Por Rodrigo Seijas
ATENCIÓN: SPOILERS
Para entender este excelente arranque de temporada de Homeland, no viene mal tener en cuenta la brusca y a la vez fluida transición que hizo la serie de la tercera a la cuarta temporada, con una tendencia consolidada en este quinto año. La historia del Marine Nicolas Brody (Damian Lewis) y su enfermizo vínculo, repleto de idas y vueltas, de traiciones y lealtades con Carrie Mathison (Claire Danes), ya había sido lo suficientemente exprimida, y eso había quedado muy en evidencia en la primera mitad de la tercera temporada, donde la serie quedó girando en el vacío, sin encontrar un núcleo narrativo firme. La segunda mitad encontró un cierre que hasta podía darse como definitivo, de tono feliz –en el sentido de que se lograban determinados objetivos- pero también melancólico, tomando conciencia de lo que se había perdido en el camino. Sin embargo, la cuarta temporada, que parecía estar de más, encontró su razón de ser en su formato narrativo, reconvirtiéndose en una especie de procedural sobre los avatares de la CIA a nivel internacional, con Carrie como eje moral, una trama que se completó en trece capítulos y una mirada sobre la todopoderosa agencia de inteligencia absolutamente despiadada. Si las temporadas anteriores poseían una mirada definitivamente cínica sobre la política y la profesión de la inteligencia –por momentos retrataba a los protagonistas como una especie de conglomerado de sociópatas-, en la cuarta ya los ve encima como torpes, como eternos derrotados que están siempre un paso detrás de los terroristas y los poderes que los respaldan, y que incluso se resignan a su suerte, ayudando a los que supuestamente combaten en pos de conservar un orden que pronto se revela como ilusorio.
Lo que se ve en los dos primeros capítulos de la quinta temporada, Separation anxiety y The tradition of hospitality, es el comienzo de un arco narrativo similar al de El Padrino III. Y no sólo porque Carrie ha decidido, al igual que Michael Corleone, irse de la agencia que la ha definido como persona y profesional, pero empieza a ver que eso es imposible; sino porque la CIA empieza a demostrar que es un poco como la mafia, es decir, una institución que no te suelta nunca y donde los códigos de lealtad sólo están para violarse.
Carrie se ha ido a trabajar a Berlín a la Fundación During –una institución cimentada por una familia que busca lavar unos cuantos trapitos sucios del nazismo-, donde se desempeña como Jefa de Seguridad, buscando tomar distancia con la CIA, pero pronto las cosas empiezan a complicarse: la seguridad de la estación de la agencia en Berlín es penetrada por un hacker, exponiendo información sensible, donde queda en claro que los estadounidenses le están haciendo el trabajo sucio a los alemanes a la hora de combatir a las células terroristas; y al mismo tiempo el jefe de Carrie, Otto During (Sebastian Koch), planea una visita a un campo de refugiados en el Líbano que es evidentemente muy riesgosa. Y todo empieza a mezclarse vertiginosamente: Carrie necesita información de la CIA, pero nada es gratis, y su lealtad es puesta a duda en ambos bandos; los jueguitos políticos en la agencia rápidamente toman cariz oscurísimo, donde la Jefa de la Estación de Berlín (Miranda Otto), viendo peligrar su posición, no duda en empezar a serrucharle el piso a su jefe, que es nada más y nada menos que Saul (Mandy Patinkin); en el campo de refugiados la cosa se pone explosiva (literalmente), y Carrie se entera por buena fuente que el verdadero blanco no era During, sino ella misma; y The tradition of hospitality termina con Peter Quinn (Rupert Friend) –quien ha vuelto a abrazar su verdadero ser, ahora liquidando gente a pedido de la agencia por fuera del radar legal- recibiendo como instrucción hacerse cargo de… Carrie.
Hay una notable escena –una de las primeras- en Separation anxiety, que tiene como protagonista a Quinn, donde en una reunión frente a altos funcionarios en la que reporta cómo está la situación en Siria, les canta la posta a todos (incluido al espectador): que la labor que él y otros agentes realizan, del modo en que la realizan, es prácticamente inútil, no cambia nada, está destinada a fracasar, pero la forma en que Estados Unidos ha encarado su política exterior y las reacciones que eso ha generado llevan a esas presencias irrisorias sean a la vez irremediable.
Lo que viene diciendo hace rato Homeland -y en estos capítulos iniciales eso se notó mucho- es que la CIA es una institución sin sentido pero también imposible de cambiar, porque acciona en un mundo donde todo está torcido y el sinsentido impera. La serie consigue decir esto en voz bien alta pero sin que ese discurso caiga pesado porque la bajada de línea está en un segundo plano, y va surgiendo con fuerza de la mano de una narración que no teme quemar puentes, y en la que lo que verdaderamente importa son los juegos de máscaras y la creación de mecanismos complejos –y sumamente entretenidos- donde nada es lo que parece. El absurdo convertido en lógica, eso es en el fondo Homeland, y pinta que la quinta temporada va a profundizar esta perspectiva.

