Por Rodrigo Seijas
En un año bastante duro, una de mis mayores alegrías ha sido Racing. Bueno, está bien, lo acepto, el campeonato ganado por Racing. El impresionante, espectacular, épico campeonato ganado por Racing. Muchos podrán decir que exagero, lo cual es totalmente cierto, básicamente porque los hinchas de Racing, a partir de cierto regodeo en la desgracia que tenemos, llevamos las alegrías a cimas un tanto escandalosas. Pero lo cierto es que este campeonato tuvo sus particularidades, incluido el retorno de un hijo pródigo, Diego Milito, convertido en líder de un grupo y por ende en héroe de la historia.
Lo cierto es que no hay que ser egoísta y se debe reconocer que la euforia racinguista no viene en solitario: San Lorenzo obtuvo por primera vez la Libertadores, Huracán obtuvo su tan ansiado ascenso –con la frutilla del postre que fue la Copa Argentina- y River se quedó con la Sudamericana, aunque lo que realmente les importó a sus hinchas fue haber vencido repetidas veces a los boquenses, revirtiendo una racha que parecía eterna. Pero en el medio de tanta euforia, no viene mal pensar un poco al deporte argentino por fuera de lo estrictamente referido a las canchas y/o los campos de juego. Más precisamente, en el campo del cine.
No deja de ser llamativo que un país como la Argentina, que le da una enorme importancia al deporte y que incluso ha desarrollado un punto de vista propio sobre el género deportivo en determinadas expresiones culturales, como la literatura, prácticamente no tiene sello propio o incluso presencia en el cine u otros ámbitos audiovisuales, como la televisión. Es cierto que hay un intento por construir cierta épica deportiva desde la publicidad, en especial durante fechas como ésta, con la efervescencia del Mundial a pleno. Pero claro, si nos fijamos en la propaganda de Claro para Brasil 2014, lo que se quiere erigir tiene que ver, primariamente, con la reivindicación de un nacionalismo hipócrita y patotero: somos más argentinos que nunca durante un mes, en el que somos solidarios, nos queremos, llevamos la camiseta a todos lados, levantamos la bandera y “pobre del que no quiera cantar el himno”. Quizás tenga que ver con que en buena medida el nacionalismo que profesa el argentino es precisamente así: chauvinista, oportunista, pedante, egocéntrico, egoísta, que sólo se escucha a sí mismo y jamás reconoce al otro. Y encima, paranoico: siempre hay alguien que nos quiere perjudicar, porque nos envidian lo genios que somos.
En realidad sigue faltando esa construcción narrativa que remita a lo que puede representar el deporte en la vida de los argentinos, aislándolo un poco del argentinismo bobo y pensándolo desde lo que puede significar el esfuerzo y los logros de unos pocos en la vida de muchos. O más bien, cómo impactarían las hazañas de unos pocos deportistas trasladadas al terreno de la ficción cinematográfica en el corazón de potenciales espectadores. Para eso, para construir un lenguaje propio, hay que ir analizando el lenguaje ya existente, y mal que les pese a muchos, Hollywood es el referente absoluto: desde mínimo los tiempos de Rocky (¡gracias, Stallone!) ha quedado instalada una forma de contar historias que van tanto en el sentido de la autosuperación individual como en el trabajo grupal con vistas a una meta en particular. Y allí, lo llamativo –además de virtuoso- es cómo el triunfo o la derrota están vistos no a través del resultado final, sino de los procesos. En los films deportivos hollywoodenses, no necesariamente los protagonistas ganan: muchas veces pierden o sus victorias son apenas momentáneas, instantes específicos dentro de caminos con numerosos desniveles. Lo que importa para los personajes y los relatos que integran es el cumplimiento de los códigos previamente pautados, la honestidad, la coherencia, el tratar de ser cada vez mejor con uno mismo y los demás. En películas como La última pelea, Gigantes de acero, El juego de la fortuna, Whip it, Los suplentes o Alma de héroes –por citar apenas algunos ejemplos recientes- la gente va para adelante, contra todo y todos, incluso contra sí mismos. Por algo en Juego de viernes por la noche el entrenador interpretado por Billy Bob Thornton les dice a sus jóvenes dirigidos “ser perfecto no tiene que ver con lo que dice el marcador allá afuera. No es acerca de ganar. Es acerca de ustedes y sus relaciones con ustedes mismos, su familia y sus amigos”. A los que piensan y dicen (muchas veces con razón, hay que admitirlo) que Hollywood es repetitivo, decadente y sin capacidad de innovar, no les vendría mal ver algo del cine deportivo que se produce allí, porque es un cine generoso, que se brinda al espectador.
Pero volviendo al universo deportivo argentino, no viene mal recordar esas pequeñas grandes épicas que alimentaron y alimentan el imaginario del deporte nacional y que bien podrían formar parte del universo cinematográfico. Me quedo con dos, bastante recientes: en primer lugar, el campeonato de Racing del 2001. ¿De qué se trata el campeonato del “Paso a paso”? No sólo de quedarse con el título luego de treinta y cinco años de espera, en el medio del mayor estallido socio-económico de la historia argentina. En el fondo, se trata de recuperar la inocencia –que no es lo mismo que la ingenuidad-, en el sentido de creer en que determinadas cosas son posibles, aunque todo alrededor siga afirmando que es imposible. O más bien reafirmarla, seguir confiando en que se puede, que la vida no tiene que ser una eterna desgracia, que se puede salir del caos y que por ende hay un momento donde se acaban las excusas, porque la felicidad o la falta de ella también son construidas por uno. En segundo lugar, la vuelta a Primera de River, que implicó un volver a ser, recuperando la identidad, reconstruyéndose, de a poquito, desde las cenizas.
Hay muchas historias más: la conformación de las Leonas, que tuvo su primer hito con la medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Sidney; la Generación Dorada en el básquet, que arrancó con un subcampeonato mundial; el Huracán de Cappa, con su estilo ofensivo hasta las últimas consecuencias, siendo recordado a pesar de no ganar el Campeonato; La Selección Fantasma, una de las primeras demostraciones de que la planificación y el profesionalismo podían llevar a resultados impensados; los distintos ascensos de Quilmes de Mar del Plata, como manifestación de una rara terquedad por volver a un lugar incómodo; y un largo etcétera. Y también está, obviamente la ficción, con lo literario como posible trampolín. Pero para eso se necesita un conocimiento y respeto por las reglas genéricas –que, por ejemplo, en Metegol nunca aparece-, además de una voluntad por apuntar a cimentar valores positivos a partir de personajes que sean simples en sus trazos pero complejos en sus motivaciones y tensiones mutuas, para ir creando un lenguaje propio y distintivo. No es simple, se necesitarían muchas pruebas y errores, y paciencia, es decir, la plena consciencia de que los resultados no se dan a la primera de cambio. No vendría mal que en ese aspecto el cine argentino se diferencie de buena parte del deporte argentino. Hay que poner garra y pasión, rigor en lo que se dice y hace, amor por el juego, honestidad, sudar la camiseta e ir paso a paso, pensando y reflexionando sobre ese raro pero cautivante universo que es el deporte. La base –es obvio- está.


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