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Recapitulación de The walking dead: No way out

Por Rodrigo Seijas

(@fancinemamdq)

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ATENCIÓN: SPOILERS

En el sitio Collider, se atrevieron a decir que éste fue el mejor episodio de The walking dead hasta el momento. Difícil decir si esto es efectivamente así, pero es sin lugar a dudas el más épico, el que mostró buena parte de las ambiciones temáticas y formales de la serie hasta el extremo.

No way out es de esos capítulos en los que por ahí no importa hacer un recorrido específico de cada suceso, sino quedarse con determinadas instancias que marcaron a fuego el relato. El arranque en la ruta, con el Sargento Ford, Sasha y Daryl enfrentados a ese grupo de motociclistas que se desempeñan bajo las órdenes de Neagan (quien todavía permanece como una atemorizante presencia en off) está estupendamente trabajado desde los mínimos –pero decisivos- movimientos de los personajes, los diálogos tan cortantes como incisivos y la utilización del fuera de campo, en pos de desviar la atención –y la tensión- hacia un lugar determinado, capturar por completo la atención y finalmente cambiar el foco de manera súbita y chocante, literalmente explosiva.

Lo que vendrá después será todo en esa Alexandria tomada por los zombies y evidencia –para bien y para mal- que la gran mayoría de los capítulos de la primera parte de la temporada estuvieron en función de estos últimos 42 minutos. Es como si la irrupción y asentamiento de ese afuera monstruoso terminara de liberar y definir por completo las tensiones, y en No way out la serie le hace caso al título del episodio: no queda otra, no hay salida, no hay manera de seguir postergando las decisiones claves, se entra en una espiral sin freno, definitivamente catárquica, y todo se va al demonio.

Por eso tanto Carol como Morgan deben enfrentar de una vez por todas sus propios fantasmas, los costos que deben pagar por sus posiciones éticas, y aún así seguir adelante; Enid llega a la conclusión de que ya no puede asumir más de su identidad y de los afectos humanos que la constituyen; la Dra. Denise naturaliza por fin su rol como médica del lugar (lo que incluye querer salvar al Lobo que la secuestró); y Rick volverá a convivir con su propia conformación de personaje trágico, contemplando sin poder hacer nada primero cómo Jessie y su hijo menor Sam son irremediablemente devorados por los zombies, y luego cómo Ron, al intentar matarlo, termina disparándole en el ojo a Carl. Toda esa secuencia no sólo es violenta e impactante, sino también casi onírica e irreal, con el montaje contribuyendo a un discurrir particular de lo espacio-temporal, fusionándose con el estatismo de Rick. No sólo Rick no puede hacer nada, tampoco puede hacerlo el espectador, ni siquiera dejar de mirar, como si la misma narración estuviera ordenándole que no mire para otro lado, que ese horror repentino y brutal no se puede eludir.

Todo va desembocando en esos últimos minutos alucinantes, de pura fisicidad y arrojo, con Rick volviendo a entrar en una de sus ya típicas crisis, mandando todo al carajo y saliendo a matar zombies porque sí, porque se pueden ir todos a la mierda. Lo sorprendente es cómo este tipo de gestos de Rick, que usualmente generan dudas y temores en quienes lo rodean, acá llevan a lo contrario, a que todos –Michonne, el Padre Gabriel (con su fe a cuestas) y luego todos los habitantes de Alexandria, en un verdadero bautismo de fuego- se digan a sí mismos, de distintas formas, “y bueno, vamos para adelante, ya no hay nada que perder”. Dan ganas por momentos de gritar “¡Sí!!! ¡Eso era lo que tenían que hacer!!!! ¡Para adelante!! ¡A matar zombies!!!»

En esta suma de actos inconscientes no deja de haber una conciencia de lo que está haciendo, lo cual aparece remarcado por Eugene (otro que por fin asume sus responsabilidades) cuando, justo antes de tomar el arma que le corresponde, dice “nadie puede escapar de esto. Y diablos, ésta es una historia que la gente va a contar”. Y sin embargo, el cinismo, la mirada distanciada nunca aparece, porque los personajes sólo se expresan a través de sus acciones, de los cuchillazos, espadazos, palazos, hachazos, tiros y finalmente misilazos, poniendo todo de sí, hablando con los cuerpos.

Hay un unirse como grupo a través de lo corporal, del ir de frente, del no quedarse afuera, de dejar de lado los temores –o imponerse a ellos- que es lo que finalmente construye esa épica de la que hablábamos en el primer párrafo. La épica implica ir por encima de las propias posibilidades, o de lo que uno cree que son sus posibilidades. Implica dejarse ir, tirar todo por la borda, avanzar con todo lo que uno tiene adentro, llevarse a sí mismo hasta límites desconocidos. En la épica hay emoción, hay humanidad, hay incluso poesía –en ese fuego inmenso creado por Daryl, que ilumina como un faro- y eso es lo que entrega No way out, magníficamente dirigido por Greg Nicotero y apoyándose en un espléndido trabajo en el montaje, el sonido y la banda sonora.

Justo cuando daba señales de agotamiento, The walking dead, en el comienzo de la segunda mitad de su temporada, patea el tablero, embiste y nos brinda un capítulo magnífico. Y sí, probablemente sea el mejor de la serie hasta el momento.

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