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¿Triunfo, derrota o empate?

Por Rodrigo Seijas

Estaba por salir del edificio donde laburo y ¿a quién me encuentro? A Muriel Santa Ana, quien está on fire en este momento, luego de ganar el Martín Fierro a Mejor Actriz de Comedia por su papel en Ciega a Citas -y bien que se lo merece, porque sin poseer una belleza descollante, con ese desparpajo, sinceridad y naturalidad que tiene, es como la versión argentina de Drew Barrymore-. El caso es que yo, demostrando que estoy re acostumbrado a codearme con estrellas, apenas sí alcancé a esbozar un “hola” de ocasión y a tardar unos cincuenta minutos en embocar la llave en la cerradura. Cinco cuadras después, las piernas todavía me temblaban. “¡Las aventuras de Rodrigo Seijas, un pelotudo bárbaro!”, diría Mex Faliero. Mal presagio, me dije. Si me había comportado así con sólo un famoso, con los cientos con los que me iba a cruzar en la entrega de los Cóndor, iba a terminar haciéndome caquita. Y aviso, para los no enterados, que mi caca tiene muy mal olor.

Pero bueno, al final no pasó nada grave, siendo el mayor problema la entrada para la prensa, que estuvo manejada, lamentablemente, de manera un poco caótica. En lo que respecta al resto de la ceremonia, fue bastante ágil en su desarrollo; los homenajes tuvieron como virtud la discreción y mesura; y la conductora, con la ayuda de un guión que no dio lugar a improvisaciones baratas, llevó toda la premiación sin patinadas ni baches, incluso sabiendo sobrellevar algunos imprevistos. Esta organización ya se había podido percibir en la entrega de Diplomas, que fue co-conducida por una amiga de Fancinema, Lorena Cancela, quien, por cierto, sigue como siempre: linda, simpática e inteligente. ¡Queremos más personas así!

Habiendo reseñado esto, es imprescindible recalcar hacia dónde apuntan y qué representan los Cóndor de Plata. La entidad que los entrega, la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, ha estado más atenta a lo representado por la industria (si es que existe) y lo masivo, dejando un leve resquicio para los exponentes del cine independiente.

De acuerdo a lo que exhibieron las ternas y posteriormente las premiaciones, podemos trazar el siguiente panorama: El secreto de sus ojos arrasó por completo, con once estatuillas sobre catorce nominaciones (incluso hay que tener en consideración que en una categoría tenía dos candidaturas). A la vez, el dúo Mariano Cohn-Gastón Duprat con su filme El artista, y Pablo Fendrik, por sus filmes El asaltante y La sangre brota, quedaron consolidados como exponentes del cine más independiente. Por último, las estatuillas a Mejor Vestuario y Dirección de Arte para Felicitas tuvieron un sesgo claramente encauzado a reconocer las virtudes técnicas.

Si nos ponemos a analizar con mayor profundidad, enseguida salta a la vista que el filme de Campanella salvó las papas dentro de un año donde el cine argentino no movió el amperímetro tanto a nivel taquillero como estético (algo que, seamos justos, se repitió a escala mundial). Del mismo modo, muchos de los premios los ganó por decantación, casi por no tener una competencia más sólida. Se podrían enfatizar un par de filmes, como Música en espera, que merecieron mejor suerte, pero no mucho más. El cuadro de situación hacía recordar a los actuales torneos de fútbol, donde los equipos ganan básicamente porque son más efectivos que sus rivales. De igual forma, El secreto de sus ojos se impuso a los demás filmes porque acertó al blanco desde el comienzo. Buscó la masividad y el consenso crítico por el camino más corto y práctico, con estilos y formas con los que disiento, pero que le resultaron estupendamente.

En consecuencia, lo más jugoso, por las contradicciones y ambigüedades que se evidenciaron, estuvo en los discursos, en una ceremonia donde no faltó ninguna autoridad de peso. Centralicemos en lo aseverado por Claudio Minghetti, secretario general de Cronistas, quien arrancó haciendo alusión al Día del Periodista y reclamando por la rápida implementación de la Ley de Medios. Hasta ahí, todo bien. El problema surge cuando, entre los agradecimientos, hace especial énfasis en Florencio Aldrey Iglesias, quien “tan gentilmente nos cedió el Teatro Avenida”.

¿Quién diantres es este tal Florencio? Bueno, para los marplatenses, Iglesias es simplemente “el Gallego”: el dueño del diario La Capital, del Hotel Hermitage, de un canal de televisión, de varias radios, de numerosos emprendimientos inmobiliarios, etcétera. Recientemente, el gobernador Scioli le entregó en bandeja el Hotel Provincial. Los K, cada Festival de Cine de Mar del Plata, son sus huéspedes. También es el principal sostén -tanto económico como político- del intendente de General Pueyrredón, Gustavo Pulti, aliado del kirchnerismo. Y, principalmente, es la cara más visible de la censura y opresión sobre los periodistas y medios independientes en Mar del Plata.

Esta contradicción discursiva a cargo de Minguetti revela cómo la Ley de Medios puede ser una muy útil herramienta, pero no el fin o la solución de todos los problemas. No se va a poder dar vuelta por completo la tortilla mientras las máximas figuras del poder político estén aliadas con determinados estamentos del poder económico. Así, siempre para cada ley se va a hallar una trampa.

No fue la única. También nos tuvimos que bancar el discurso triunfalista del secretario de Cultura Jorge Coscia, quien se la pasó hablando de lo fenomenalmente bien que está el cine argentino. Ojo, no voy a pedirle que nos diga que está todo para el ojete. Primero, porque los suicidios políticos no sirven. Segundo y principal, porque no estamos mal. Estamos sí, en un tiempo pleno de incertidumbres, donde se evidencia talento y progreso, pero sigue faltando una política sostenida para el sector. Las palabras de Coscia estuvieron salpicadas de autoelogios, pero sin el más mínimo sentido de autocrítica o un acta de metas a futuro.

El no es el único culpable, sino todos los actores que nos vinculamos en el campo cinematográfico. Sería bueno dejar de lado triunfalismos inútiles, que obvian un montón de dificultades; el derrotismo y la negatividad permanente; o incluso las falsas adjudicaciones de paternidad y liderazgo a determinadas entidades u organismos; para concentrarse en un diagnóstico equilibrado de la situación del cine argentino -con todo lo bueno y todo lo malo-. Así, se podría encarar un proyecto que contemple etapas a corto, mediano y largo plazo, para no depender de improvisaciones y/o coyunturas.

Es raro como todo esto se conecta en ciertos aspectos con las declaraciones que me formuló Mario Alarcón -quien se mostró excelentemente dispuesto a conversar, debo decir-, nominado a Mejor Actor de Reparto por su interpretación del Juez Fortuna Lacalle en El secreto de sus ojos. Cuando le pregunté cómo creía que su personaje representaba a la justicia, me dijo que lo veía como a alguien inserto en la burocracia, funcional a toda su mecánica. Luego lo interrogué sobre si creía que la película de Campanella avalaba la justicia por mano propia y si eso había influido en su éxito nacional y en Estados Unidos. “Y… algo de eso hay”, respondió. Discursos, poder, mecánicas, éxito. Todo se conecta. El cine argentino sigue siendo una paradoja.

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