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Invocando espíritus

El fin justifica los médiums

Por Cristian A. Mangini

Esta es una de esas películas que no es ni tan terrible ni, definitivamente, buena. Algunas cosas están bien a pesar de las notables fallas que la rodean y hay un elemento fundamental que es que asusta, perturba. Si el guión es arbitrario y absurdo por momentos algunos protagónicos logran sacarlo del fango para que esos personajes resulten creíbles, más allá de la enorme fantasía que implican los “hechos reales” sobre los cuales está basada.

Es que las partes de este film de terror dirigido por el debutante Peter Cornwell son más valiosos que la integridad disuelta de este relato con necromancia, cáncer y desordenes familiares, además de contar con una interesante reflexión sobre un pobre médium que parece cuestionar, asumiendo que esto existe, si el fin de comunicarse con los muertos vale perjudicar la vida de la persona que tiene la supuesta habilidad.

Lo que pasa en la película es más o menos esto: la familia Campbell tiene a su hijo Matt (Kyle Gallner) enfermo de cáncer y, para ahorrase el movimiento hasta la ciudad donde recibe el tratamiento, su madre Sara (Virginia Madsen) alquila una casa barata en Connecticut. La familia se muda pero todo se torna extraño, con visiones y trastornos en la personalidad del protagonista, quien elige el sótano como habitación. Mientras los Campbell intentan averiguar si esto es producto del tratamiento para combatir la enfermedad o es real, las cosas se van tornando cada vez más insoportables para la convivencia, con luces que se prenden y apagan, ruidos extraños y cosas que vuelan. Y entonces, la sorpresa: la casa era barata porque allí funcionaba una funeraria y sucedieron varios hechos que harían que cualquier casa baje un 50% su costo. Cosas que pasan, la familia se alerta pero permanece allí porque aún sigue siendo prioridad el tratamiento de Matt, pero entonces las cosas se tornan aún más oscuras cuando las indagaciones del protagonista y su prima Wendy (Amanda Crew) sobre las prácticas que se realizaban en la casa los lleven por los caminos de la necromancia y la invocación de espíritus.

Todo esto abre una subtrama que define al resto del film entre aciertos y errores monumentales, con un singular paralelismo: mientras Matt es tratado para combatir el cáncer, Jonah (Erik Berg), el chico que oficiaba como médium cuyo espíritu ronda por la casa, era tratado por un tipo que practicaba la necromancia para que utilice su “potencial” con familias necesitadas de escuchar a sus familiares muertos. Hay un subtexto cristiano inevitable que culmina en un final feliz algo absurdo, cuando una vez todo es resuelto y aparezca el esquema de “muerte y resurrección” para dejar satisfecho al espectador conservador, luego de un desenlace climático. Pero, como se mencionó, asusta, y no sólo a base de esas secuencias ridículamente cliperas que se montan de manera redundante en momentos de tensión, sino en base a la generación de climas: un buen ejemplo es en la introducción la elección de dosificar las secuencias que muestran que sucedía en la casa, además de mantener el suspenso en torno al cuarto del sótano. Una vez que se ve que es lo que se hacía allí, la cuestión asusta porque sentimos empatía por nuestros personajes y porque lo que pasaba era lo suficientemente horrible como para impresionar (lo de los párpados, lo del grabado sobre los cuerpos). La cuestión con la necromancia y el espiritismo es que no importa si se cree o no que tal cosa pueda suceder: asusta igual porque la idea es de por si bastante siniestra.

Pero la empatía se mantiene gracias en parte al costado dramático que se abre con la enfermedad que toca Matt. La actuación de Kyle Gallner en su papel protagónico es sutil y no tiende a la sobreactuación, su aceptación de la enfermedad es honesta y la forma en que su personaje afronta una situación sobrenatural dista de acercarse al prototipo habitual de héroe. Pero, por lo general, no hay grandes fallas actorales: Virginia Madsen se torna insoportable hacia el final pero mantiene un nivel regular durante el desarrollo al igual que Martin Donovan, quien interpreta al padre de Matt, Peter Campbell. Las fallas vienen por aquellos momentos que parecen montarse de manera forzada en el film: un segmento inexplicable protagonizado por un Peter Campbell borracho sacando focos de luz, Wendy que después de darse cuanta de que la casa está maldita permanece allí comiendo fruta podrida y bañándose (muy linda Amanda Crew, por cierto) para tener un desafortunado encuentro fantasmal, y un final con el mencionado deus ex machina religioso. A esto hay que sumar la redundancia de las mencionadas secuencias cliperas que no tiene mayor finalidad más que la de alienar al espectador sin ningún objetivo narrativo, además de modificar puntos de vista para caer en sustos berretas sin sustento alguno.

En definitiva: nada insólito bajo el sol pero es entretenida y tiene algún mérito estético que la saca de la habitual mediocridad de otros films de este estilo, y el sonido no es particularmente efectista sino que es un complemento. Ningún detalle si se tiene en cuenta lo que otras películas de terror hacen con el recurso asincrónico de cuerdas onomatopéyicas.

6 puntos

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