí regodeado en los recursos técnicos a su disposición pero perdiendo la capacidad para narrar y decir algo sobre el mundo mediante herramientas verdaderamente cinematográficas. De ahí que sólo quede una fuerte señal de alarma para un cineasta que todavía tiene el crédito abierto.

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