–Porque se quedó en la crítica fácil, repitiendo los esquemas bienpensantes: antes Diego Capusotto y Pedro Saborido buscaban repensar ciertos modelos de pensamiento, deconstruyendo estereotipos, convenciones y discursos establecidos. Y ahí teníamos a Bombita Rodríguez o Violencia Rivas obligando al espectador a problematizar sus habituales puntos de vista y las construcciones culturales que parecían naturalizadas. Sin embargo, esa exploración de los huecos y costuras de determinados lenguajes ha pasado a convertirse en una permanente confirmación de los prejuicios. Ahora, la única razón para ver Peter Capusotto y sus videos es para reafirmar la mirada más común posible. Si quiero confirmar que las minas son unas histéricas y nunca se deciden, entonces tengo el sketch de “Kiosco elegí la concha de tu madre”. Si quiero confirmar que en la televisión sólo te ofrecen magazines repletos de estupideces y banalidades, donde después de irritarte te terminan mandando mensajes huecos de imposible unión entre argentinos, entonces miro “Jóvenes y boludos”, donde encima se apelan a giros lingüísticos y escatología que harían sonrojar a los Midachi. Si quiero confirmar que los medios manipulan y tergiversan todo, ahí están las entrevistas de Claudio Tepongo, que le hace decir a sus entrevistados lo que él quiere. Son todas conclusiones fáciles, obvias y, principalmente, tranquilizadoras, a las que encima se explican a través de la voz over, subestimando el potencial conocimiento y capacidad de los espectadores. De hecho, el programa termina siendo el revés de Relatos salvajes en la moneda del sentido común: ambas creaciones gritan que vienen a romper con los esquemas habituales, a sacudir la visión habitual de sus respectivos públicos, pero al final sólo los confirman, diciendo sólo lo que se espera, sin sorprender, sin salir de la total previsibilidad.
–Porque sigue repitiendo las ideas de antes, una y otra vez: en un momento, a Capusotto y Saborido se les ocurrió lo de la “Pizzería Los Hijos de Puta”. Y la idea funcionaba: era graciosa en su brusquedad y en cómo ponía en evidencia determinados elementos que formaban parte del habitual paisaje de la gente, llevándolos al extremo. Pero esa idea no puede seguir repitiéndose eternamente: necesita empezar a transitar otros ámbitos, sin recurrir a la crudeza física y verbal como una mera acumulación insistente. O, directamente, se necesitan nuevas ideas, nuevos elementos puestos en juego, porque el humor necesita de una constante inventiva. Y lo cierto es que en Peter Capusotto y sus videos ya no están apareciendo y por eso cae en la repetición, casi sin variantes, del “Bar La descarga”, donde el humor físico no pasa de la mera agresión, en la que el cuerpo es sólo un objeto de burla y hasta desprecio.
–Porque las ideas nuevas que plantea se agotan enseguida: esto deriva de lo anteriormente dicho; si se sigue girando como un trompo alrededor del facilismo a la hora de analizar la cultura, si no se repiensa el lugar común, si las puteadas y escatologías no pasan de ser simplemente eso, si sólo se trabaja la sátira superficial en vez de la parodia de un discurso lingüístico, cada idea nueva está destinada a convertirse prontamente en vieja. Ver sino el sketch del Agente James Bo, que funciona como chiste durante un minuto, una sola vez, porque ya enseguida apela a la repetición de la burla más boba a los estereotipos que los argentinos hemos construido sobre los uruguayos.
–Porque dejó de ser un programa de rock: Capusotto y Saborido deberían empezar a darse cuenta que ya no alcanza con emitir videoclips o darle un espacio a alguna banda independiente. Antes Peter Capusotto y sus videos era efectivamente un programa de rock, en el que el humor era una plataforma para pensar las construcciones discursivas, estéticas e incluso narrativas del rock, donde además la perspectiva nacional interactuaba con otras miradas. Ahora es simplemente una acumulación de ocurrencias sin un hilo conductor, en el que el rock pasó de ser el foco a una mera excusa.
–Por el público: si Capusotto y Saborido pueden seguir girando en el vacío, sin innovar desde hace un rato largo, es en buena medida gracias al público que adora y venera Peter Capusotto y sus videos. Sonará un poco brusco, pero con algunas cosas mejor no dar vueltas: el público de Peter Capusotto y sus videos, en su fanatismo incondicional, irreflexivo y acrítico, no se diferencia demasiado del de Showmatch o Sin codificar. Donde se separan fuertemente es en la valoración que tienen de sí mismos y cómo ésta opera en función de los demás: difícil que el fan de Showmatch o el de Sin codificar juzgue a los que no comparten sus gustos con la superioridad moral con la que lo hace el de Peter Capusotto y sus videos. Algunos me dirán que estoy generalizando demasiado, y en cierto modo es verdad: ahí está el texto de Daniel Cholakian, declarado fanático del programa, sobre Peter Capusotto y sus tres dimensiones, donde no da precisamente muchas vueltas para criticar duramente al film. Pero me parece que es la excepción a la regla: hasta puedo decir que el espectador de Peter Capusotto y sus videos ya está riéndose antes de que empiece el programa o cada sketch, como practicando el gesto, porque no ve posible que alguna humorada no le resulte graciosa y/o digna de analizarse hasta el hartazgo. Hasta dan ganas de decirles “Che, ese chiste donde la mina se da vuelta y se tira un pedo no es una ácida y profunda reflexión sobre las construcciones mediáticas que afectan a la juventud: es simplemente… ¡una mina tirándose un pedo!”. El consenso sobre el programa, en el cual también participa la crítica televisiva, artística y periodística, que con personalidades como la de Capusotto sólo se limita a aplaudir, se ha vuelto tan granítico, que hasta lleva a que un texto como el que estoy escribiendo pueda ser fácilmente descalificado como una mera pose, como un gesto contrera para diferenciarse del resto. Y la verdad es que no: si escribo esto es porque simplemente me parece que en una televisión argentina donde el humor escasea, el programa más relevante y con mayor potencial se ha dormido en los laureles.


Salvo por el último párrafo en el cual, creo, hay un dejo de menosprecio al televidente, acuerdo con casi todos los potulados. Es un programa que ha ido agotándose en su originalidad; no obstante, el cariño público no es un dato menor a la hora de mensurar el impacto de un programa como este. Gracias
Gracias por el aporte,muy interesante . estoy de acuerdo en casi todo los puntos de tu reflexion.