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La casa de las conejitas

bunny1Título original: The House Bunny
Origen: EE.UU.
Dirección: Fred Wolf
Guión: Karen McCullah, Kirsten Smith
Intérpretes: Anna Faris, Colin Hanks, Emma Stone, Kat Dennings, Hugh M. Hefner, Christopher McDonald, Beverly D’Angelo, Katharine McPhee, Rumer Willis, Kiely Williams, Dana Goodman, Kimberly Makkouk, Monet Mazur
Fotografía: Shelly Johnson
Montaje: Debra Chiate
Música: Waddy Wachtel
Duración: 97 minutos
Año: 2008


7 puntos


LAS CONEJAS SEAN UNIDAS

Por Mex Faliero

(@mexfaliero)

bunny2Es un tema recurrente por estas páginas, pero no viene mal repetir que en algún momento Adam Sandler era un personaje importante dentro del cine contemporáneo, especialmente por su militancia desde la comedia (igual, Adam, todavía tenemos esperanza de que vuelvas a la vida en algún momento). Pero Sandler era relevante no sólo a partir de su presencia en la pantalla, sino también como productor, y esta La casa de las conejitas es una demostración cabal de la energía que transmitía su esencia en aquellos años (la película es de 2008). Las comedias de Sandler, con él delante o detrás de cámaras, nunca fueron virtuosas formalmente, pero lo original de su estilo estaba dado por una asimilación de códigos y citas culturales a una velocidad infrecuente, también por la generación frenética de chistes, pero fundamentalmente por el cariño hacia personajes marginales y la centralidad que conseguían a partir de estos relatos. La Shelley de Anna Faris es un ejemplo hiperbólico de esa marginalidad sandleriana.

Shelley es una conejita de Playboy y habita la mansión de Hugh Hefner, lleva una vida plácida en un espacio que es mostrado por el director Fred Wolf (y especialmente por las guionistas Karen McCullah y Kirsten Smith, las mismas de Legalmente rubia) como una suerte de casa plástica de Barbie. Es un mundo superficial donde nada es demasiado profundo, con emociones básicas y con un hedonismo plantado en la frivolidad. Pero la maldad surge incluso en ese espacio, y así es como una colega le hace una treta que la obliga a abandonar la mansión. Shelley, entonces, vagará por ahí sin rumbo ni destino (no tiene familia: era una huérfana que terminó siendo conejita) y acabará asentándose en otro universo particular, donde la superficie y la sexualidad también son importantes: las fraternidades universitarias, pero una comandada por un grupo de perdedoras que están a punto de perder la casa donde residen si no consiguen 30 chicas que deseen vivir ahí.

El objetivo final de la película es previsible, pero lo divertido y lo original están en el viaje, en cómo ese destino se consigue en el medio desvíos y pliegues que le aportan mayor complejidad al asunto. Las chicas asimilarán los consejos de la conejita para ser más seductoras y dejar atrás el mote de perdedoras, a la vez que la conejita tendrá que reducir su vulgaridad para encajar en un mundo que no se mueve necesariamente por las reglas hormonales de la mansión de Hefner. Es muy atractivo el mapa de la sexualidad y los clichés genéricos que la película explota con osadía y hasta irreverencia, jugando constantemente con la idea que culturalmente se construye sobre lo que debe representar una mujer y un hombre, pero preferentemente las mujeres. Lo interesante en La casa de las conejitas es precisamente que esos descubrimientos que los personajes hacen no son gratuitos, y derriban las propias seguridades que cada una tiene sobre la forma en que las cosas deben ser. Esos aprendizajes no se logran a partir de actitudes cuestionables (como lo hacen los héroes de Campanella, digamos…), sino porque los personajes creen en eso que están haciendo pero también en que pueden equivocarse. Parece un detalle menor, pero la comedia no siempre lo logra con esta claridad. Al final, esa idea de ser uno mismo más allá del maquillaje ocasional con el que teñimos ciertas verdades se verbaliza demasiado. Es una secuencia un poco redundante y que no está a la altura de la alegría y diversión genuina que la película construyó hasta entonces. De todos modos, Faris está en su salsa y es desde su Shelley que incluso esos momentos se toleran sin problemas.

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