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El hijo de Saúl

saul1Título original: Saul fia
Origen: Hungría
Dirección: László Nemes
Guión: László Nemes, Clara Royer
Intérpretes: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Todd Charmont, Jerzy Walczak, Gergö Farkas, Balázs Farkas, Sándor Zsótér, Marcin Czarnik, Levente Orbán, Kamil Dobrowolski, Uwe Lauer, Christian Harting
Fotografía: Mátyás Erdély
Montaje: Matthieu Taponier
Música: László Melis
Duración: 107 minutos
Año: 2015


8 puntos


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Por Javier Luzi

(@elejavier)

saul2Saúl (gran composición de Géza Röhrig) es húngaro, está prisionero en el campo de concentración de Auschwitz y “trabaja” en las cámaras de gas “acompañando” a las víctimas a su destino final y seleccionando sus pertenencias. Es un sonderkommando (un judío que debe realizar ciertas tareas por las que obtiene privilegios de comida y ropa y, a la vez, una muerte fechada debido a lo que sabe). Forma parte de un grupo que organiza una revuelta para escapar pero cuando encuentra el cuerpo de un pequeño se obsesiona nombrándolo su hijo y queriendo darle sepultura cumpliendo el rito judío y buscando a un rabino para que lleve a cabo la ceremonia, por lo que olvida todo lo demás.

La representación del horror ha sido tema de profundo y complejo debate desde los  imprescindibles De la abyección de Jacques Rivette y El travelling de Kapo de Serge Daney hasta las discusiones que trajo aparejada la repercusión de films como La lista de Schindler o La vida es bella, sin dejar de tener en cuenta tanto las obras (con Shoah a la cabeza) como las reflexiones de Claude Lanzmann o de pensadores como Georges Didi-Huberman, Jean-Luc Nancy o Primo Levi. Entre otras cosas, la exposición melodramática de las imágenes siempre fue objetada y rechazada por su abyección y denunciado su uso tanto político como moralmente en detrimento de cualquier posición ética.

El director László Nemen en su ópera prima El hijo de Saúl comprende perfectamente lo que significa la conexión inseparable de forma y contenido. Mediante el formato 4:3 -casi cuadrado-, oprime al protagonista que está siempre en pantalla y posiciona la cámara permanentemente (salvo en la escena de las fosas) en su nuca (al mejor estilo de los Dardenne) lo que siempre funciona de alguna manera como una barrera que no nos permite ver todo lo que él sí está observando, siguiéndolo en largos planos secuencias que permiten dinamizar la acción, reconstruir el universo del campo y todo lo que sucede en un mismo momento y ofrecer la idea de tiempo real. A esto le suma el trabajo exhaustivo y meticuloso con la banda sonora (gritos, golpes, disparos, diversidad de idiomas en juego) y la mostración del segundo plano (no hay casi profundidad de campo) que siempre se ve desenfocado o fuera de foco evitando lo obsceno, aquello que no debería ser mostrado ni visto, y obligando al espectador a utilizar su imaginación, que no es más que una representación visual que a la vez está construida a través de las imágenes fotográficas, cinematográficas o televisivas o el mismo andamiaje escrito (literario ficcional o documental) que cada uno posea.

Saúl funge como una especie de Antígona que pretende hacer prevalecer la ley (religiosa) en un espacio y tiempo donde ha sido abolida por la fuerza cualquier legalidad instaurándose una razón otra. Pero a la vez esa intención que lo mueve lo lleva “azarosamente” por sitios a través del accionar de personas que lo rescatan, lo complican o lo ayudan, convirtiéndolo en una especie de guía para nosotros, los espectadores, que recorremos así algunos espacios del campo de concentración que nos hubiesen sido obliterados por la posición fija del protagonista (el lugar de la llegada de los trenes, el sitio de las mujeres, el río donde se arrojan las cenizas).

Es muy sutil la línea que separa lo causal de lo casual y hay en ese azar algo que puede ser discutido porque, más allá de la idea humanista y compasiva de que cualquiera puede estar en ese lugar, eso no es cierto y sólo es relevante para la dramatización ficcional, y además -y especialmente peligroso-, porque podría abrir la puerta a la duda, la ambigüedad y al cuestionamiento, siempre latentes, con respecto a la racionalidad de un plan sistemático que, ha sido definitivamente demostrado, fue pensado y aplicado a rajatabla. Claro que es un riesgo el que se corre (del que casi siempre se sale airoso) para atrapar la tensión dramática sin caer en golpes bajos ni efectismos ni satisfacción del morbo ni manipulación de la culpa. Y eso es algo a celebrar.

Por lo demás El hijo de Saúl es una novedosa y acertada manera de acercarse a un tema ya revisitado muchas veces (pero que nunca será suficiente), consiguiendo ser una película agobiante, angustiante y dura, pero de necesaria mirada.

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