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Palestinos go home

palestinos1Título original: Idem
Origen: Argentina / Chile / Uruguay
Dirección: Silvia Maturana, Pablo Navarro Espejo
Guión: Silvia Maturana, Pablo Navarro Espejo
Fotografía: Omar Neri
Montaje: Omar Neri
Cámara: Omar Neri, Mónica Simoncini
Duración: 95 minutos
Año: 2016


4 puntos


TELEVISIÓN DISFRAZADA DE PANTALLA GRANDE

Por Guillermo Colantonio

(@guillermocola)

palestinos2Uno de los visibles problemas del documental en la Argentina de las últimas décadas es la cantidad de miradas uniformes y lineales en los mecanismos que eligen para desarrollar una temática, independientemente de la naturaleza de la misma. Da la sensación de que uno podría tranquilamente escoger fragmentos de diversas películas, empalmarlas y armaría una galería de escenas reiteradas sin ningún sobresalto. El otro inconveniente suele ser qué tipo de espectador se piensa. Hay un afán didáctico y, lo que es peor, un desinterés por problematizar cuestiones argumentativas de peso y de recursos en el trabajo con los archivos, materiales y documentos que eviten la caída en un pensamiento lineal y sin matices, más allá de los justos reclamos que se pregonan. En este sentido, la sala de cine parece quedar grande y son las señales televisivas financiadas por alicientes particulares los destinatarios más plausibles.

Palestinos go home (título extraído de una intolerante pancarta en repudio a la presencia de Arafat en su primera intervención en la ONU) no empieza de la mejor manera. En sus minutos iniciales apura su objetivo y expone su método con un registro enunciativo que mucho le debe al estilo de “programa especial” con preguntas en off y al tono didáctico de clase universitaria. Maia Gattás Vargas y Tilda Rabbi son las dos mujeres que llevarán a cabo un periplo por lugares de Latinoamérica, especialmente por Chile donde la comunidad es más grande, a fin de recoger testimonios de vida. Todos son atendibles, no obstante, el efecto de acumulación y la arbitrariedad en el montaje perjudican cualquier atisbo de fuerza en la película. El problema se hace visible, es cierto, pero nunca se discute sino que se da por sentada una versión con color de verdad absoluta. Dentro de las voces que se escuchan, uno como espectador puede diferenciar el grado de confiabilidad de los relatos (cuestión que a los directores no les preocupa demarcar). De este modo, las apreciaciones más estimulantes provienen de los jóvenes, capaces de analizar la situación desde un punto de vista más enriquecedor. Por ejemplo, se incluye la exposición de chicos que han viajado y filmado imágenes. Una de ellas nos muestra a una anciana con una llave de tamaño considerable que ha pertenecido a su casa y que conserva desde que expulsaron a su familia en 1948. Son momentos de valor e impacto, pero son muy pocos. Además, se oponen a la manipulación que ofrecen otras miradas y a la inclusión de un oportunista y estigmatizador como Luis D’Elía, un grano en el culo para cualquier gobierno democrático.

Hay otro pasaje donde se muestra la hilacha torpe desde el punto de vista discursivo. Un especialista consultado analiza las diferencias arquitectónicas entre palestinos e israelíes de forma tal que se note quiénes son los buenos y quiénes los malos. El tipo puede estar convencido de lo que dice y para quiénes está hablando, pero resulta tan burdo el análisis despectivo que a esta altura ya no hay posibilidad de sobrevivir a este tipo de planteos.

Una de las pocas apariciones que invitan a pensar es la de una periodista chilena de familia palestina que escribió un artículo criticando la idea de muchos medios chilenos cuando le piden “no importar el conflicto”. Lamentablemente es muy corta su intervención pero la idea invita a pensar. El conflicto político e histórico del que parte la película es muy delicado y requiere de mucha información para tomar posición. Por ende, uno se siente impedido de hacerlo responsablemente, más allá de lo que sabe. También es bueno que un problema se haga visible y en este sentido debe resaltarse la actitud militante de Tilda Rabbi para llevar a cabo el recorrido en busca de sus pares a partir de la bestial afirmación que tuvo que escuchar en migraciones en nuestro país de que “los palestinos no existen”. Ahora bien, el problema es la forma y la exposición uniforme de los directores que no lograron hacer justicia a ese reclamo con un punto de vista personal que no dependa exclusivamente de quienes hablan.

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