Título original: The Water Diviner
Origen: EE.UU. / Australia / Turquía
Dirección: Russell Crowe
Guión: Andrew Knight, Andrew Anastasios
Intérpretes: Russell Crowe, Olga Kurylenko, Jai Courtney, Isabel Lucas, Damon Herriman, Jacqueline McKenzie, Cem Yilmaz, Ryan Corr, Dan Wyllie, Deniz Akdeniz
Fotografía: Andrew Lesnie
Montaje: Matt Villa
Música: David Hirschfelder
Duración: 111 minutos
Año: 2014
6 puntos
Un padre y una tierra
Por Mex Faliero
El neozelandés Russell Crowe eligió para su debut como director en el largometraje de ficción una historia contenida en sus emociones, con un explícito aire romántico y una impronta clásica que en ocasiones se ve subvertida por unos flashbacks que imponen otras texturas discursivas. De todos modos, la elección de Camino a Estambul por parte del actor no suena antojadiza: es la historia de un padre que perdió tres hijos durante la guerra, y esa guerra es precisamente la de Gallipoli, donde neozelandeses y australianos lucharon junto a los británicos y contra los turcos. Es, evidentemente, una historia que tiene un núcleo emotivo entre el actor y su tierra, tal vez un elemento que a nosotros -argentinos como somos- nos pueda sonar distante pero que nos evidencia las intenciones nobles del director debutante. Una película sobre la tierra y con mucha tierra volando.
El personaje de Crowe es un buscador de agua en territorio árido. Pero así como busca aquella sustancia, no puede dejar de buscar en su memoria a sus hijos. El suicidio de su depresiva mujer es motivo fundamental para que salga a buscarlos literalmente, al menos quiere sus cadáveres, herencia triste de aquella guerra de la cual pasaron cuatro años. Su viaje a Turquía (o al Imperio Otomano, para ser precisos históricamente) se da en el marco de una instancia histórica donde turcos y británicos intentaban consolidar un vínculo luego de la guerra. En ese contexto, el protagonista avanza con la clara intención de recuperar los cuerpos de sus hijos y sirve para el relato -si se perdona el barbarismo- como aquel equino de Caballo de guerra: es alguien sin un centro político o ideológico dentro de la historia, básicamente un elemento simbólico que sirve para poner el episodio bélico en abismo. Y permitir cierta dignidad en ambos lados de la trinchera.
La película de Crowe carga con un humanismo amable, tratando de hallar puntos de contacto entre dos culturas disímiles. Y lo hace con acierto, llamativamente, cuando se impone en la historia la línea política más marcada. Sin embargo, allí cuando alguna subtrama da paso al romanticismo y al punto de vista del hombre asimilando una cultura diferente, no puede salir de ciertos esquematismos salvados un poco por el explícito tono clásico que adquiere el film. Camino a Estambul es un film decididamente a la vieja escuela, con un personaje protagónico que termina de definirse a partir de sus acciones.
Película que también puede ser definida por sus buenas intenciones y por cómo ellas no terminan por redondear un producto mejor, algunas resoluciones lucen apresuradas (otras son bastante arbitrarias), la aventura se ve recortada constantemente por lo discursivo y las imágenes buscan profundizar demasiado el aire melodramático del asunto cayendo en cierto trazo grueso. Igualmente es un film que permite vislumbrar en Crowe a un realizador que sabe lo que quiere contar y cómo hacerlo, además de ofrecer un uso muy criterioso del montaje y la fotografía: su film, visualmente, logra pasajes imponentes. Y si bien se extraña la exuberancia y locura habitual del cine australiano, hacer una película demodé tal vez sea otra forma de locura poco vendible en el presente.

